lunes, 31 de octubre de 2011

Kant ¿qué es la Ilustración?



La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude!¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.

La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter maiorennes),permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia.

Por tanto, a cada hombre individual le es difícil salir de la minoría de edad, casi convertida en naturaleza suya; inclusive, le ha cobrado afición. Por el momento es realmente incapaz de servirse del propio entendimiento, porque jamás se le deja hacer dicho ensayo. Los grillos que atan a la persistente minoría de edad están dados por reglamentos y fórmulas: instrumentos mecánicos de un uso racional, o mejor de un abuso de sus dotes naturales. Por no estar habituado a los movimientos libres, quien se desprenda de esos grillos quizá diera un inseguro salto por encima de alguna estrechísima zanja. Por eso, sólo son pocos los que, por esfuerzo del propio espíritu, logran salir de la minoría de edad y andar, sin embargo, con seguro paso.

Pero, en cambio, es posible que el público se ilustre a sí mismo, siempre que se le deje en libertad; incluso, casi es inevitable. En efecto, siempre se encontrarán algunos hombres que piensen por sí mismos, hasta entre los tutores instituidos por la confusa masa. Ellos, después de haber rechazado el yugo de la minoría de edad, ensancharán el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la vocación que todo hombre tiene: la de pensar por sí mismo. Notemos en particular que con anterioridad los tutores habían puesto al público bajo ese yugo, estando después obligados a someterse al mismo. Tal cosa ocurre cuando algunos, por sí mismos incapaces de toda ilustración, los incitan a la sublevación: tan dañoso es inculcar prejuicios, ya que ellos terminan por vengarse de los que han sido sus autores o propagadores. Luego, el público puede alcanzar ilustración sólo lentamente. Quizá por una revolución sea posible producir la caída del despotismo personal o de alguna opresión interesada y ambiciosa; pero jamás se logrará por este camino la verdadera reforma del modo de pensar, sino que surgirán nuevos prejuicios que, como los antiguos, servirán de andaderas para la mayor parte de la masa, privada de pensamiento.

Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!) Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la libertad. Pero ¿cuál de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario, la fomentan? He aquí mi respuesta: el uso público de la razón siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente limitado, sin que se obstaculice de un modo particular el progreso de la ilustración.
Entiendo por uso público de la propia razón el que alguien hace de ella, en cuanto docto, y ante la totalidad del público del mundo de lectores. Llamo uso privado al empleo de la razón que se le permite al hombre dentro de un puesto civil o de una función que se le confía. Ahora bien, en muchas ocupaciones concernientes al interés de la comunidad son necesarios ciertos mecanismos, por medio de los cuales algunos de sus miembros se tienen que comportar de modo meramente pasivo, para que, mediante cierta unanimidad artificial, el gobierno los dirija hacia fines públicos, o al menos, para que se limite la destrucción de los mismos. Como es natural, en este caso no es permitido razonar, sino que se necesita obedecer. Pero en cuanto a esta parte de la máquina, se la considera miembro de una comunidad íntegra o, incluso, de la sociedad cosmopolita; en cuanto se la estima en su calidad de docto que, mediante escritos, se dirige a un público en sentido propio, puede razonar sobre todo, sin que por ello padezcan las ocupaciones que en parte le son asignadas en cuanto miembro pasivo. Así, por ejemplo, sería muy peligroso si un oficial, que debe obedecer al superior, se pusiera a argumentar en voz alta, estando de servicio, acerca de la conveniencia o inutilidad de la orden recibida. Tiene que obedecer.
Luego, si se nos preguntara ¿vivimos ahora en una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí en una época de ilustración. Todavía falta mucho para que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento, sin acudir a extraña conducción. Sin embargo, ahora tienen el campo abierto para trabajar libremente por el logro de esa meta, y los obstáculos para una ilustración general, o para la salida de una culpable minoría de edad, son cada vez menores. Ya tenemos claros indicios de ello. Desde este punto de vista, nuestro tiempo es la época de la ilustración o “el siglo de Federico”.

Un príncipe que no encuentra indigno de sí declarar que sostiene como deber no prescribir nada a los hombres en cuestiones de religión, sino que los deja en plena libertad y que, por tanto, rechaza al altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado, y merece que el mundo y la posteridad lo ensalce con agradecimiento. Al menos desde el gobierno, fue el primero en sacar al género humano de la minoría de edad, dejando a cada uno en libertad para que se sirva de la propia razón en todo lo que concierne a cuestiones de conciencia moral. Bajo él, dignísimos clérigos —sin perjuicio de sus deberes profesionales— pueden someter al mundo, en su calidad de doctos, libre y públicamente, los juicios y opiniones que en ciertos puntos se apartan del símbolo aceptado. Tal libertad es aún mayor entre los que no están limitados por algún deber profesional. Este espíritu de libertad se extiende también exteriormente, alcanzando incluso los lugares en que debe luchar contra los obstáculos externos de un gobierno que equivoca sus obligaciones. Tal circunstancia constituye un claro ejemplo para este último, pues tratándose de la libertad, no debe haber la menor preocupación por la paz exterior y la solidaridad de la comunidad. Los hombres salen gradualmente del estado de rusticidad por propio trabajo, siempre que no se trate de mantenerlos artificiosamente en esa condición.
El idealismo alemán
La obra de Kant supuso la culminación del movimiento iniciado por Descartes a principios del s. XVII. El cogito cartesiano llega a su máxima expresión en el Yo transcendental de Kant, el cual ya no es el primer conocimiento y la fuente de certeza, sino condición misma de la existencia de los objetos, un Yo desconocido, dador de forma, usurpador del lugar que el Demiurgo poseía en la filosofía platónica y, por lo tanto también, sustituto del Dios ordenador de la Edad Media. Con Kant, contemporáneo de la Revolución francesa, se culmina, esta vez a nivel teórico, la suplantación del Antiguo orden teocrático por el nuevo orden burgués, hijo del Yo trascendental, abstracción máxima del ciudadano.

Los éxitos del idealismo trascendental de Kant son indudables, logra fundamentar la ciencia, matemática y física, y logra, por primera vez independientemente de la religión o de la metafísica, fundamentar la ética, incluso consigue una gran inversión al basar aquella en ésta; todo la ciencia dependerá ahora, giro copernicano, del Yo trascendental, origen de todas la síntesis del conocimiento, el sujeto pasará a primer término y los objetos dejarán de ser independientes de éste. Las ideas de la razón, si bien es verdad que no sirven para conocer la realidad, tendrán un uso regulativo y actuaran como lanzaderas que proyecten el conocimiento hacia un progreso indefinido, porque aunque el conocimiento está limitado en lo que puede conocer, sin embargo es ilimitado en lo cuantitativo. Además Kant, con sus análisis de estética abre una puerta muy especial, la del sentimiento, que será explorada de diversas maneras.

Pero el precio pagado por estos logros es demasiado alto: igual que la Revolución francesa en nombre de la libertad impone en toda Europa la conquista napoleónica, el sujeto kantiano, vive una realidad desgarrada entre el mundo por él conocido, un mundo de apariencias, y el mundo inaccesible de las cosas en sí, entre la libertad presupuesta por la Ley interna y el sometimiento a la Ley externa, exigencia del sostenimiento del Estado, entre la razón teórica y la práctica, entre la razón y el sentimiento, entre el ser y el deber ser, entre la necesidad y la libertad, entre los dos reinos sensibilis atque intelligibilis, de la Dissertatio, con demasiadas resonancias medievales.

En Alemania se produce una reacción inmediata ante estas contradicciones hijas de la concepción ilustrada. Es el romanticismo un movimiento sumamente complejo, incluso contradictorio, no bien estudiado en su significación filosófica: Reacción contra la ilustración y lo que se cree excesos de la razón, potenciación del sentimiento, de lo irracional; vuelta a la naturaleza; frente al mecanicismo racionalista, el modelo será el árbol y no la máquina; individualismo rabioso y, paradójicamente, surgimiento del nacionalismo, en parte como reacción a las conquistas de Napoleón, aunque no sólo por eso; revalorización de lo medieval y también de lo religioso, redescubrimiento del gótico, que a veces se intenta identificar con lo germánico, pero al mismo tiempo se sigue valorando lo clásico, porque el verdadero valor está en lo antiguo frente a lo nuevo, en el pasado frente al modelo ilustrado de progreso.

En este contexto de desgarramiento teórico, político y estético adquirirá especial importancia una filosofía que partiendo del idealismo trascendental kantiano hará frente a las dificultades de éste e intentará superar la bipolarización en que su pensamiento estaba encerrado, sujeto y objeto, cosa en sí y apariencia, razón teórica y práctica: es el idealismo absoluto. Los principales autores son Fichte, Schelling y Hegel. Todos parten de la problemática kantiana y mantienen distintas relaciones con el movimiento romántico, pero todos coinciden en ir más allá de lo que fue Kant; el idealismo trascendental afirma el papel conformador del sujeto, que actúa sobre los materiales de la cosa en sí, el idealismo absoluto elimina totalmente la cosa en sí, y el sujeto, o el nuevo absoluto afirmado, pasa a ser, no sólo conformador, sino también constituidor de toda la realidad.

martes, 25 de octubre de 2011




Éste es el link para hacer la lectura de Nietzsche:

http://www.librosgratisweb.com/html/nietzsche-friedrich/asi-hablo-zaratustra/index.htm

Hay que leer de la página tres a la 36 donde termina el capítulo titulado Del amor al prójimo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Epistemología y educación.



éste es el link para realizar la lectura:

http://circulomexicanodeprofesoresdefilosofia.org.mx/XXIColoquio/Eugenia%20Bermundes.pdf

miércoles, 19 de octubre de 2011

La batalla de Monterrey




Por Ricardo Cayuela Gally
Publicado en Letras Libres.

El atentado al Casino Royale ha sido el crimen más perturbador en la historia de la ciudad y un hito de la violencia en México que, parece, no deja de escalar. Con un mosaico de impresiones e historias, Cayuela Gally hace un vivo retrato de la ardua situación que padecen los regiomontanos, algunos de ellos corresponsables de ese infierno.

Entre el aeropuerto Mariano Escobedo, en el municipio industrial de Apodaca, y mi hotel en San Pedro Garza García, pasadas las once de la noche y tras cruzar entera la ciudad de Monterrey, no veo ni un solo policía o soldado, pese a cumplirse una semana del mayor atentado contra la población civil en México: el incendio del Casino Royale, provocado por sicarios que actuaron con impunidad a plena luz del día, donde murieron 52 personas. Y esa será una de las constantes más insólitas de esta visita. Ni en la entrevista con el secretario de gobierno, Javier Treviño, ni con la amenazada alcaldesa de Guadalupe, Ivonne Álvarez, ni en el recorrido que hice por el Barrio Antiguo, ni siquiera para entrar al Tec a una ceremonia presidida por dos de los empresarios más importantes de México, nunca nadie me pidió una identificación, me revisó la mochila ni confirmó si tenía cita previa o invitación.

La explicación a esta falta de controles me la da Jorge Tello Peón, coordinador sin sueldo del gabinete de seguridad del gobierno de Nuevo León. Creador del Cisen, antiguo colaborador de Fernando Gutiérrez Barrios y quizá uno de los mayores conocedores de los entretelones de los cuerpos de seguridad en México, Tello es enfático durante un desayuno en un restaurante sobriamente llamado Wall Street: “Nuevo León enfrenta un alarmante déficit de policías.” Las sistemáticas limpias de elementos corruptos, cuando no a sueldo del crimen organizado, han dejado los cuerpos del estado, y de la mayoría de los municipios, en números testimoniales. Bernardo González-Aréchiga, director de la Escuela de Graduados en Administración Pública del Tec y experto en temas de seguridad, corrobora las cifras: “Nuevo León tiene operativos menos de ocho mil policías y debería contar, dada su población y en estándares de la ONU [al menos 2.8 policías por cada mil habitantes], con veinte mil, y en estándares de la medición Goode [que mide el número de bajas de la policía para calcular el número requerido], con cuarenta mil.” Existe un programa estatal para construir una nueva policía, pero no es fácil reclutar. Nadie quiere un trabajo en que te juegas la vida si no te corrompes. Y eso que las condiciones han mejorado radicalmente: el gobierno ofrece catorce mil pesos mensuales de sueldo y buenas prestaciones. La convocatoria ha tenido que hacerse fuera del estado y ofrecer casa para los no residentes. Ni así. Además, el proceso de incorporación es inevitablemente lento. Nada es más peligroso que reclutar gente desesperada y darle un arma sin un adecuado adoctrinamiento. Lo sabe el Ejército mexicano, que enfrenta la deserción de no pocos mandos de sus batallones especiales convertidos en los líderes del cártel de Los Zetas. “En febrero –me dice Tello por poner un ejemplo– dimos de alta a treinta policías, y necesitamos quinientos al mes.”

Pero entonces, ¿por qué la ciudad era segura antes? De hecho, todo el país era seguro, salvo los barrios rojos de las ciudades de frontera y la capital. Recuerdo que cuando se fundó esta revista me tocó vivir un mes en Monterrey. Allí sigue el despacho de diseño que creó la maqueta original. Estuve hospedado en el porfiriano hotel Ancira del Barrio Antiguo, y nada me daba más placer, tras maratónicas jornadas de trabajo, como capitalino, que la sensación de libertad de poder caminar por sus calles sin miedo a cualquier hora de la noche. Hoy se cuentan por miles los regios que han emigrado a Texas o a la ciudad de México. La explicación que da Tello es que durante décadas hubo una complicidad total entre el crimen y la policía, “con la salvedad de que los delincuentes sabían quién mandaba y hasta dónde podían hacer”. Era un mundo sórdido y corrupto. De grandes fortunas construidas al amparo del poder. La “pax priista”. Pero la línea roja estaba claramente marcada. Hoy las reglas han cambiado para todos.

Desde el atentado al casino, los medios de Monterrey trabajan a destajo y no dejan un día sin alguna revelación escabrosa. El Norte yMilenio,en la prensa diaria, y Reporte Índigo, en su revista digital, han informado puntualmente de la profundidad del abismo: los permisos chuecos de Gobernación, los amparos bordeando lo ilegal de ciertos jueces, la complicidad de las autoridades municipales, el papel de ciertos exfuncionarios reconvertidos en dueños de casinos, el cobro de comisiones millonarias, los donativos a campañas electorales de todos los partidos, el apoyo de al menos un policía estatal a los sicarios que cometieron el atentado, la facilidad con que algunos de los asesinos habían anteriormente evadido la acción de la justicia por la corrupción de ministerios públicos. Un expolicía, que tras pasar por la lucha libre, se vuelve sicario. Un “jefe de plaza” apodado “el Quemado”. Un “lugarteniente” llamado “Comandante Mataperros”. El negocio del juego está mal regulado, con licencias tan costosas y difíciles que son en sí mismas la puerta de entrada de la corrupción. Y la cereza del pastel: la facilidad para lavar dinero en un ámbito en que, al no ser posible prever las pérdidas de los clientes, es sencillo fingirlas.

Reporte Índigo se encuentra en el barrio del Obispado, en una casona que bulle de actividad. Su director, Ramón Alberto Garza, exdirector de Reforma y El Norte, me recibe un jueves de cierre. Pese a que aparece cada viernes como una revista semanal por internet, Reporte Índigo lleva tres días seguidos publicando adelantos, y las exclusivas y revelaciones lo tienen sin aliento. Se respira la adrenalina de las viejas redacciones. Pide una Coca-Cola de dieta a su secretaria e intenta concentrarse en la conversación. Imposible. Debe volar a México al día siguiente en la madrugada. No tiene aún planchada la camisa de la boda a la que tiene que acudir por la noche y su chofer no contesta el celular. Eso sí, la conclusión es tajante: “El Casino Royale es la punta del iceberg.” Y todos, por una razón u otra, están atrapados en su telaraña. Bajo a la redacción para ver a Hugo Gutiérrez, su brazo derecho. La cajas de comida chatarra delatan la cantidad de horas que lleva en la oficina. Me dice que están por publicar información que demuestra que el dueño del Casino Royale había creado un grupo armado para defender sus instalaciones del crimen y que por eso lo atacaron de día, ya que sus guardias solo trabajaban de noche. La ley del Oeste. Con una mano me anota el teléfono que le pedí, con la otra me muestra una gráfica en la pantalla y con los ojos me pide clemencia: tiene que cerrar y el reloj avanza indiferente.

Salgo a la ciudad y sin darme cuenta, tras bajar el cerro donde se asienta el barrio, estoy delante del Casino Caliente de la avenida Gonzalitos. La normalidad es total. Abierto y lleno. Las pantallas con carreras de caballos y partidos de beisbol se repiten como en una pesadilla de Escher. ¿Tiene su licencia en orden? ¿Aprobó Protección Civil sus salidas de emergencia? ¿No ha sido amenazado? ¿Nadie le tose a Hank Rhon?

La casa que empezó por el techo.

Mauricio Fernández Garza, el polémico alcalde de San Pedro Garza García, me concede una entrevista en su residencia, la famosaMilarca. La casa, que el arquitecto japonés Tadao Ando calificó como el espacio privado más hermoso del mundo, empezó por el tejado. Con veinticinco años, vio en la prensa de Estados Unidos que se vendía un techo histórico. Sin más información decidió comprarlo. Se convirtió en el orgulloso propietario de sesenta toneladas de madera. El techo, de casi cuarenta metros de largo por trece de ancho, lo había adquirido el magnate William Randolph Hearst para su castillo privado de San Diego, pero la gran depresión lo obligó a venderlo sin haberlo instalado. Pertenecía a la nave de la iglesia de la Universidad del Rosario de Almagro, en La Mancha, y es un ejemplo perfecto de arte mudéjar. Para transportarlo de Carolina del Norte, donde lo tenían arrumbado sus dueños, a una bodega de Monterrey, tuvo que rentar doce tráileres e introducirlo despiezado después de trámites kafkianos en la aduana de México. El techo es un elemento más de una casa que tiene otros dos techos históricos, la mayor colección de fósiles del mundo o la espada de Hernán Cortés. Desde la terraza, con una alberca que remata un arco gótico original, es fácil entender, que no compartir, su visión del mundo. Con un ingreso per cápita de cuarenta mil dólares anuales, cifras superiores a las de Canadá, y con más egresados en finanzas y mercadotecnia de universidades norteamericanas que ninguna otra localidad del mundo, San Pedro Garza García, en las boscosas estribaciones de la Sierra Madre, puede darse el lujo de empezar por el techo, como la casa de su alcalde. Esto es, despedir a todos sus policías y contratar cuantos necesite, superando cómodamente el índice recomendado por la ONU. Montar un servicio de inteligencia municipal. Llevar un escandaloso registro de los trabajadores domésticos. Incluso el alcalde propone una rebaja en la edad penal hasta los doce años. Por no hablar de los rumores que corren sobre “un grupo de rudos” al servicio del alcalde. Con índices de aprobación de más del ochenta por ciento, según diversas encuestas, Fernández Garza puede presumir de cero secuestros en lo que va del año y solo dos asesinatos, frente a los cuarenta semanales del resto del área metropolitana de Monterrey. Obviamente, el “método” del alcalde-sheriff no es extrapolable.

Parte del éxito lo debe a una recaudación histórica en su primer año de mandato. Descubrió que muchos de los hombres más ricos de la entidad, algunos vecinos suyos finca con finca, llevaban años si pagar el predial, impuesto que cobran los municipios y que es básico para cuadrar sus cuentas: “Cosas de sus abogados para justificar la chamba”, me dice para exculparlos. Y los amenazó con publicar sus retrasos en el suplemento de vida social Sierra Madre, que edita El Norte para los suscriptores de ese municipio. Santo remedio: una cosa es defraudar al fisco, una abstracción molesta, y otra muy distinta ser la comidilla del Club Campestre.
El triunfo del dinero fácil
Justamente una de las quejas que escuché durante la cena en casa de un prominente empresario fue lo profundamente que han cambiado los valores de la sociedad regia y cómo el dinero fácil y la ostentación son ahora las divisas, de las que el Sierra Madre es solo un síntoma. De una persona como Eugenio Garza Sada, cuya figura sigue gravitando en la vida regiomontana, que se sabía el nombre de todos los operarios de su cervecería, a una cultura del nuevo rico que gusta de presumir los quince años de su hija con artistas de la farándula, bodas en enclaves exóticos (avión privado incluido para los invitados) o bautizos con mil asistentes (cardenal incluido). La vida como una excusa para una permanentepool party. “Y esa cultura del dinero fácil enmascara a no pocos delincuentes que dignifican su dinero en las páginas de sociedad”, remata enérgica la anfitriona, cuya máxima es que sus hijos no crezcan como juniors, ajenos a su ciudad y sus problemas. El narco entró en sus escuelas, deportivos, restaurantes. ¿Habrá entrado también en sus negocios?

Lo mismo piensa el arquitecto Ricardo Padilla, cuyo esfuerzo fundamental está en su asociación civil Reforestación Extrema y cuyos intereses pasan por la mejora del trazo urbano, el espacio público y el transporte masivo, tres de las carencias del modelo de desarrollo en Monterrey. Problemas que la Encuesta de Cultura Ciudadana, que se ha aplicado en otras grandes ciudades de Latinoamérica, pone de manifiesto. Por ejemplo, Monterrey es la ciudad en la región que tiene el mayor uso de automóvil privado, con más de un tercio de los desplazamientos en ese medio. Y, como me confirma González-Aréchiga, “empieza a ser habitual que la gente desperdicie en su automóvil más de dos horas al día transportándose a su trabajo”.

Pero quizá lo que más llama la atención de la encuesta es que, si bien casi dos tercios de los regiomontanos se sienten orgullosos de su ciudad, más de la mitad estarían dispuestos a infringir la ley si esa es la única manera de ayudar a su familia. Es decir, la responsabilidad ciudadana acaba cuando empiezan las necesidades de los parientes, lo que puede ser la puerta de entrada para justificar lo injustificable. La desafección hacia la autoridad es alarmante y obviamente los responsables no son los ciudadanos: una cuarta parte de la población piensa que su ciudad es insegura porque los organismos de seguridad no son confiables y a cuatro de cada diez no les gustaría tener de vecino a un policía. Además, uno de cada cuatro regios está de acuerdo o completamente de acuerdo con portar un arma para defenderse.

El peso de la historia

Para hablar de la permanencia de esta moral tradicional en la ciudad más moderna de México y entender sus claves históricas, me reúno con el historiador César Morado, director del archivo histórico de Nuevo León y coautor de una de las pocas monografías sobre la historia de Monterrey. Para Morado, la lógica de Monterrey es la lógica de la frontera. No en su fundación ni en su transcurrir colonial, cuando era un enclave inestable y poco importante, subsidiario de Saltillo, sino a partir de la derrota mexicana en la guerra con Estados Unidos de 1846, y la pérdida de la mitad del territorio, lo que volvió a una villa perdida en la inmensidad del Norte un punto estratégico en la frontera con Texas. A esta singularidad repentina contribuyó decididamente la Guerra Civil americana, cuando las escuadras de Ulysses Grant cerraron los puertos fluviales de los secesionistas y estos buscaron dar salida a su algodón a través de México. Y desde luego en el Porfiriato, cuando la ciudad crecía al diez por ciento anual y desarrolló toda una cultura industrial, basada en la cerveza, el cemento y el acero. Clave de esto fue la inteligente política de excepciones fiscales del gobernador Bernardo Reyes.
La Revolución descarriló este proceso, y las grandes industrias se adaptaron a regañadientes a la nueva realidad, incómodas sobre todo con el apoyo a las cooperativas de obreros del régimen de Cárdenas y su idea de una educación socialista. No en vano fue uno de los centros urbanos que más decididamente apoyaron la candidatura de Almazán y la creación de Acción Nacional. Con Ávila Camacho, pero sobre todo con Miguel Alemán, se inició un periodo de estabilidad que duró hasta Echeverría. De 1942 es el famoso discurso de Alfonso Reyes “Los regiomontanos”, a los que califica de “héroes en manga de camisa” y “paladines en blusa de obrero”. Si exceptuamos la agria disputa contra la imposición, en 1962, por el gobierno de López Mateos, del libro de texto único, que movilizó en las calles de la ciudad a trescientos mil regios, se trató de un matrimonio de conveniencia entre el centro y la Sultana del Norte: la industria, favorecida por el control de las importaciones y la energía subsidiada, se ramificó y creció a ritmos de la actual China. Monterrey pasó a representar por sí solo el diez por ciento del producto interno bruto del país y ahí nacieron las grandes organizaciones empresariales de todo el país, empezando por la Coparmex. El populismo de Echeverría, el desorden en las finanzas públicas y las devaluaciones arruinaron ese de por sí tenso acuerdo. El intento de secuestro y asesinato, en 1973, por parte de la Liga Comunista 23 de Septiembre, de Eugenio Garza Sada, dueño de la Cervecería Cuauhtémoc y fundador del Tec de Monterrey, entre otros emblemas de la ciudad, desató una sorda indignación y profundizó un desapego del centro que aún continúa. López Portillo intentó reconciliarse con la industria de Monterrey a través de la Alianza para la Producción, pero el caos económico de su gobierno y la nacionalización de la banca en 1982, que en buena medida estaban en manos de financieros e industriales de Monterrey, llevaron las cosas al borde del rompimiento. Con Salinas, hijo predilecto de Agualeguas, Nuevo León, pasó de la euforia a la decepción: de recuperar la banca a tener que saldarla en el extranjero tras el mal llamado “error de diciembre”.

Esta difícil relación con el poder central explica el auge del PAN en el estado y el decidido apoyo de los empresarios de Monterrey a Vicente Fox en su empeño por “sacar al PRI de Los Pinos”, mientras sus verdaderos esfuerzos se concentraban en lograr competir en un mercado abierto. Es ahora, azorados por la ola de violencia criminal, cuando vuelven los ojos a su edén subvertido por la metralla e intentan rescatarlo. Y por ello impulsan diversos organismos ciudadanos, como el CCINLAC (Consejo Cívico de Instituciones de Nuevo León, A. C.) que encabeza Miguel Treviño y que no solo hace propuestas concretas de buen gobierno sino que mide la eficacia de las autoridades con base en parámetros objetivos.

Esta historia generó una mentalidad emprendedora en el grueso de la población y una moral del esfuerzo más próxima a la cultura de Texas que al centro de México, explicable también por la ausencia de grandes culturas indígenas y de un importante legado colonial, cargas de profundidad y atavismos sin los que es imposible entender la mentalidad del centro y sur del país. Un abismo separa esta lógica con la visión que de la riqueza se tiene en el centro, donde se ve como una gracia, o concesión, que otorga el poder político. Un verbo la define: “jalar”, sinónimo de trabajar. Por eso, cuando una protesta cierra una calle, no pocos automovilistas insultan a los manifestantes con una frase: “Ya pónganse a jalar.” Es decir, la salida está en el trabajo individual y no en la protesta colectiva. Por eso, llevar a dos mil personas a la Macroplaza para protestar contra los políticos, como sucedió el primer domingo de septiembre, en palabras de una de sus organizadoras, Tatiana Clouthier, “es un gran triunfo”.

El problema para César Morado es que esta imagen de Monterrey como un enclave emprendedor es una construcción con una parte de verdad y otra hecha de mitos, que simplifica una realidad más compleja. Como me dijo González-Aréchiga, Monterrey se diversificó, los servicios son ahora el motor de su economía y el peso relativo de las grandes empresas ha disminuido; además, no hay que menospreciar el peso que la población inmigrante tiene en tejido social.

La ola criminal

Nadie de las decenas de personas con las que conversé durante mi estancia en la ciudad de Monterrey desmiente la información oficial: la espiral de violencia es producto de la ruptura entre el cártel del Golfo y Los Zetas a principios del 2010. Pero para entender el alcance de este rompimiento es necesario ir atrás. Monterrey es históricamente un enclave estratégico para dominar la frontera de Texas, pero a diferencia de Nuevo Laredo, Matamoros o Reynosa, cuyo único valor es el de garita de paso, Monterrey es un centro financiero de tal magnitud que es posible lavar grandes cantidades de dinero sin levantar sospechas; además, tiene universidades y barrios residenciales en donde las familias de los narcos pueden pasar inadvertidas y un nivel de riqueza que, por una parte, genera un público no despreciable para el consumo de cocaína y, por la otra, es un botín económico en sí mismo para la extorsión, el secuestro o el robo de casas y coches. Sumando diversas fuentes, se puede inferir que el cártel del Pacífico les encargó a los Beltrán Leyva el control de la plaza y que el cártel del Golfo hizo lo mismo con su brazo armado, Los Zetas. Una vez en Monterrey, estos grupos se vieron seducidos por el poder y la riqueza de la Sultana del Norte y rompieron con sus respectivos jefes. Los Beltrán Leyva fueron desarticulados por sucesivos golpes de la policía federal y ahora sus fuerzas se concentran aparentemente en otras partes del país, pero la guerra entre “Golfos” y Zetas por Monterrey es despiadada: de un estado que tenía un promedio de doscientos asesinados al año, pasó a ser uno donde se asesina a más de dos mil. Y donde los delitos del fuero común han crecido exponencialmente.

Lo grave no es solo la lucha entre dos grupos rivales, sino que ambos actúan bajo el amparo de policías municipales y con el respaldo de jueces y ministerios públicos también a sueldo. Además, pasar grandes cantidades de cocaína a los Estados Unidos requiere de una infraestructura y de un “músculo económico” que no es fácil de mantener cuando se está en mitad de una guerra fratricida, de ahí la necesidad de hacerse con recursos fáciles y rápidos y pasar al asalto directo de la ciudadanía. Cada esquina en que se vende droga es una trinchera de esta guerra y todos los locales comerciales, sobre todo en giros de la noche y el juego, un botón potencial para la extorsión y el cobro “de piso”. Como me explicó Fernando Elizondo, excandidato del PAN al gobierno del estado: “estos grupos arman a antiguos pandilleros de poca monta de los barrios marginales con armas largas y un salario fijo, y así, de un problema de marginalidad y exclusión social, se pasó a escenarios que no es gratuito calificar de bélicos”. Toma de calles, “ejecución” de rehenes, guerra psicológica, colgados, “encajuelados”, “encobijados”: una gramática del terror que estremece. Además, no se trata, de acuerdo con Tello, de grupos que otorguen una credencial, lo cual hace que otros delincuentes comunes actúen por imitación y que las traiciones y asesinatos dentro de cada facción sean constantes. La ley de la selva.
Una de las cosas que más me impresionó de la conversación con Jorge Tello fue la historia de unos policías de Cerralvo que al ser detenidos por la policía confesaron que lo único que le pedían a Dios es que la Marina o el Ejército los mataran “en combate”, para al menos morir dignamente y escapar del horror que les obligaban a hacer sus nuevos “jefes”: asesinar al azar al primer peatón que cruza la calle para demostrar lealtad o despellejar vivo a uno de cada diez compañeros para abortar cualquier atisbo de delación. Lo mismo me dijo el coronel Enrique Alberto San Miguel Sánchez, secretario de Seguridad Pública del municipio de Guadalupe: “No se imagina usted lo crueles que pueden llegar a ser cuando tienen a un hombre desarmado en sus manos. Ahora, si uno los enfrenta, aunque sea con una simple pistola, entonces son unos cobardes.”

El coronel y la locutora

La historia de la alcaldesa de Guadalupe es esclarecedora. Cuando llegó a la presidencia municipal Ivonne Liliana Álvarez García, nadie daba un céntimo por su gestión. Exdiputada local del PRI y extitular de Desarrollo Social del municipio, su trayectoria profesional venía de la televisión privada, como conductora de programas de entretenimiento, lo que en México quiere decir vacuidad y frivolidad en estado puro (circula incluso un video en la red donde se la ve instruir a la audiencia en el arte de comer un plátano). Sin embargo, cuando llegó a su despacho descubrió que tenía dos opciones: “mirar para el otro lado” o “entrarle de lleno al tema de la seguridad”. La mayoría de los alcaldes, comprensiblemente, me había dicho Tello, optan por la primera: “solo van a estar tres años en el cargo y nadie quiere perder inútilmente su vida”. Ella, no. Tras cinco meses se dio cuenta de que su secretario de Seguridad, un policía civil de toda la vida en la corporación, era un corrupto. Lo despidió (ella usa un eufemismo: “ya no compartíamos los esfuerzos”) y buscó, a través de la Secretaría de la Defensa Nacional, a un titular para ese cargo clave. Pese al discurso oficial de la guerra contra el narco como prioridad, y pese a tratarse de uno de los municipios más calientes del país, la Defensa tardó casi nueve meses en darle una respuesta, y lo hizo por la presión que la alcaldesa ejerció a través de la Cuarta Región Militar del país, con sede en Nuevo León.

Fue entonces cuando apareció en el municipio el coronel retirado Enrique Alberto San Miguel Sánchez, un hombre robusto de suaves modales y voz dulce que dice, sin apenas mediar pregunta, que “odia a las personas corruptas”, “cáncer de México”. Su objetivo, “crear un verdadero espíritu de cuerpo en su corporación” y que lo vean como un “líder no por el escritorio sino por ser uno más de sus propios hombres en el trabajo de calle”. Nunca antes había tenido la extraña sensación de hablar con alguien que podría estar asesinado para cuando los lectores de la revista lean estas líneas. Le han arrojado cuerpos de colaboradores descuartizados a las puertas de su oficina y ha enfrentado toda suerte de atentados con granadas y armas largas. La alcaldesa y el coronel dieron de baja, en números redondos, a cerca de seiscientos cincuenta de los ochocientos policías con que contaba el municipio, y han logrado “fincarles responsabilidades penales”, eufemismo de meter a la cárcel, a setenta de ellos. En turnos de veinticuatro por veinticuatro horas, ciento cincuenta policías honestos, que pasaron todos los controles de confianza, apoyados por un cuerpo reducido de exmilitares en labores de policía que logró reclutar el coronel, han logrado bajar los índices delictivos de un municipio de setecientos mil habitantes, en el cinturón urbano de la ciudad de Monterrey.

El ejemplo de Guadalupe toca consideraciones cruciales: ¿mando único para crear 32 policías estatales, una inevitable pirámide burocrática, o una policía confiable en cada municipio? ¿Para cuándo se instaurará la reelección de los alcaldes, que permita a los ciudadanos apoyar proyectos de transformación con su voto? ¿Qué garantiza a los pequeños comerciantes y obreros de Guadalupe que el próximo alcalde vaya a resistir la extorsión? ¿Si mañana leemos en la prensa que fue asesinado el Director de Seguridad de Guadalupe, Nuevo León, nos extrañaría? Si sobrevive, ¿qué va a pasar con el trabajo del coronel San Miguel?

Visita a un pueblo fantasma

Recorro el Barrio Antiguo un sábado por la noche, acompañado de Ximena Peredo, líder social de diversas agrupaciones que reclama un análisis profundo de las verdaderas causas de la situación de su estado desde su columna en la prensa local; David Pulido, uno de los promotores de la organización civil Pueblo Bicicletero, y Claudio Tapia Salinas, exfuncionario público, quien dejó el Distrito Federal por Monterrey, adonde llegó como delegado de la Secretaría de Hacienda y renunció a sus cargos públicos para significarse como luchador social del estado, entre sus causas más importantes está la protección de la reserva forestal de La Pastora, en el cerro de La Silla, donde la Semarnat y el municipio de Guadalupe han otorgado ya los permisos y licencias a FEMSA para construir un nuevo estadio para los Rayados del Monterrey.

La distancia entre defensores y detractores del proyecto es insalvable. Vidal Garza Cantú, director de la Fundación FEMSA, habla de los alcances de un proyecto que va a regenerar una zona deprimida de la ciudad, ayudar al propio bosque de La Pastora con un andador ecológico y un rescate integral del zoológico; me asegura que no se va a talar ningún árbol –“si acaso trasladar algunos cientos”– y que la recuperación económica del proyecto es a largo plazo, más de cincuenta años, por lo que descarta el afán mercantil como motivación. La alcaldesa de Guadalupe me aclara que ella simplemente esperó a que la Semarnat diera su visto bueno al impacto ambiental del proyecto antes de conceder la licencia de uso de suelo. Y Tapia, Peredo y Pulido insisten, con vehemencia, en que se trata de un proyecto ecocida, cuya melodía es el poder del dinero.

Durante nuestro recorrido nocturno son como tres guías de turismo arqueológico por un pueblo fantasma que se detienen ante cada local para explicar su historia, la vida que los animaba, los grupos que tocaban, las mesas improvisadas que llegaban hasta la calle. Me acuerdo sin querer de Jorge Manrique: “¿Qué se hizo aquel trovar, las músicas acordadas que tañían?” Me quedo petrificado ante una fachada baleada (el célebre Café Iguana, epicentro de la movida rock de la ciudad), unos postigos echados (“el local era de una francesa que lo cerró cuando unos adolescentes la amenazaron con una pistola en el cuello”), unas cancelas rotas. En los pocos lugares abiertos somos los únicos clientes. El miedo se palpa en el ambiente. Noto su aprensión creciente conforme nos alejamos del coche. Calles sin luz, camionetas a baja velocidad, ni una sola patrulla, ni un solo soldado, pese a la llegada de tres mil efectivos de refuerzo tras el atentado del Casino Royale.

Lo grave del centro, me habían dicho los empresarios que me invitaron a cenar a su casa, es que con su muerte repentina se acabó uno de los pocos espacios de convivencia interclasista de la ciudad. Para Ximena Peredo, lo que hay detrás de este abandono es un intento de expulsar a los viejos residentes del centro y comprar a precio de ganga sus casas para especular con ellas cuando las cosas se calmen. No comparto su teoría, pero en la sección de avisos inmobiliarios de la prensa al día siguiente descubro una casa de seis habitaciones, cuatro baños y ¡diez lugares de estacionamiento! a la venta por un millón escaso de pesos. Por la misma casa, en San Pedro, no se paga ni el enganche.

La fantasmal noche remata en La Nacional, en la calzada Madero. El bar, que nació en 2003 en pleno auge de la vida nocturna, quiere rescatar la tradición cantinera pero con un toque de sofisticación en la cocina que estiliza platos típicos, como los tacos de perro atropellado o la barbacoa, y los combina con perejil frito o alcachofa asada. Los precios son accesibles. El lugar cuenta con estacionamiento. Es sábado en la noche. La decoración es sobria y acogedora. La música deja hablar. Somos los únicos clientes.

Al día siguiente, Daniel de la Fuente, reportero de El Norte, me manda un enlace con la noticia de la última balacera en el centro, pocas horas después de que dejamos el lugar. Fue el propio Daniel quien me contó esta historia. Él va todos los fines de semana a un parque de la colonia Cumbres a tomar café con amigos mientras sus hijos se entrenan de boy scouts en el mismo lugar. Una mañana, mientras hacía trabajo de reportero gonzo como forense, lo llamaron a levantar los cadáveres de unos jóvenes asesinados en un ajuste de cuentas entre narcomenudistas. En cuanto se abrió la puerta de la carroza fúnebre reconoció el parque. El cuerpo de uno de ellos estaba en el árbol en que el sábado anterior había estado jugando con sus hijos. Por primera vez en su vida de reportero curtido en la calle sintió miedo.

En la colonia Independencia

Si uno entrecierra los ojos en San Pedro Garza García y deja volar la imaginación, podría estar en Canadá. En la colonia Independencia, aunque uno los cierre con fuerza, no puede escapar de África. En la llamada Loma Larga y a cinco minutos en coche de la Macroplaza, la colonia Independencia ocupa la barrera natural que separa Monterrey de San Pedro. Más arriba en el cerro hay otras colonias aún peores, como La Risca. Vinculada a la ciudad como barrio marginal desde los tiempos de Fundidora, hace más de un siglo, cuando se le conocía como San Luisito, en la Indepe está la Basílica de Guadalupe y la tradición de Semana Santa más viva. No es recomendable ir solo ni adentrarse demasiado. Con cerca de setenta mil habitantes, es el barrio marginal más grande de todo Nuevo León. Muchos de sus jóvenes trabajan para los cárteles que se disputan la ciudad, en los rangos más bajos, de “halcones” o sicarios. Las ráfagas de metralleta son habituales.

Indira Kempis llegó a Monterrey desde su natal Morelos para estudiar en el Tec el doctorado en ciencias políticas, como miles de graduados. Tras el asesinato por parte del Ejército de dos estudiantes a los que confundió con delincuentes, hecho que significó la renuncia como protesta del respetado rector Rafael Rangel Sostmann, empezó a organizar a grupos de estudiantes para manifestarse contra la inseguridad. Para alguien que nació en Anenecuilco, el pueblo de Emiliano Zapata, de tez morena, traje de manta y una curiosa mezcla de ancestros judíos e indígenas, Monterrey era un enigma del que se sentía excluida hasta que vio la fuerza que podía tener la organización de los estudiantes en redes sociales. Su activismo es pragmático: prefiere hacer el bien concreto, aunque sea formando parte de ciertos programas públicos, que la soflama redentora. Por ello, cada fin de semana pone en la escalinata del Palacio de Gobierno cientos de pares de zapatos vacíos, en alusión a las víctimas civiles del conflicto, pero entre semana trabaja en talleres de teatro y danza para los niños de las colonias más desfavorecidas. Es ella quien me organiza una visita a la colonia Independencia.

Édgar Olaiz, coordinador de Programas Sociales de la Secretaría de Desarrollo Social de Nuevo León, con rango de subsecretario, está empeñado en repetir la experiencia de radical transformación de Medellín, Colombia, en su ciudad y tiene un proyecto piloto en esta colonia. Lo acompaño en un recorrido de trabajo, junto a Gabriel Todd, subsecretario de Desarrollo Urbano. El director de la secundaria número dos Ignacio Morones Prieto es nuestro guía. Pero ni él mismo acaba de entender qué paso. Con casi setenta años y a punto de jubilarse, y tras pasar por diversas y tranquilas escuelas rurales, la llegada a la secundaria de la Indepe constituyó un pequeño cataclismo personal: grupos saturados, pleitos, navajazos, deserción temprana, indisciplina, instalaciones ruinosas. Hoy la situación es tan diferente que el profe Mauro no sabe explicarla. El terrenal de piedras donde jugaban es una cancha de futbol rápido con pasto artificial. Unas aulas abandonadas son talleres vespertinos para las madres de familia. El descampado insalubre donde se llevaban a cabo las ceremonias cívicas y recreativas es un lugar dignamente techado y asfaltado. “Se acabaron los grafitis y los pleitos.” Como la visita no estaba preparada, doy fe de sus palabras. Los alumnos no logran aún subir su nivel académico –“que vengan todos los días a la escuela es ya un triunfo”, dice– pero la escuela es por primera vez “un lugar de contención de la cultura del crimen”.

Subimos a la explanada de las bombas, lugar que creó Bernardo Reyes en 1909 para almacenar agua potable.Encima de este lugar, que sirve de parque a los vecinos, se está levantando un centro comunitario de grandes dimensiones, como los parques-bibliotecas de Colombia, con canchas deportivas, salones de actos, biblioteca, talleres y demás. Sin bardas que lo aíslen del barrio, como se hace en Medellín, y con dignidad estética, el proyecto lo ganó un grupo de estudiantes de arquitectura del Tec que quería contribuir a la transformación de su ciudad. Con una capacidad inmensa en sus seis hectáreas de terreno, la esperanza de Olaiz es que se convierta en un punto de encuentro de todos los vecinos y que ninguna banda de las que ahora mismo se disputan a tiros las calles de la colonia se lo adueñe. Hay un trabajo de campo para lograr eso, me explica Todd, con énfasis en lo deportivo. El recorrido termina en la Casa del Exboxeador, en la calle Tamiahua. Antes un jacal sostenido con palos en un terreno donado por un exalcalde como una dádiva personal en una zona de “alta exclusión social”, eufemismo de amoladísima, hoy un gimnasio digno, con cuartos para exboxeadores que no tengan dónde vivir (la marginación de ese mundo es inmensa), un salón de memorabilia encabezada por Lauro Salas, primer campeón del mundo neoleonés, y un ring profesional en el que se entrenan treinta varones y doce mujeres cada día.

El siguiente paso, me dice Olaiz, es conseguir que el gobernador “compre” la idea del teleférico, que uniría la Macroplaza con San Pedro Garza García, con dos o tres estaciones en la colonia Independencia. Así, dejaría de ser un barrio inaccesible. El proyecto uniría el barrio de oficinas públicas con el barrio residencial de la ciudad de manera ecológica y rápida, y tendría un gran atractivo turístico. Podría ser el detonador de otros proyectos, como la restauración de la basílica de Guadalupe o la construcción de un santuario en la parte más alta de la loma, con una vista única de Monterrey, como el Cristo del Corcovado en Rio de Janeiro. “El problema es que el huracán Alex nos dejó sin recursos, dice Todd, todo lo tuvimos que gastar en restaurar la ciudad, lo que aún no se logra plenamente.” Además, la lucha política desatada en el estado vaticina que las prioridades del gobernador Medina estén puestas en sobrevivir a su cargo y no en proyectos audaces, como los que sueña los jóvenes subsecretarios y su equipo.

La guerra política

A la destrucción del huracán Alex en 2010 y la crisis de seguridad provocada por la guerra entre “Golfos” y Zetas hay que sumarle una sorda disputa política que tiene de cabeza a las instituciones del estado y la ciudad. Aquí no se trata de la sana alternancia entre partidos, sino de una batalla por dominar un estado clave de cara a las elecciones del 2012, en la que las diversas familias políticas que lo integran toman sus posiciones y forman alianzas contra natura. Para muchos observadores es claro el acuerdo de mutuo sostén entre el gobernador priista Medina y el alcalde panista Larrazabal.

Este tejemaneje cínico, denunciado por figuras tan respetadas en el estado como Fernando Elizondo, produce malestar fuera de los círculos políticos. A Javier Treviño, secretario de Gobierno del estado, le pregunté si era consciente del nivel de desafección que tenía la ciudadanía hacia su clase política. Y no solo por las marchas y protestas semanales, algo insólito para Monterrey, ni siquiera por las reiteradas ocho columnas de los medios locales pidiendo la renuncia ya del gobernador, ya del alcalde, sino porque actores tan trascendentes como los grandes empresarios habían alzado la voz y habían dicho “Ya basta” en diversos escenarios. El más comentado, el discurso de José Antonio Fernández, presidente de FEMSA, en la entrega de los premios Eugenio Garza Sada en el Tec de Monterrey el jueves primero de septiembre. Fernández dijo que si las cosas no estaban peor era porque a los delincuentes no les interesaba. Lo que no se comentó en la prensa, y que vi con mis ojos, fue el aplauso de pie que le tributó un anfiteatro lleno a rebosar de jóvenes estudiantes. Treviño me explica, como corresponde a su cargo, que están trabajando todos los días para recuperar esa confianza. Y me presenta los cuatro “pilares” en que se sostiene la acción del gobierno: mejorar la relación con el poder federal, construir una nueva policía, transformar el marco jurídico del sistema penal y una fuerte inversión social. La conversación tiene lugar en un anexo de su oficina, en una sólida mesa de madera para al menos veinte comensales, cada lugar con un lápiz afilado, un blog de notas y una botellita de agua. Es obvio que alguna importante reunión está por tener lugar en cuanto deje de quitársele su tiempo al político de más alto rango del estado, exceptuando al gobernador. Cuando le pregunto si se arrepiente de trabajar en el gobierno –tenía una trayectoria brillante en el sector privado– me dice que no con convicción. Pero al acompañarme a la salida de su despacho en el Palacio de Gobierno me comenta con humor: “Antes tenía pelo, pero en esta oficina me estoy quedando calvo.”

Muchas de las personas con las que hablé en Monterrey acuden a fábulas para intentar comprender lo que está pasando. Una que escuché un par de ocasiones, por increíble que parezca, como si su moraleja se hubiera lexicalizado, cuenta que si uno ve una rata esconderse en un basurero de la calle, no se inmuta: es el lugar en que debe estar; si la ve cruzar el jardín de su casa, anota en su agenda hablar al fumigador el lunes; pero si la descubre bajo la cama, no duerme hasta darle caza. Algo así sucede en Monterrey hoy, como en muchas otras ciudades de México. Con una salvedad: la ratas eran parte de la familia y pedían su cereal cada mañana. Apenas ahora, tras once años de alternancia, estamos dándonos cuenta de lo que significó el concordato entre el crimen y el viejo régimen y cómo sus estructuras más profundas se resisten violentamente a cualquier cambio. No tenemos ni las instituciones ni el marco legal ni la claridad estratégica ni la voluntad colectiva para hacer frente a esta “casa tomada”. De hecho, Monterrey es la ciudad mejor preparada para dar esta batalla. Por su tamaño, cohesión social, riqueza, cultura emprendedora. Por construir en mitad del desierto la ciudad más moderna y próspera de México.
De regreso al aeropuerto, una clara mañana de domingo, me pregunto qué le pasaría a México si la batalla de Monterrey se pierde. Muchas de las cosas que vi me inducen a pensar que esto no va a suceder: demasiada gente talentosa reunida, aun en el desacuerdo, como para dejar su ciudad y su estado en manos de los criminales, por más que tengan cómplices en el poder y en la sociedad.
En España, aparta de mí esta cáliz, César Vallejo se preguntaba sobre el destino del mundo si la República española perdía la guerra civil: “Si España cae –digo, es un decir–”… Y no puedo quitarme de la mente esta idea: Si Monterrey cae –digo, es un decir–. ~

sábado, 15 de octubre de 2011

Perspectivas en epistemología de la psicología.



Chicos, les cambio el link porque al parecer hay problemas con el anterior. En este link se aparece la pantalla del buscador de google ahí le dan click en la primera entrada que se llama epistemología y psicología y ya les aparece el ensayo:

http://www.google.com.mx/#sclient=psy-ab&hl=es&biw=1366&bih=653&source=hp&q=perspectivas%20en%20epistemolog%C3%ADa%20de%20la%20psicolog%C3%ADa&pbx=1&oq=&aq=&aqi=&aql=&gs_sm=&gs_upl=&bav=on.2,or.r_gc.r_pw.,cf.osb&fp=4b7f72e39d3bebdd&pf=p&pdl=500

lunes, 19 de septiembre de 2011

SÓLO FUIMOS A VISITAR A UN AMIGO.

Dos tacvbos van a Playa del Carmen para entrevistar a Saúl Hernández y ver qué hay detrás de la sonadísima reconciliación de Caifanes.



¿Van a tocar o van de vacaciones?" es una pregunta recurrente que escucharé en este viaje atípico que estoy haciendo con mi hermano Quique a Playa del Carmen para encontrarnos con Saúl Hernández.

Somos dos tacvbos en el aeropuerto de la ciudad de México, no dos hermanos que deciden viajar juntos. Por lo que preguntan, entiendo que la gente ve a la mitad de Café Tacvba y busca instintivamente a los demás: "¿Adónde dejaron al chaparrito?".

No estamos haciendo ni lo uno ni lo otro. No estamos de gira y no vamos de vacaciones a la Riviera Maya, un lugar al que todo el mundo, literalmente, quiere ir.

Estamos en una misión periodística.

La misión, en realidad, le llegó sólo a mi hermano Quique. Recibió la invitación de Guillermo Osorno para entrevistar a Saúl en el lugar en el que vive y escribir un texto de esa experiencia. Quique me invitó a mí, alegando que soy conocido como el tacvbo que escribe. Los papeles de los integrantes de Café Tacvba se han personalizado de manera burda: Rubén (el de los mil nombres) es el activista, el que defiende causas; Emmanuel es el productor musical; Quique es el artista conceptual que toca con todos los grupos que lo invitan, y yo, Joselo, soy el que escribe. Es una visión reduccionista que no comparto. En realidad todos podemos hacer todo lo anterior y más, pero me convenía aceptar que soy "el que escribe" para así poder ir. ¿Quién no aceptaría un viaje a la playa a ver a su ídolo de juventud?

Hay gente que cree que todos los roqueros nos conocemos y que somos amigos. Saúl Hernández no es en realidad nuestro amigo íntimo, pero nos hemos encontrado por el camino innumerables veces y siempre nos ha recibido bien. Aunque, claro, al igual que cientos de miles de mexicanos, primero fuimos sus fans.

A mi hermano no le gusta la palabra "fan", supongo que por anglosajona, artificial, con connotaciones comerciales y que remite a mujeres histéricas gritando o, en el peor de los casos, a gente enferma y obsesiva por alguien. Para mí dice más que la palabra "admirador". Un admirador siempre va a aceptar todo lo que su ídolo hace. Un fan no. Un fan además de admirar cuestiona, se enoja, da la espalda a su figura de adoración por las cosas que hace mal (según él), por las decisiones que toma en el camino. Lo digo por experiencia. He conocido fans de Café Tacvba que no deseo ni a mi peor enemigo. Un fan pasa del amor al odio en unas cuantas horas, puede amarte al principio de un concierto, pero al final es capaz de odiarte con toda su alma porque no tocaste su canción favorita.

Considero que mi hermano y yo éramos fans de Saúl y de Caifanes porque en cierto momento les dimos la espalda, nos enojamos por lo que estaban haciendo, hasta por como se vestían. La realidad era que dejaron de ser sólo nuestros.
Recuerdo que Caifanes nos pertenecía. Sólo unos cientos de personas sabíamos de su existencia y asistíamos a sus conciertos. De repente, ese número de seguidores comenzó a subir exponencialmente y perdimos a nuestro grupo favorito. Nos pasó también con Maldita Vecindad, que de ser un grupo para unos cuantos, de repente había vendido seiscientas mil copias de su álbum El Circo, todo porque una canción logró colarse en el gusto popular: "Kumbala". Eso que les pasó con su segundo álbum, a Caifanes le sucedió desde el principio. Apenas salieron y dejaron de ser nuestros, de los que íbamos a verlos al Tutti Frutti, a Rockotitlán. De un día para otro, a la siguiente tocada, ya no pudimos entrar a verlos, la gente se amontonaba en la entrada de los lugares en que se presentaban.

Como buen fan, he pasado del amor al odio innumerables veces. Hay discos de Caifanes que la primera vez que los escuché no me gustaron nada, pero luego al pasar los años los he vuelto a oír y me pregunto: "¿En qué estaba pensando? Esto es buenísimo".

Ahora todo eso del amor-odio-amor queda muy atrás tratándose de Caifanes. O te gustan o no te gustan. Al parecer hay muchos a los que sí les gustan, pues con sólo dos conciertos anunciados (y uno es en el extranjero) han causado todo un revuelo.

Por eso vamos a Playa del Carmen. Quedamos en que Quique lo entrevistaría y yo iría tomando notas. Quiero ser el testigo de este encuentro entre músicos de rock.

Llegamos a una Playa del Carmen lluviosa, ya de noche, después de un viaje en avión de dos horas a Cancún y una hora en camión. Quique y yo, acostumbrados a las comodidades del rockstar, esperábamos un transporte al bajar del avión para que nos llevara a la puerta de nuestro hotel. No esperábamos una limusina, que conste, sólo una van o por lo menos un taxi. Pero no, teníamos que comprar nuestro boleto de camión y esperar todavía un rato para llegar a Playa del Carmen. Se nos olvidaba que ahora estamos del otro lado de la grabadora, en el papel del periodista. Supongo que la misión periodística también tiene mucho de aprendizaje: no se consigue percibir la verdad más que con los pies en la tierra.

Al otro día esperamos a que Saúl llegara al Hotel Básico, donde se llevaría a cabo la segunda sesión de fotos. La primera había empezado a las ocho de la mañana en un cenote a quince minutos de Playa del Carmen. Por lo que nos contaron, la sesión fue fructífera: Saúl se metió a nadar en un cenote y se lograron unas fotos muy interesantes.

Vimos a Saúl a lo lejos, se veía feliz, moviendo la mano a modo de saludo apenas nos vio. Traía un sombrero de palma y lentes oscuros, realmente para protegerse del sol, no para pasar inadvertido, como pensarían muchos. La vestimenta la completaba una camisa roja y unos pantalones cargo verde militar. Me recordó la ropa que traía la primera vez que mi hermano y yo lo vimos en una tocada de Lomas Verdes, allá en Satélite, a mediados de los años ochenta, con Las Insólitas Imágenes de Aurora. En aquella época también traía unos pantalones de soldado, pero la camisa, aunque también era roja, era hawaiana.

Nos saludó con una gran sonrisa y un abrazo muy efusivo. Da la impresión de que hace pesas y alguna clase de ejercicio o deporte que lo mantiene en forma; su saludo de mano es firme y fuerte, lo que contrasta con la imagen de fragilidad que proyectaba en los inicios de Caifanes: un flaco con los ojos pintados con delineador negro y pelos parados a la Robert Smith.
Se nos queda viendo un rato sin decir nada y luego, como si continuáramos una conversación que hubiésemos dejado sin terminar, remata: "Qué raro, ¿no? Pero qué bien. Gracias por aceptar entrevistarme". "Ni siquiera lo dudamos, gracias a ti", le dice Quique, y caminamos hacia donde ya lo están esperando el fotógrafo, una maquillista y un asistente de vestuario. Están en una habitación que, en vez de número, tiene nombre de mujer: "Gabriela"; durante un rato se encierran para que Saúl se pruebe camisas, chamarras, pantalones.

Entre cada opción de ropa, Quique, Saúl y yo platicamos. Es un poco small talk, como dirían los gringos (ha estado lloviendo, ¿a qué hora llegaron?), pero también se perciben nuestras ganas de iniciar una conversación más profunda.

—Estoy nervioso con la entrevista —dice Saúl—, no sé qué me van a preguntar.
—¡Yo también estoy nervioso! —confiesa Quique, sintiendo alivio al saber que Saúl está igual que él.
—Bueno, nos tomamos unos tequilitas y ya —resuelve Saúl.

Todos reímos y, casi al mismo tiempo, Saúl y yo hicimos una objeción.
—Bueno, en realidad no, prefiero no tomar alcohol —dice Saúl.
—Yo tampoco —le digo—. Me aventé cinco años sobrio y el año pasado regresé a tomar sólo vino; primero era una copa, luego una botella y luego no te cuento.
—Sí, yo también tomo poco. A veces. Ya no es como antes. Con familia, hijos… —dice Saúl.
—Eso háblenlo entre ustedes —reclama Quique—. Yo todavía no llego hasta donde ustedes están.

El Hotel Básico es uno de esos llamados hoteles boutique, y cada mueble, agarradera, picaporte y accesorio está pensado para impactar y seducirte. Saúl entra al baño, y sin querer jala una cadena que no era la de la taza del baño. Como era de esas tazas antiguas, con la caja del agua casi en el techo, Saúl confunde la cadena que prendía y apagaba un foco con la que hacía accionar el baño. La jala tan fuerte que la cadena se rompe y casi se lleva una lámpara también. "¡Me equivoqué y jalé la cadena equivocada! Luego por qué andan diciendo que los roqueros destrozamos hoteles", dice.

Después de la sesión de fotos nos sentamos a la mesa del restaurante del hotel y, como lo habíamos previsto ya, nadie pidió bebidas alcohólicas. La entrevista se desarrolló alrededor de aguas minerales con jugo de limón.

Quique (Q): Gatopardo me pidió hacer una entrevista a raíz de la reunión de Caifanes. Me entusiasmó mucho la idea y me pareció importante invitar a mi hermano porque, de alguna manera, lo que hemos visto tuyo, en diferentes proyectos, siempre íbamos juntos. A los antros, a los conciertos, a los lugares...
Saúl (S): Una complicidad…

Q: Exacto, una complicidad.
S: Inevitable, también.
Q: Tan inevitable que llevamos veinte años trabajando juntos en el mismo grupo. Lo primero que nosotros conocimos de tu trabajo fue en el disco compilatorio del Festival de Rock Pearless, en el que aparecía una canción de Frac. Tiempo después nos dimos cuenta de que estaba el cantante de Bon y Los Enemigos del Silencio. Es un disco de 1983. ¿Qué tocabas en Frac?
S: El bajo.

Q: Y antes, ¿empezaste siendo bajista en los otros proyectos en los que estabas? ¿Cómo te decidiste para tocar ese instrumento?
S: Pues todo se decidió por un volado. Básicamente porque no había bajista en el grupo en el que empecé a colaborar. En esa época no era como, supongo, es ahora. Antes entrabas en una dinámica de soñar con un grupo y trabajar… creo que era más como un concepto colectivo. Y estaba tocando con Salvador de la Puente, que luego se dedicó al cine y ahí fue cuando echamos el volado, a ver quién tocaba el bajo. Perdí, pues todos queríamos tocar la guitarra. Con el bajo descubrí un instrumento que me cambió la vida, que me enseñó mucho de la composición de canciones. El bajo para mí fue muy importante.

Q: En Frac, ¿quiénes componían?
S: Componía Leoncio Lara, un gran compositor. Y yo también componía, entonces llevábamos canciones mías o de Leoncio. Y así se iba trabajando.

Q: ¿Y por qué se deshace Frac? ¿Cómo aparecen Las Insólitas Imágenes?
S: Nos invita Carlos Marcovich a Alfonso André, a su hermano Alejandro y a mí, por separado, a formar un grupo, para que tocáramos en una fiesta, y así juntar fondos para su trabajo final de cine. Tenía que juntar dinero para comprar material.

Q: ¿Nunca habían tocado juntos antes?
S: No, a Alejandro lo conocía porque de repente coincidíamos en algunos lugares; tocaba con un grupo que se llamaba Leviatán.

Q: ¿Qué onda era Leviatán?
S: Progresivo. Era más progresivo. A Alfonso nunca lo había visto en mi vida. Así fue como empezamos a formar Insólitas, un trabajo en extremo improvisado, exageradamente colectivo y muy espontáneo. Alejandro llevó algunas canciones, yo llevé otras y, en el ensayo, en una semana, las montamos. Empezamos a improvisar y se añadieron más canciones, fue un periodo muy cortito pero de mucha creatividad. Para mí todo terminaba en la fiesta y ya. Pero Alejandro toma la iniciativa de presionar, en el buen sentido de la palabra, para que siguiéramos. En muy poco tiempo nos entendimos muy bien, y formamos Las Insólitas Imágenes de Aurora. Como yo todavía estaba con Frac, platiqué con Leoncio, un gran amigo, un hermano, y tomé la decisión de "probar" qué pasaba con Insólitas.

Q: A nosotros nos tocó verlos en uno de estos conciertos que organizaba Comrock en la iglesia de Lomas Verdes. Tocaban con Punto y Aparte y varios grupos locales.
S: Sí, se suponía que íbamos a grabar en Comrock. La idea de Ricardo Ochoa era hacer las cosas por bloques, sólo se concretó el primero y el segundo. Nosotros hubiésemos salido en la continuación. De todos modos seguimos tocando.

Q: ¿Dónde tocaban?
S: En donde se pudiera. En bares en el sur. En fiestas. Tocábamos en uno que otro hoyo fonki… el hoyo era un lugar donde realmente podías sentirte bien, tranquilo, seguro, aun al ser lo que era.
Q: ¿El público cómo los recibía?
S: Pues… llegamos a tocar en Santa Fe, en Santa Martha Acatitla, en Ermita-Iztapalapa, en todas las delegaciones. Íbamos a las entrañas de lo subterráneo y el mejor comentario que tuvimos fue un día que acabábamos de tocar. En esa época no había managers ni ingenieros ni nada, o sea: eras tú, los cables y tu instrumento y ya. Fue en Santa Martha Acatitla, estábamos desconectando y se acercó una banda, Los Panchitos o ve tú a saber. Yo pensé: "Ya fue, ¿no?", y que nos iban a despedazar vivos. Se acercaron, y nos dijeron: "Pues no entendimos nada, pero tocan bien chido". Para nosotros fue un logro.

Q: Luego siguieron los Caifanes. ¿Cómo se conocieron?
S: Un día vi tocar a Diego Herrera en el 9, con Pepe Guadalajara. Pepe vivió muchos años en Nueva York, vino a México y formó un grupo. A Diego lo invitaron a tocar el saxofón. Ahí nos conocimos, en el 9. Me dijo que también hacía score para cine.

Q: ¿Desde entonces?
S: Sí, desde aquella época él ya estaba clavado en hacer soundtracks, música para cine. A Sabo lo conocí viéndolo tocar, quizá con Memo Briseño, tal vez con Taxi. A Alfonso y Alejandro los conocía de Las Insólitas.

Q: Pero ésa no fue la primera alineación de Caifanes, ¿o sí?
S: En el primer concierto que dio Caifanes estaba Juan Carlos Novelo en la batería, Santiago Ojeda en una guitarra, yo en la otra, Sabo en el bajo y Diego en el saxofón. La idea era hacer un disco que acabó funcionando como demo. Después, Santiago se salió. Y como Novelo tocaba mucho con Eugenia León y con Tania Libertad, entró Alfonso, que nos fue a ver a Rockotitlán y le gustó mucho.

Q: La leyenda dice que fue en el concierto de Miguel Mateos, en el Hotel de México, que Óscar López se acerca con ustedes y les dice: "Los quiero firmar". ¿Es así?
S: Fue antes, en Rockotitlán. Justo fue la etapa cuando Soda Stereo estaba de gira en México, y también Miguel Mateos. Ya había venido Radio Futura, que me parece de los mejores grupos que he visto en cualquier idioma. En esa época se empieza a correr el rumor de que finalmente las compañías disqueras se interesaban por grupos mexicanos. Un día tocando en Rocko, terminamos, y David, que era el gerente y que salía a anunciar, se acercó, con un rollo protector, a nosotros: "Ahí hay uno que dice que es productor y que trabaja para BMG Ariola, y que los quiere conocer porque le gustó mucho. ¿Qué le decimos?". "No ps vamos, ¿no?". No perdíamos nada. Y ya que nos sentamos, empezamos a platicar, y nos ofreció directamente el contrato. Una de mis frases célebres fue decirle directamente: "No te creo nada, no". "Sí, ps sí, se los aseguro". De ahí nos invitó al Hotel de México a abrirle a Neón y a Mateos, como la primera parte de la seducción: vean cómo yo puedo ponerlos ahí. Y efectivamente nos puso. Para mí, ese concierto fue de los más emotivos, porque solíamos tocar en lugares muy pequeños casi todo el tiempo, de no más de doscientas personas, pero eso ya era mucha gente para nosotros. Cuando tocamos en el Hotel de México, con cinco mil personas, era un mar de gente. Abrimos con "Será por eso", y cuando empiezo a cantar, la gente la canta conmigo… ¡Ya se la sabían! Nunca nos imaginamos que la gente ya nos conocía.

Da la impresión de que Playa del Carmen es sólo una calle: la Quinta, como la llaman todos. Es una avenida peatonal adoquinada que parece no acabar nunca, llena de bares, restaurantes italianos, cadenas internacionales de fast food, Starbucks, sitios de internet, tiendas que venden T-shirts, lentes de sol y sombreros. La gente camina de un lado para otro y no se mueve mucho por las calles aledañas, a menos que vaya a la playa. Los turistas extranjeros y nacionales van y vienen mientras los lugareños ofrecen sus servicios al mejor postor en inglés, francés, italiano y rara vez en español.

Se escucha música a todo volumen por todos lados. Desde electrónica, pasando por grupos de cóvers de rock de todos los tiempos, hasta los músicos callejeros cantando boleros y rancheras a quien se deje.

En una de las vueltas que di por esa calle en mi corta estancia en Playa, me crucé con unos músicos callejeros tradicionales; tendrían alrededor de cincuenta y cinco años, y su repertorio tenía un espectro muy amplio, supongo que para complacer al cliente. Cuando los dejé atrás, los escuché cantar a lo lejos "La negra Tomasa". Me paré un rato a escucharlos, pues lo que estaban haciendo era extraño: la cantaban, como seguramente lo habían hecho toda su vida, con una fuerte voz de soneros, pero el arreglo musical se parecía más al de Caifanes. Cuando llegaron a la parte musical, el requinto imitó a la perfección el solo de sintetizador que hace Diego Herrera. Los Caifanes tuvieron influencia de los músicos tradicionales, y ahora éstos la tienen de los roqueros.
Es interesante cómo ha cambiado la percepción de "La negra Tomasa" con el tiempo. Fue una canción que Saúl "obligó" a sus compañeros a tocar, porque llegaron tarde a un ensayo. Al llegar Saúl temprano, se puso a jugar con acordes en su guitarra y de su boca salieron las frases: "Estoy tan enamorado de la negra Tomasa, que cuando se va de casa, triste me pongo", que le había oído muchas veces a Diego Herrera, quien la había tocado con grupos de merengue y música tropical. El regaño se convirtió en broma colectiva, y luego en marca de la casa cuando la tocaban en los conciertos. No tenían la intención de grabarla, pero cuando vieron la popularidad que tenía y lo que causaba, la disquera hizo un EP con "La negra Tomasa", en el lado A, y "Ojo de venado", en el B. La canción se hizo famosísima, ya lo sabemos, al punto de que los músicos tradicionales toman prestado el arreglo. Por un lado se hicieron muy populares, pero, por otro, los fans les dieron la espalda: se enojaron, patalearon y chillaron porque su grupo se había vendido.

Eso sucedió hace veinte años, y ya nadie se acuerda de eso. Ahora, todos pensamos en "La negra Tomasa" como un cóver que hicieron los Caifanes, y lo aceptamos como tal. Mucho tiene que ver con que Caifanes no se atoró ahí ni se convirtió en un one-hit wonder. Vinieron muchas canciones exitosas más, la mayoría de ellas de la prolífica mente de Saúl y algunas otras compuestas en colaboración con sus compañeros.

Un poco antes de grabar "El diablito", como se le conoce popularmente al Volumen 2 (1990), Alejandro Marcovich entró a Caifanes a tocar la guitarra. Saúl fue quien lo invitó, sabía que aportaría mucho al sonido que estaban buscando. Aunque Caifanes inició como cuarteto —Saúl, Sabo, Diego y Alfonso—, el público los considera un quinteto. Es como si el primer disco sólo hubiese sido la gestación para nacer hasta el segundo, hasta el momento en que Marcovich entra a escena.

La carrera de Caifanes siempre fue cuesta arriba. Cada vez tenían más seguidores, cada vez más conciertos y más giras. También tenían oportunidad de soñar con un productor extranjero, y no sólo anhelarlo sino obtenerlo en efecto. Consiguieron contactarse con Adrian Belew, quien aceptó producir su tercer disco, El silencio (1992). Aunque Belew no era estrictamente un productor musical, le dio a Caifanes la seguridad para intentar sonidos que de otra manera no se hubieran atrevido a hacer. El impulso de un músico de esa talla los llevó a territorios inexplorados.
Pero a la mitad de la gira de El silencio, Diego y Sabo se salieron de Caifanes.

Q: ¿Cómo te sentiste con la salida de Sabo y de Diego?
S: Una parte de mí se sintió muy mal, porque parte de los cimientos los hicimos juntos. Compartimos los primeros momentos, las primeras tocadas y, luego, todo lo que pasó con el primer y el segundo discos, las giras. Difícilmente puedes aceptar de inmediato que se vayan. Pero éramos también tan claros que ambas partes lo aceptamos. Tanto Diego como Sabo dijeron: "Yo quiero buscar otro rollo", y nosotros respondimos: "OK". Esa claridad ayudó mucho a que continuáramos. Yo creo que quienes nos quedamos teníamos hambre de "sigamos". Y entró Stuart Hamm en el bajo que, curiosamente, no grabó en el siguiente disco, sólo se quedó a completar la gira de El silencio. Alfonso propone a Federico Fong para entrar a Caifanes. Después salió El nervio del volcán (1994). Fue el disco que más vendió, fue la gira más grande y, curiosamente, el principio del final.

Q: ¿Crees que haya tenido que ver con eso: con el éxito, con más giras, más tocadas, más viajes, más presiones…?, ¿tuvo que ver eso con el final?
S: Yo creo que tuvo mucho que ver, es una opinión personal. Alfonso y Alejandro obviamente tendrán sus propias opiniones, pero creo que el génesis de esto fue no estar muy claros de nuestro territorio. Pero desde adentro, o sea desde el ensayo. Ahí comenzó a andar un átomo perdido que generaba un poquito de duda. Como que no había claridad ahí: ¿qué onda?, ¿qué está pasando? Inclusive en los ensayos de El nervio, antes de grabar el disco. Después de venir de la gira de El silencio sentí y presentí que ese orden que nos había costado trabajo lograr se había dislocado. No sabía bien qué, pero algo se dislocó. Y, claro, si no lo cuidas, pues se hace una herida, una situación más grave y finalmente terminamos. Creo que tanto las giras como el que haya sido un disco que vendió mucho aportaron a que esa dislocación, a que esa situación fuese un poquito más profunda.

Q: ¿Por qué la salida de Diego y de Sabo no se considera como el rompimiento de Caifanes y sí el rompimiento entre Alejandro y tú?
S: Porque cuando se salen Diego y Sabo, el nombre continúa: sigue habiendo conciertos y discos bajo el nombre de Caifanes. Pero, cuando Alejandro y yo nos separamos, ya no hay Caifanes. Es una cuestión de nombre. Porque aparte Diego y Sabo no tenían la intención de que el grupo terminara, eso es algo que se habló. Dijeron: "No, no, si ustedes quieren seguir, sigan. Nuestra intención no es jalarlos ni distraerlos ni nada, es una decisión personal y se acabó". Creo que eso también ayudó para que el grupo sacara el siguiente disco. Ya en la gira de El nervio, pues ya era distinto. Ya había otro lenguaje dentro de la banda, otras decisiones…, cada quien quería otras cosas. Se nos habían caído los dedos, los pies, y la dislocación estaba muy fuerte. Además no teníamos la experiencia de enfrentar una gira así, todo fue, afortunadamente, creciendo. Cada disco era más exitoso, más exitoso. Y quizá si Sabo y Diego no se hubieran salido, Caifanes hubiera sido…, hubiera habido más permanencia… No lo sé, no lo sé…

Q: Sí, claro.
S: Pero también fue algo impresionante. Momentos en los que nos fuimos descubriendo como músicos. Hubo mucho aprendizaje, y se entendía que el compromiso que tienes no lo puedes dejar a un lado, tienes que desarrollarlo y seguir buscando las puertas de la profundidad. Siempre comentábamos, entre nosotros, que cada disco era una radiografía del grupo, por lo que tenía que ser diferente cada vez: "Ahora estamos así, esto es lo que suena y así somos". Creo que fueron etapas muy, muy buenas, en extremo poderosas. Veo más cosas buenas que malas, y me quiero quedar con eso.
Q: ¿Cómo se da ahora el reencuentro de Caifanes?
S: Desde hace tiempo se hacía la pregunta: "¿Ya se van a juntar?". Pero la verdad lo veía muy lejano porque no tenía relación con Alejandro. No nos hablábamos, no había nada. A raíz de que Diego participa en el disco 45 con Jaguares y nos vamos de gira, donde nunca falta la conversación después del concierto en el cuarto del hotel —"Sácate el vinito" y empiezas a platicar y sale la nostalgia—, empieza a aflorar la idea —en esos momentos etílicos [risas]—, y creo que también ahí empieza a gestarse algo, pero sin forma. Un día estoy en Amsterdam, y recibo un par de correos. Me preguntaban si sabía que Alejandro tenía un tumor en el cerebro y que iba a entrar a cirugía. ¡Yo no sabía nada! Entonces pido teléfonos y contactos para poder mandar un saludo; hablé, pero los horarios lo complicaban todo. Y la verdad no sabía qué onda, después de tantos años de no hablarnos, también era muy rudo meterte así, de una. Entonces le escribí un correo directamente a él: "Alejandro, aquí estoy, pues… lo mejor…, no te preocupes, todo va a salir muy bien". A Sabo le dio un paro cardiaco. Hablé con él a los dos días de que le pasó. Y como me contestó burlándose de todo, con el humor de siempre, me di cuenta de que estaba bien.

Un par de meses después recibo contestación de Alejandro, agradeciéndome. Se enteró, leyó el correo antes de entrar al quirófano. La verdad me dio mucho, mucho gusto, y entramos en otra dinámica. Un día me escribe: "Mira, finalmente me gustaría sentarme contigo y platicar. Tomarnos un tequilita y platicar".

Q: Y no fue sólo uno…
S: No fue sólo uno [risas] y no fue un ratito tampoco, a las seis de la mañana seguíamos platicando. Creo que finalmente se dio todo por una intención muy de corazón. Se le puede llamar amor, se le puede llamar amistad, no sé cómo se le llame, pero sí tuvo que ver con una relación de muy adentro.

Justo por esas fechas llegan a la oficina un par de propuestas interesantes: la invitación a que Caifanes toque en el Vive Latino y en el Festival Coachella. Yo creo mucho en las circunstancias que te va dando el destino, lo que en algún momento se pudo haber planeado no pasó, y ahorita no se planeó nada y está pasando todo. Y pues mandé una invitación a todos: "Está esto, no nos compromete a nada, pero puede ser un reconocimiento de territorio. Alejandro y yo hemos platicado largo y tendido, y estamos motivados para hacerlo. ¿Qué opinan?". De ahí se empezó a desarrollar lo demás. También tengo curiosidad de ver qué está pasando entre nosotros, quiénes somos ahora, qué queremos, dónde estamos. Y lo que me gusta de esta circunstancia es que no estamos saliendo con una cuestión triunfalista. No somos el grupo que se reúne para ir de gira, a grandes conciertos masivos. Son un par de festivales, guardando la proporción con los demás. Si ya después de esto surge otra cosa y decidimos formalizarlo, hacer algo en grande, pues ya será otra historia, ¿no? Pero me hace sentir bien que, después de tantos años, la primera presentación en un escenario sea en un rollo más compartido, de festival.

El año pasado Saúl estuvo trabajando en lo que se convertiría en su primer disco solista:Remando. No tenía la costumbre de escribir para algo que él tocaría solo, pues siempre, desde los catorce años, ha tenido un grupo con el cual tocar, o con quien trabajar las canciones que compone.

No podía quitarse de la mente sus proyectos colectivos, así que prefirió dejar de componer durante un tiempo. Se forzó a no tocar ningún instrumento y se puso a escuchar música o simplemente a ver la televisión. Fue un retiro de la creación para "llenarse" antes de soltar todo en canciones.

Cuando estuvo listo, se impuso la tarea de componer una canción diaria. Sentía que se le acababa el tiempo, y de esa manera evitaba la duda de cuestionar lo que estaba componiendo. Eso sucedió en Amsterdam, de donde es su pareja, con quien tiene dos hijos, una niña y un niño.

Cuando habla de su nuevo disco se le ve contento, se nota que le gustó el resultado. Se le ve muy relajado, tal vez demasiado. Se avecinan las presentaciones de Caifanes, que están causando gran revuelo, y la salida de su primer disco solista que sus fans pueden amar, o como bien sabemos, odiar. Tal vez sea por eso que vive en Playa del Carmen, donde, más allá de la Quinta, la vida transcurre muy tranquila. O tan tranquila como uno lo desee.

Q: ¿Qué es lo que te hace venir a vivir a Playa del Carmen?, ¿es un bajarte del escenario y recluirte, exiliarte? ¿Qué es?
S: Mira, venía para acá porque los doctores me recomendaban lugares húmedos por mis operaciones. Por eso me vine a vivir aquí. Así fue que empecé a conocer bien el lugar, me gustó, me sentí muy bien, conocí a mi esposa aquí…

Q: ¿Hace cuánto fue esto?
S: Hace trece años, nada más iba y venía de paso, me regresaba, trabajáramos o no, a mí me daban mi tratamiento. Luego empecé a descubrir muchas cosas, empezó a ser parte de mi vida. Me generó otra conciencia. Y, pues antes, Playa del Carmen era muy distinto, muy chiquito. Era como si fuera una colonia, el barrio, tus cuates y nada más. Lo demás era pura selva y nada de concreto. Había changos y todo, pero bueno, ya cambió y ahora es otra historia.

Q: Cuando dices "creas otra conciencia", ¿es para que esto no se convierta en otra selva de concreto?
S: Claro, entrar a otra dinámica dentro de tus posibilidades, dentro de la posibilidad que se pueda tolerar. Por ejemplo, se ha peleado mucho por una educación en medio ambiente, que no la tenemos. Se ha peleado mucho para sensibilizar a la gente que está en los servicios públicos: gobernadores, presidentes municipales, el cabildo, es decir, al gobierno, para que entienda que no por la necesidad de producción vayas a destruir la necesidad de supervivencia. En esta zona de repente ha habido un desequilibrio, y creo que la única manera de lograr un desarrollo sustentable y positivo es la educación. La educación, no veo otro camino. Creo que los gobernantes que hemos tenido, los partidos que están en la política es gente que finalmente no nos conoce, no sabe quiénes somos: la población, el pueblo, la sociedad. Hay una brecha, un abismo entre el Estado y la sociedad. Mientras no llegue un mandatario o un presidente o alguien que tenga la sensibilidad de conectarse otra vez con nosotros, seguiremos viviendo en un país subdividido de poderes y de diferencias. Lo que está pasando que no nos asombre, porque es el resultado de lo que hemos estado viviendo por muchos años, ahora ya se dio de una manera muy fea y, obviamente, todos estamos trabajando para que cambie. Y tiene que cambiar.

Nos despedimos de Saúl con la promesa de no perder el contacto. Quedamos en hablarnos en la noche o al otro día en la mañana para vernos de nuevo, ya sin cámaras ni grabadoras de por medio. No se pudo. El único contacto que tuvimos con él antes de despedirnos fue por teléfono, para comunicarle una triste nueva: la muerte de Rita Guerrero. Después de la entrevista, Quique y yo estabamos en un bar cuando a nuestros celulares comenzaron a llegar mensajes de todos lados avisándonos que la cantante había fallecido. Ya era tarde para hablarle a Saúl, pues con hijos pequeños los días se hacen más cortos. Al otro día, Quique pudo hablar con él. Saúl no se había enterado aún, así que mi hermano le dio la noticia. No sé qué le habrá dicho, no se lo pregunté, veía a mi hermano muy triste, en duelo por la muerte tan repentina de una gran artista, de una gran roquera, de una gran mujer.

"¿Vienen de tocar o se fueron de vacaciones?", nos preguntó, al regresar de nuestra misión periodística, la gente que nos reconoció en el aeropuerto. Yo tenía ganas de contar a todos lo que fue entrevistar a Saúl, decirles que anhelo creer que nos dijo cosas que no le ha dicho a ningún otro reportero, decirles que ahora tengo más ganas que nunca de ver reunirse a los Caifanes, de verlos tocar, porque entendí que Saúl y Alejandro lo propusieron como un puente de reconciliación antes de que a todos nos lleve la muerte. Quería decirles muchas cosas, pero era dar demasiada información a gente que ni siquiera conocía.

Quique, quien tiene fama de ser muy serio, aunque no lo sea, encontró una parca pero amable respuesta que encerraba mucho de verdad: "Ninguna de las dos. Sólo fuimos a visitar a un amigo". \\

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sobre El existencialismo es un humanismo.



En este opúsculo Jean Paul Sartre se defiende contra los reproches que en aquella época se le hacían al existencialismo y que eran básicamente cuatro: que invita a permanecer en un quietismo de desesperación; que subraya la ignominia humana; que falta a la solidaridad humana porque al partir de la subjetividad pura del yo-pienso cartesiano lleva a considerar al hombre como una mónada aislada; y que niega la realidad y seriedad de las empresas humanas al suprimir los fundamentos de Dios y los valores inscritos en la eternidad dejando en su lugar una mera gratuidad con la cual cada uno puede hacer lo que quiera.

Contra el reproche de que el existencialismo "subraya la ignominia humana", Sartre responde que mucho más pesimista que es el naturalismo literario o una sabiduría popular que dice "¡qué humano!" para referirse a actos repugnantes. Se pregunta por qué esto no desagrada tanto como el existencialismo y responde que es porque el determinismo del naturalismo y de la sabiduría popular nos redime mientras que el existencialismo, al insistir en la libertad humana, no nos deja excusas y nos acusa. Contra los demás reproches Sartre responde que el existencialismo es "una doctrina que hace posible la vida humana".

A continuación el autor de El muro distingue entre dos especies de existencialismo. Uno cristiano, representado por filósofos como Karl Jaspers o Gabriel Marcel, y otro ateo, representado por Heidegger y los filósofos de la Escuela de París. Lo que ambas corrientes existencialistas tienen en común es el hecho de considerar "que la existencia precede a la esencia" de modo que "hay que partir de la subjetividad". A continuación explica la relación existente entre el primado de la existencia sobre la esencia y la necesidad de un enfoque subjetivo de las acciones humanas.

Para entender la tesis básica del existencialismo debemos entender, primero, cuál es la idea tradicional que el pensamiento religioso occidental tenía de las relaciones entre esencia y existencia. Podemos empezar pensando, a modo de ejemplo, en el hecho de que la técnica tiene unas reglas para fabricar objetos de modo que podemos decir que la esencia de cada uno de esos objetos es "el conjunto de recetas y de cualidades que permiten producirlo y definirlo" y que dicha esencia precede a la existencia puesto que ya está en la cabeza del fabricante antes de que se ponga a fabricarlo. La tradición religiosa occidental ve a Dios como el "creador" y lo concibe como un artesano superior de modo que cuando Dios crea algo sabe con precisión qué es lo que está creando. Por ello, para dicha tradición, el ser humano individual es la realización de cierto concepto que está en el entendimiento divino por lo que decimos que su esencia precede a su existencia.

Aunque en el siglo XVIII apareció el ateísmo filosófico[1] y la noción de Dios es suprimida del ámbito racional, legal y político, la verdad es que no pasa lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia porque para Diderot, Voltaire y Kant, entre otros, el ser humano es poseedor de una naturaleza humana, de una esencia humana, lo que implica que cada ser humano singular es un ejemplo particular de un concepto universal fijo, inmutable, de qué es y debe ser el hombre.

Sin embargo, si Dios no existe hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, esto es, el ser humano o "realidad humana", según la llama Heidegger. No hay naturaleza o esencia humana porque no hay Dios para concebirla y su "esencia" —que ya no es tal— se define a posteriori. El hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y después se define. Esto le lleva a afirmar que "el hombre es lo que él se hace". Vemos, pues, que "el existencialismo no es nada más que un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente".

Tenemos, así, que el hombre empieza por existir y a partir de su existencia se define, es decir, toma conciencia de su proyectarse hacia el porvenir. Por esta razón para el existencialismo el ser humano es, ante todo, un proyecto que se vive subjetivamente. Nada existe previamente a este proyecto en el cielo inteligible y el hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser.

Por otro lado, si la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es. Claro que no sólo es responsable de su estricta individualidad sino también de toda la humanidad ya que los actos que nos crean contribuyen a crear la imagen del hombre tal como consideramos que debería ser. Se trata, pues, de una responsabilidad simbólica que puede formularse de la siguiente manera: "eligiéndome elijo al Ser Humano" y que está estrechamente ligada al universalismo kantiano que se pregunta "¿qué sucedería si todo el mundo hiciera esto mismo?"
Pero al tomar conciencia de que no sólo elegimos por nosotros sino también por todos los demás genera en nosotros un sentimiento de total y profunda responsabilidad que provoca, a su vez, la angustia. Los que no se angustian, enmascaran su responsabilidad, no se comprometen, no eligen. Kierkegaard, uno de los precursores del existencialismo, hablaba de la angustia de Abraham al que nadie le aseguraba que fuese un ángel esa voz que le exigía el sacrificio de su hijo. Algo parecido nos sucede a nosotros puesto que nadie nos asegura que seamos los señalados para imponer a la humanidad nuestra concepción de qué debe ser el ser humano.

No hay pruebas y, sin embargo, hacemos constantemente actos ejemplares en el teatro simbólico de nuestra conciencia. Claro que esta angustia no es la que conduce al quietismo sino la que conocen todos los hombres que han tenido responsabilidades. Por ejemplo, un jefe militar puede sentir la angustia de una elección pero eso no le impide obrar, al contrario, es la condición misma de su acción. La angustia no es, pues, una cortina que nos separa de la acción sino parte de la acción misma.

La no existencia de Dios no sólo nos confiere la angustia de la libertad sino también un cierto "desamparo" que es, a su vez, uno de los conceptos esenciales de Heidegger. Si Dios no existe —filosóficamente hablando, es preciso tener en cuenta que el fideísta no le busca implicaciones racionales en su fe—, debemos extraer las últimas consecuencias de su no existencia. No cabe aceptar una moral laica porque no hay una existencia a priori de valores morales, lo que supondría suprimir a Dios con el menor gasto posible. El existencialista debe intentar luchar contra la tendencia de "querer creer que nada se cambiará aunque Dios no exista".

Ciertamente es incómodo que Dios no exista porque con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible, lo que implica que "ya no existe el bien a priori".[2] Si Dios no existe el hombre se siente abandonado, no encuentra, ni en sí ni fuera de sí, una posibilidad de aferrarse a algo porque, primero, la existencia precede a la esencia y, por lo tanto, no hay referencias a una naturaleza humana dada y fija, sólo a una situación; y, segundo, ya no tenemos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta.

De la "muerte de Dios" resulta un hombre solo, condenado a ser libre y sin excusas. "Solo" porque porque con la retirada de Dios también se retiran de la tierra los signos que lo orientaban; "condenado" porque no se ha creado a sí mismo sino que se ve lanzado en medio del mundo sin pedirlo; "libre" porque una vez arrojado al mundo el hombre es responsable de todo lo que es y hace; y "sin excusas" porque el existencialismo no cree en la pasión como excusa.

El hecho de que ahora "el hombre está condenado a cada instante a inventar al hombre" llevará a Ponge a decir que"el hombre es el porvenir del hombre". Si estuviese inscrito en la mente de Dios lo que el hombre debe ser ya no sería un porvenir, sería una confirmación, una realización. Claro que en esa construcción de un porvenir virgen el hombre está desamparado. En efecto, ninguna moral general puede indicar lo que hay que hacer porque ya no hay valores a priori y los sentimientos se construyen mediante actos los que se realizan, de modo que tampoco puedo consultar los sentimientos. Así, pues, el hombre lleva la entera responsabilidad de sus elecciones y la responsabilidad siempre está marcada por el desamparo y la angustia.

Además, si el hombre no es una esencia, si el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza, no es por lo tanto más que el conjunto de sus actos, nada más que su vida. Y como sólo hay realidad en la acción, el existencialismo lucha contra el quietismo que define como la actitud de aquellos que dicen: "los demás pueden hacer lo que yo no puedo". Este culto a la acción asusta a la gente que se excusa en las circunstancias diciendo, por ejemplo, que "han quedado en mí sin empleo y enteramente viables un conjunto de disposiciones, de inclinaciones, de posibilidades que me dan un valor que la simple serie de mis actos no permite inferir". Pero para el existencialismo un hombre que se compromete en la vida dibuja su figura y, fuera de esta figura, no hay nada más. La vida no es más que el conjunto de mis actos. Sólo cuenta la realidad mientras que los sueños, las esperas y las esperanzas solamente permiten definir a un hombre como un sueño desilusionado, como unas esperanzas abortadas, como unas esperas inútiles y, por lo tanto, lo definen negativa y no positivamente.
Así, pues, el existencialismo no es, como se le reprocha, un pesimismo sino, más bien una dureza optimista. Dureza porque pone el acento en la responsabilidad del hombre y optimistaporque insiste en su libertad para elegir. No hay excusas. Ni siquiera el determinismo puede excusarnos. Puede existir un hombre con un temperamento de sangre floja pero no será eso lo que lo haga cobarde sino el acto de renunciar o ceder. El temperamento no es el acto, el cobarde se define a partir del acto que realiza; luego, el cobarde se hace cobarde.

Asimismo, como Dios no existe, tampoco existe la naturaleza humana como esencia universal, a priori. Pero sí existe una universalidad humana de condición. Esta condición humana es el conjunto de los límites a priori que bosquejan su situación fundamental en el universo. El hombre cambia según las situaciones históricas, familiares, sociales, pero siempre es, es decir, nunca varía la necesidad de estar en el mundo, de estar en el trabajo, de estar en medio de los otros hombres, de ser mortal. Estos límites son subjetivos y objetivos a la vez. Objetivos porque siempre se dan y son reconocibles por todos; subjetivos porque son vividos y no son nada si el hombre no los vive y se determina libremente en su existencia por relación a ellos. Por ejemplo, lo importante no es que el hombre sea mortal sino que tenga conciencia de su muerte.
Resulta, pues, que aunque los proyectos existenciales sean diversos nunca son extraños a los límites porque todos ellos son una tentativa para franquearlos, ampliarlos, negarlos o acomodarse a ellos. Todo proyecto, por individual que sea, tiene un valor universal y la universalidad del proyecto individual reside en el hecho de que es comprensible, compartible, por todo hombre. Claro que dicha universalidad, la condición humana, no está dada sino perpetuamente construida. Construyo lo universal eligiendo y comprendiendo el proyecto de cualquier otro hombre, sea de la época que sea. Pero como no tenemos guías, la elección moral es un acto parecido al de la construcción de una obra de arte en el que "se elige sin valores preestablecidos".

En efecto, tampoco a un artista se le dice qué cuadro debe hacer. Pero aunque no tenga un valor estético a priori, su cuadro no es un capricho. Hay valores que se ven después, en la coherencia del cuadro, en las relaciones que hay entre la voluntad de creación y el resultado. Por ejemplo, no decimos que la obra de Picasso sea gratuita, sino que se ha construido tal como es, al mismo tiempo que se la pintaba. Tenemos, pues, que la moral y el arte se parecen porque en ambas hay creación e invención y nunca podemos decir a priori qué es lo que debe hacerse.

A continuación Sartre trata de responder a aquellos que afirman que el subjetivismo existencialista conlleva una incapacidad para juzgar a los hombres. Para el autor de La náusea esto es verdadero y falso a la vez. Es verdadero porque no puede censurarse totalmente a un hombre que elige un compromiso y un proyecto con toda sinceridad y lucidez, por muy equivocado que creamos que sea su proyecto; y porque, al no creer el existencialismo en el progreso humano, las elecciones del hombre, que es siempre el mismo frente a situaciones que varían, sólo pueden ser valoradas en relación a la situación en las que se las ha elegido.

Es falso porque desde el momento en que los hombres se eligen frente a los otros se puede decir que actúan de mala fe cuando —siendo la situación del hombre una elección libre, sin excusas y sin ayuda— se refugia tras sus pasiones y se inventa un determinismo. No puede elegirse de mala fe porque la mala fe es una mentira que disimula la total libertad del compromiso. Así que podemos formular un juicio moral en todo lo referente a la autenticidad, esto es, en el hecho de tratar o no de huir de nuestra libertad mediante falsas excusas.

En lo que respecta a la tercera objeción, que afirma que los valores del existencialista no son serios porque son elegidos —"reciben con una mano lo que dan con la otra"—, Sartre responde que lo cierto es que si Dios no existe y "la vida a priori no tiene sentido", alguien tiene que inventar los valores y darle a la vida un sentido. Ahí radica, precisamente, la libertad y la responsabilidad del ser humano.

Sartre acaba afirmando que el existencialismo es un humanismo. Primero distigue entre dos tipos de humanismo: uno clásico y otro existencialista. El humanismo clásico es una teoría que toma al hombre como fin y como valor superior pero el existencialismo no puede tomar al hombre como fin por la sencilla razón de que éste siempre está realizándose, proyectándose y perdiéndose fuera de sí mismo. Así, pues, el humanismo existencialista afirma que el hombre es trascendencia entendida como rebasamiento y superación de la "esfera de la inautenticidad" y que el hombre no está encerrado en sí mismo sino presente siempre en un universo humano. Ciertamente, aunque en el humanismo existencialista no hay más legislador que el hombre y, en el desamparo, el hombre se elige a sí mismo, no es sino proyectándose fuera de sí que puede realizarse en cuanto humano.
Cabe acabar señalando que el existencialismo no es un ateísmo en el sentido de que no se agota en demostrar que Dios no existe. Más bien declara que aunque Dios existiese sus ideas no cambiarían. El problema no es el de la existencia de Dios sino el de que es necesario que el hombre se encuentre a sí mismo y se convenza de que nada puede salvarlo de sí mismo, esto es, de su libertad y responsabilidad. Por lo tanto el existencialismo es un optimismo, una doctrina de acción.