jueves, 13 de marzo de 2014

El color de las palabras

1. EL COLOR DE LAS PALABRAS1

 La poesía acudió siempre a los sonidos seductores, con ocedora de
este valor inmenso de las sensaciones que saben distinguir los sentidos
con tan buen paladar auditivo.
 Los poetas demostraron, antes que los pico-lingüistas, que todas las
palabras suenan en nuestros oídos aunque las leamos en silencio.
Después los estudiosos del lenguaje y del cerebro humano han convenido
en que la lectura de un texto va acompañada de una articulación interior,
imperceptible. Ellos lo llaman "subvocalización”. Por eso aprender a leer
afecta a la forma de percibir las palabras que se oyen. Una vez que
sabemos leer, no sólo vemos las palabras con sus letras. También las
escuchamos con sus sonidos.
 Y con los sonidos nos llegan los colores de los fonemas y cuanto
sugieren. Las formas que envuelven los vocablos crean también una
estética que alcanza a los sentidos del ser humano y puede, como un
lienzo, dejar admirados nuestros ojos. Las letras cumplen el papel de
colores en la paleta de quien plasma un poema.

1.1. LA VOCAL “U”

Por ejemplo, se inserta en “luz”, en “lumbre”, en “fulgor”, en "fulgurante",
en "iluminar”, "iluminaria"... palabras todas ellas que se apoyan en el
sonido "u" y que se relacionan con la luz misma. Dámaso Alonso hablaba
de "la magia de la imagen fonética" para componer "la imagen poética”, y
recordaba aquel verso del poeta dueño del color, Luis de Góngora:
"Infame turba de nocturnas aves”, donde la acentuación de la frase en las
dos sílabas "tur" (turba y nocturna), en los dos golpes de la u, hace caer
sobre el verso dos intensos chorros de luz, pero de luz negra; la misma
luz negra que inunda la palabra "lúgubre"… La negrura de "luto" y
"luctuoso", las sílabas que evocan el dolor primitivo de la palabra.
 Y es esa misma sílaba "tur" acentuada en "turba” y en "nocturna" la
que encontramos en “turbio", en el dúo de letras "ur" que hallamos en
"oscuro", la misma letra u que sobreviene opaca en el azul marino o en la
lúgubre luz del ángulo umbrío, del ángulo oscuro: un cierto fulgor, luz, sí;
pero de brillo negro, el brillo de la "púrpura" y del “crepúsculo"; porque el
azul profundo y las úes que lo muestran se hallan muy cerca, hasta el
punto de que en francés se dice "no veo más que azul" para explicar que
alguien no ve nada; y en alemán, "estar en azul" equivale a "estar
borracho"... situación que en España se llama también "estar ciego", "ir
ciego" o "coger un ciego"... así que estar en azul es estar ciego... y estar
ciego es estar borracho, y no ver por culpa de la luz oscura de la
borrachera que obliga a "estar en azul"... Las palabras evol ucionan en
círculos... Porque no en vano las palabras circulan.
 Por el contrario, se muestra blanca... blancas son las letras a de
alma y de cándida, de clara y de diáfana, de glaciar, de alba y de cal y de
agua, y de cana o de diana, la a que transparenta, la a de cristalina y de
escarcha... y de la propia palabra "blanca", que exhibe su blancura en las
bocales que la pronuncian. Y blancos son los "álamos" en su madera
blanca, y los "fantasmas" en sus "sábanas", en sus sábanas blancas,
vestidos por las aes de todas esas sílabas que hacen menos blanca la
"nieve" que la "nevada”.
 1.3. LA LETRA “I”
 Es tal vez el amarillo, palabra que la acoge además en su sílaba tónica, el
amarillo que se marchita y amarillea marchitándose y que pone el acento
en la i de marchito, el amarillo del pelo rubio, el amarillo de un rostro
lívido, del cofre aurino, de la piel cetrina, de la orina, de la ictericia y su
palidez, el amarillo del trigo, el amarillo del limón amarillo que comparte
el sabor con él, pues el nombre de este cítrico procede del término latino
amarellus (amargo), pero la palabra que lo nombra tomó el color del claro
brillante y se formó con la i acentuada... el mismo amarillo que asume la
carga tónica de la delgada vocal que apuntala todas esas palabras, el
amarillo que brilla.
 1.4. LA “O”
 Lleva los valores de "negro", cuyo sonido se asocia con lo fúnebre tal vez
porque nekro llegó al español desde el griego para nombrar a la muerte
(identificamos el negro con la necrológica, y vemos el negro futuro de
alguien... no se trata de un problema de racismo, sino de sonidos y
etimología)... Negro como el carbón, como el luto también, como el
chocolate, como el oro negro.

 1.5. LA “E”
Parece en cambio, una letra menos coloreada, menos evident e, pero
sugiere los marrones y los tonos pardos... el color marrón oscuro del
café… la e del roble, de arce, del alce, del reno, del ciervo, del rebeco, la
e de los árboles que en plural marronean con sus maderas perennes y
que alfombran el suelo con sus pieles despegadas del cuerpo. El marrón
del bosque que imaginamos cada vez que se oye la palabra "septiembre".
 Mallarmé lo resumió al decir que la poesía no se hace con ideas,
sino con palabras. Como la seducción. Porque la seducción vive en la
poesía.
 De la relación entre colores y sonidos; el oído y la vista se
relacionan también gracias a que los conectan las palabras. Pero no ha
elaborado nadie una teoría científica, sino sólo poética; que sólo se
puede demostrar ante quien esté dispuesto a quedar sedu cido. Color y sonido de las palabras Luis Hernando Mut 5 is Ibarra
 Los sonidos seductores nos evocan el color, pero también el
tamaño. La letra i se ha apropiado del mensaje de lo pequeño, con
decenas de palabras que muestran lo diminuto gracias a ella, una i con
frecuencia arrullada por alguna eme o ene que, cuando aparecen, le dan
un punto afectuoso: ínfimo, infantil, infinitesimal, mínimo, milimétrico,
disminuir, miseria, minucia, diminutivo, aminorar, chiquitín, microbio,
minimizar, micra... Y también palabras como ridículo, irrisorio,
insignificante, nimio, pizca, chiquito... La seducción de los cuentos
infantiles está implícita en el amarillo de tantas íes como aparecen en
ellos. La i evoca aquello que, por pequeño, ha de cuidarse, lo que no
pesa, lo que se disimula entre líneas…: liviano, delicado, sibilino... Las íes
llevan prendidas la escasez y la ligereza, porque su sonido se apropió de
ellas.
 Los diminutivos se adornan con la i, no por casualidad: la i tónica
de -ico, -ito, -illo, -ino, -ín... Y nos seducen expresiones como "el
parquecito que conozco" o "mi casita en la montaña". La seducción
literaria puede servirse de los diminutivos porque la historia de la lengua
le da razones para ello. La vida de los sufijos ha ido saltando los años
con el inmenso trabajo de dar connotación a las palabras, de adornarlas y
exaltarlas o, por el contrario, envilecerlas y despreciarlas. El latín vulgar
se enamoró de la derivación, y su expresividad afectiva creó diminutivos
como aurícula (ahora oreja), genúculu (hinojo, rodilla). La orejilla, los
hinojillos, el solecillo. Genúculu conduce a hinojos ("caer de rodillas),
pero rótula deriva en el diminutivo rotella y por eso hoy en día
pronunciamos rodilla sin que veamos ya el diminutivo que, sin embargo,
existió.
 Los hablantes de aquellos siglos percibi eron la identificación entre
las íes y sus afectos. El diminutivo illo nació precisamente con el mayor
protagonismo de la letra i; porque cuando se generaliza (en el siglo XIV)
los españoles de entonces abandonan la vocal e que la acompañaba y
competía con ella, de modo que el primitivo sufijo iello se convierte en
arcaísmo. Algo hubo en el ambiente que invitó a elegir la letra amarilla
frente a la marrón a la hora de pensar los objetos pequeños. Quizá
porque el amarillo se confunde con el blanco y se aprec ia menos; su
presencia se hace menor… queda disminuida.
 Desde luego, no todas las palabras con predominio fonético de la i
se pueden relacionar con algo reducido (ni con algo amarillo); pero sí
parece que cuando el lenguaje desea profundizar en tal concep to acude
con muchísima frecuencia a la letra, Ia más fina del alfabeto. El sonido
más delgado.
 Los aumentativos escogen en cambio la a y la o (-azo, -ato, -ona, -
ón...), porque abrimos más la boca con sus fonemas y porque su
sonoridad y la carga tónica del acento sobre ellos logran asociarlos a los
conceptos de lo inmenso: descomunal, grandilocuente, aparatoso,
megalómano, ampuloso, faraónico-. Incluso prefijos como "macro” y
"micro" llevan en su marca diferencial la función clara de las dos letras
que los distinguen entre sí.
 "Habráse visto tamaño error"..., podrá decir alguien. Y el concepto
"tamaño", que obliga a abrir generosamente la boca para pronunciarlo, no
evoca en un principio una medición concreta: el tamaño puede concebirse
grande o pequeño, los fabricantes de zapatos lanzan al mercado todos los Color y sonido de las palabras Luis Hernando Mut 6 is Ibarra
tamaños... Y, sin embargo, el poder de la palabra, de sus letras, de su
etimología, nos seduce con el concepto oculto que se hallaba en su
origen latino: tan magno... tan grande... tamaño... He ahí por qué ese
error se reveló así de grave, ese tamaño error. He ahí por qué la historia
de la palabra y su sonido la condicionan.
 1.6. LA “J” Y LA “CH”
 J (o la g cuando adquiere esa misión fonética) y la ch se instalan en
las palabras del desprecio: paparruchas, chorradas, pendejadas, casucha,
hatajo, grupejo... Los sufijos despectivos suelen dar mucha rentabilidad a
quien los profiere, con un mínimo gasto: no encubren ningún insulto, no
resultan malsonantes; pero alcanzan de lleno al inconsciente. Suponen
así un mecanismo claro de seducción fonética negativa, porque envuelven
la palabra con un cierto hedor que nos hace volver la cara, desdeñarlas
en en un sonido y por ende en su significado. "Derechona", o "litrona" y
"botellón"... cuyos líquidos arrullan el i nconformismo de muchos jóvenes
en los parques y tocan su paladar a granel.


1.7. LAS ERRES
 Se perciben a su vez con la connotación de la energía o de la fuerza, de
los verbos que implican un nuevo intento. Porque la fuerza y la energía se
hallan en palabras como "resurgir", “romper", "resucitar", "reactivar",
"penetrar", “rearmar", "recomponer", "rasgar", "irrumpir", "rebatir",
"rebelarse"... y las erres del prefijo re- que invitan a la repetición, a no
desesperar y a emprender de nuevo lo que no se ha co mpletado. La r que
entra raspando en los oídos y que servirá para dotar de brío a las ideas
aunque su contenido careciere de fuerza.
Las sílabas hacen que "patraña" sea más grave que "mentira", y
"mentira" (con su famélica i resaltada) menos que "embuste", y dejan en
venial la acusación de "falsear la verdad" frente al contundente insulto
sonoro de la "manipulación".

 1.8. LA “S” EVOCA LA SUAVIDAD
 Como la misma palabra falsear, como suave, como terso, como delicioso,
bálsamo, vaselina, sabroso... La s influye en el significado. La s se
desliza por el paladar del lenguaje, tiene un sabor liviano y contagia la
idea más antagónica de la fuerza y la violencia. He aquí la s que da su
principal valor fonético a la seducción, porque es el engatusamiento
suave y casi imperceptible e inasible.
El valor de los sonidos moldea, pues, las palabras y cuanto nos
sugieren. "El jarrón estuvo en un tris de romperse", pronunciamos
repitiendo una frase hecha, heredada. En un "tris": tris representa un
instante brevísimo y evoca el sonido de algo que se rompe. Faltó casi
nada para que el jarrón se rompiera... O alguien permaneció "erre que
erre", machacón, como serrando un árbol, sierra que sierra con la
herramienta, y la r nos da también así el ruido de la sierra en la rama del
roble... Y podemos comparar la frase el ruido de la sierra en la rama del Color y sonido de las palabras Luis Hernando Mut 7 is Ibarra
roble (que acabamos de escribir para buscar el estruendo reiterado) con
su alternativa el sonido de la sierra en los surcos del sauce, expresión
que podría adornar cualquier poema bucólico.
En la primera frase, la combinación rugiente resalta la r de "sierra".
Pero en la segunda, la oración siseante potencia la s inicial de la misma
palabra, lo que nos muestra dos valores fonéticos diferentes de un solo
término, dos ruidos distintos para un mismo instrumento que corta la
madera.
En el lado de lo pequeño, sucede algo parecido con "pírrico".
Perdida ya la herencia de Pirro (aquél qué ganó una batalla en la cual el
daño sufrido no compensaba la victoria lograda), las íes de esa palabra
hacen creer a algunos hablantes que este adjetivo equivale a
"insignificante. Como tantos otros, se dejan seducir por el envoltorio de la
palabra, el sonido de desprecio que acompaña a pírrico igual que a
irrisorio y a ridículo.
 Por todo eso nuestros antepasados identificaron ya la palabra
"miniatura" con algo pequeño, cuando su raíz procede de "minio", el
colorante usado por los dibujos que acompañaban a los textos en los
manuscritos medievales. El sonido de la i, el falso sufijo "mini", esa
terminación en “ura”… que vemos también en "ternura", "dulzura”… ¿cómo
no vamos a regalar una miniatura a un ser querido? El sonido de la
palabra se ha impuesto a sus propios genes, y la hemos tomado por la
idea que transmite la fachada antes que por el interior de la casa.
La magia de los sonidos acompaña a las fórmulas y los hechizos;
abracadabra, por ejemplo: una sucesión de aes que abren la boca y la
gruta que resulten necesarias. Y con palabras llenas de magia y de
sonidos se hacen los maleficios, y con palabras seductoras se conjuran.
La fuerza de la palabra "ensañamiento”, el sonido expresivo de la ñ que
invita a pensar en alguien recreado en el crimen, se situaba por encima
de cualquier considerando y más allá de cualquier resultando. Ensañarse:
"Deleitarse en causar el mayor daño y dolor posibles a quien ya no está
en condiciones de defenderse" (Diccionario de la Real Academia
Española).

 1.9. LA “Ñ”
 La ñ invita a pensar en la insistencia, ñaca ñaca, ñiqui ñiqui, saña a
saña, el ensañamiento emparenta con la ñ explícita del empeño, con la ñ
implícita reiteración, el furor, el enojo ciego, la saña que da sentido a
esta palabra de origen, incierto en nuestro idioma y, por tanto,
antiquísima. Su sonido ya la hizo merecedora de este significado en el
primer diccionario del idioma español: "Cólera y enojo con exterior
demostración de enfado e irritación"; y en "sañudo" (aún más
onomatopéyica) vemos "furioso, colérico y airado o propenso a la cólera”.
La fuerza de la saña está en la historia de nuestra fonética, y mal hizo
aquel tribunal al orillar a su expresividad, al separar, por un lado, unos
hechos que encajan en la imagen eterna de la saña y, por otro, la
definición técnica que la enfría y la disecciona como si fuese una sandía.
Valoramos el sonido también cuando damos nombre a un hijo,
incluso a nuestro perro. Desconocemos generalmente el significado de los Color y sonido de las palabras Luis Hernando Mut 8 is Ibarra
nombres ajenos, casi nunca nos planteamos la etimología de palabras
como Teresa, Irene, Julia, Lucas, Ignacio, Ruth, Cristina, Leonor,
Carmen, Emma, Sara, Isabel, Marta, Enrique, Joaquín, Javier, José,
Carlos, Emilio, Femando, Antonio, Jaime, Juan, Wilfredo, Miguel,
Santiago, Adolfo... y sus sílabas nos empujan y nos seducen, hasta el
punto de que incluso se teoriza sobre la influencia del nombre en el
propio comportamiento. Y llamamos al perro recién comprado o recién
recogido con un nombre que proyecta sobre él nuestra idea de su carácter
o de su figura. Y con su nombre lo educamos, y de su nombre obtenemos
su imagen. De repente, unos vecinos dan en la fl or de llamar “Tyson" a su
rottweiler, y después el animal tendrá atemorizado al barrio porque,
constituido en arma y tratado como un boxeador y no como un amigo,
andará suelto y sin control muy a menudo por la calle (al contrario que el
púgil de quien toma el nombre, que suele pasar más tiempo encerrado).
Quien da a su perro un apellido de boxeador, cuando ni siquiera se trata
de un boxer (uno de los cachorros más hermosos de la creación,
permítaseme este paréntesis que no hace al caso), le da también, con su
idea del nombre, el carácter que espera de él. En el mismo acto de
nombrar lo que carece de palabra nos solemos entregar al sonido como
significante, y los nombres nos seducen por sus fonemas y por su
herencia antes que por su contenido. No otorgamos a un niño el nombre
de alguien a quien odiamos. La palabra usada influye. Su contexto la
anatematiza o la endulza.
Nuestro idioma tiene muchas palabras nacidas de un sonido para
representarlo a su vez: murmullo, susurro, ronquido, bramido, estampido,
tintineo, tableteo, triquitraque, maullido, glugluteo, carraspear, arrullo,
castañetear, trueno, estruendo, tronera, rugido, traqueteo, trino; carraca,
estrépito, gorjeo, bullicio, rumor, fragor, bregar, cencerro, alboroto,
ulular, rasgueo, crujido, atronador, es tridente, kikirikí, chirrido, rechinar,
chillido, chapotear, cacarear, balar, gruñir, mugir, zurear, arrancar,
arrullar, chiscar, roncar, rezongar, ronronear, runrún, cacareo, incrustar,
farfullar, cuchichear, balbucear, balbucir...
Y cómo no: bomba, una palabra que nos explota en la boca, con los
mismos efectos fonéticos de "tromba" O de "tumba".
Las letras que evocan sonidos sirven también para dar un aura
mayor a conceptos visuales, que adquieren, por contagio analógico, la
metáfora de sus fonemas: las estrellas "titilan"; alguien empleó una
"triquiñuela"; otro se "aturulla", o es un "papanatas"...
Son todas ellas expresiones seductoras si se emplean en el
contexto adecuado, porque alcanzan un valor superior a sí mismas.
"Noticia bomba", gustan de decir los periodistas. Y el lector se siente ya
en la primera fila de una explosión informativa.


2. VOZ Y SONIDO
 A menudo no recordamos una palabra, la tenemos en la punta de la
lengua, esperamos a que llegue para enunciar un concepto que sí
apreciamos con claridad... Pero intuimos sus vocales, que merodean por
nuestra memoria a la busca de las consonantes que necesitan para vivir.
La evocación de su sonido será la mejor pista para encontrar el término
preciso. Y eso muestra cómo la sonoridad de la s palabras, y
especialmente su primera sílaba, tiene tanto poder en nuestro
subconsciente. La primera sílaba nos permite a menudo reconocer la
palabra que escuchamos, antes de que el hablante o el texto la
completen. Y luego acudiremos a ella para recordar un nombre, una idea.
El sonido envuelve las palabras, es la presentación y el vestido; y como
los adornos en un plato de restaurante o la ropa que elegimos para una
fiesta, influye en el concepto de fondo, igual que la primera impresión que
percibimos sobre la comida o sobre las personas se relaciona con el
primer examen sensorial completo que hacemos de ellas.
El sonido envuelve, pues, los significados y los condiciona. Pero
además cumple un peculiar papel (secundario y a la vez fundamental) en
la percepción de las palabras. El sonido constituye la clave de acceso
para que una idea entre en nuestra enciclopedia mental y encuentre en
ella su sentido. Porque en el proceso que nos lleva a comprender las
palabras se produce una sucesión de actividades cerebral es relacionadas
primordialmente con su música. Y esa cadena de sucesos infinitesimales
que se desarrollan en nuestro cerebro se basa en primer lugar en las
similitudes fonéticas con las que contamos en el diccionario mental de
cada uno. Nuestra mente compara un estímulo fonémico o grafémico con
todas las representaciones almacenadas en nuestro lexicón privado, y ahí
empieza la selección. Empieza la comprensión de las palabras pero
también el mecanismo de las seducciones.
El sonido de las palabras influye en la seducción amorosa, en la
fascinación política o en las manipulaciones de la publicidad. Algunos
especialistas han demostrado que los fonemas de las palabras tienen
incluso un efecto de eco sobre aquellas que se les parecen.
El cerebro de un adulto medio pesa 1.3 kilogramos y contiene unos
10 billones de células nerviosas o neuronas. Cada una de ellas puede
estimular a otras en una cuantía que varía entre unos pocos cientos y tal
vez cien mil. Una neurona, a su vez, puede recibir la misma cantidad de
estímulos. Las combinaciones, pues, se acercan a lo infinito. Parece
mentira que, con estos datos, el cerebro humano resulte operativo. Pero
lo es. Y todo empieza con un sonido.
Los sonidos son, entonces, resortes de la seducción con las
palabras, porque se aposentan en ellas, acompañan su historia y se
manifiestan con gran potencia al convertirse en el envoltorio que las
rodea, casi imperceptible, sin embargo. Influyen en sus significados y en
la percepción de los conceptos. Quien logre dominar las sutilezas de los
sonidos habrá adquirido un poder intransferible, para crear belleza y para
expresarse con eficacia.
Hay que recordar que las palabras sólo pueden darnos parte de su
significado, el resto nos la da su experimentación
 El espacio de las palabras no se puede medir porque atesoran
significados a menudo ocultos para el intelecto humano; sentidos que, sin
embargo quedan al alcance del conocimiento inconscientes. Una palabra
posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su
propia vida y el segundo se inserta en aquél pero alcanza a toda la
colectividad donde vivimos. Y este segundo significado conquista un
campo inmenso, donde caben muchas más sensaciones que aquellas
extraídas de su preciso enunciado académico.
 Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también
heredamos las palabras y sus ideas, y eso pasa de una generación a la
siguiente con la facilidad que demuestra el aprendizaje del idioma
materno.
 Por ejemplo: “Acorde, se ha ido rebozando en cuantos significados
reunió su raíz, cordis: corazón, y los mantiene aunque algunas de sus
acepciones cayeran en desuso; porque el verbo “acordar” también
significó en otro tiempo hacer que alguien vuelva a su juicio, que
reencuentre su corazón, metáfora antigua de la conciencia. Y, como
sucede con las estrellas muertas, habrá desaparecido la acepción, pero
no su reflejo.
 “El verbo “acordarse” nos muestra a su vez una contorsión del
concepto que toma un valor reflexivo (la acción que se refleja hacia uno
mismo) por que aquello de lo que nos acordamos es lo que nuestro
corazón guarda y hace latir, y nos envía a la memoria. Acuerdo evoca
también concordia, y el viaje por el túnel del tiempo de su etimología
conduce de nuevo al corazón, a su raíz; y “concordia” nos sugiere
“concordancia”, voces ambas que tienen sus antónimos en discordia y
discordancia… expresión ésta que a su vez forma un concepto musical
para amenazar al más tradicional de los “acordes” 2
.
 El lenguaje no es un producto, sino un proceso psíquico, donde no
existen los sinónimos completos, porque las palabras no sólo significan:
también evocan. Pensamos con palabras, y la manera en que percibimos
los vocablos, sus significados y sus relaciones, influye en nuestra forma
de sentir. Por ejemplo, ni siquiera dos verbos tan igu ales como empezar y
comenzar se equiparan en su valor profundo; desprecio y despecho,
puesto que el despecho se mueve al final de su camino con un aire de
desdén hacia lo que nos ha zaherido; ligar y obligar, voces que comparten
la raíz de lo que ata, ya sea por voluntad o por obediencia; espejo y
espejismo, los reflejos que muestran una irrealidad en sí misma; a ngustia
y angosto, el ahogamiento que sentimos ante una desgracia y que nos
cierra la garganta para convertirla en pasadizo. Las palabras tienen,
pues, un poder oculto por cuanto evocan.
 Las palabras tienen un poder de persuasión y un poder de
disuasión. Y tanto la capacidad de persuadir como la de disuadir por
medio de las palabras nacen en un argumento inteligente que se dirige a
otra inteligencia. Su pretensión consiste en que el receptor lo
descodifique o lo interprete; o lo asuma como consecuencia del poder que
haya concedido al emisor. La persuasión y la disuasión se basan en
frases y en razonamientos, apelan al intelecto y a la deducción pers onal.
 Todos los psicólogos saben que cualquier intento de persuasión provoca
resistencia. Por pequeña que parezca, siempre se produce una
desconfianza ante los intentos persuasivos, reacción que se hará mayor
menor se según el carácter de cada persona. Y s egún la intensidad del
mensaje.
 La seducción de las palabras, su olor, el aroma que logran
despertar aquellas percepciones reside en los afectos, no en las razones.
Ante determinadas palabras (especialmente si son antiguas), los
mecanismos internos del ser humano se ponen en marcha con estímulos
físicos que desatan el sentimiento de aprecio o rechazo,
independientemente de los teoremas falsos o verdaderos.
 Las palabras denotan porque significan, pero, connotan porque se
contaminan. La seducción parte de las connotaciones, de los mensajes
entre líneas más que de los enunciados que se aprecian a simple vista.
La seducción de las palabras no busca el sonido del significante que llega
directo a la mente racional, sino el significante del sonido, que se percib e
por los sentidos y termina, por tanto, en los sentimientos.
 Todo esto nos lleva a saber que en cada contexto existen unas
palabras frías y unas palabras calientes. Las palabras frías trasladan
precisión, son la base de las ciencias. Las palabras calient es muestran
sobre todo la arbitrariedad, y son la base de las artes.
 El sonido no es sólo el contorno de las palabras. En nuestra vida
cotidiana solemos quitarle valor porque nos parece periférico. Pero
representa la fachada que vemos en ellas antes de co nocer sus
habitaciones. Los bebés son sensibles al sonido y a la entonación,
incluso la perciben cuando aún se encuentran en el seno materno.
También los animales son capaces de desentrañar los sonidos en que van
prendidas las palabras y acercarlas a su contenido. La voz nos da el tacto
de las frases, y con sus sensaciones vivimos la parte más irracional del
lenguaje porque su registro nos permitiría incluso prescindir de los
significados. Ahí reside su poder de seducción.
 El lenguaje, pues, constituye en primer lugar un hecho sensorial,
que recibimos con el oído o la vista. La primera impresión de lo que
escuchamos nos llega con los golpes de voz, y en ese momento el
cerebro humano descodifica fonéticamente una clave que le permite
adentrarse luego en las ideas. El sonido pone la llave y abre la puerta, y
lo hace con una velocidad que supera todas las conocidas.
 “En su libro Magia caldea Lenormand, refiriéndose a una leyenda
que recuerda el mito de Orfeo escribe: En los tiempos antiguos, los
sacerdotes de On, valiéndose de sonidos, provocaban tempestades y
levantaban en el aire, para construir sus templos, piedras que mil
hombres no hubiesen podido levantar. Y Walter Owen: Las vibraciones
sonoras son fuerzas… La creación cósmica está sostenida por vibracion es
que podrían igualmente suspenderla. Esta teoría no está muy alejada de
los conceptos modernos. Mañana será fantástica: todo el mundo lo sabe.
Pero tal vez lo será doblemente el desmentir la futilidad del ayer”. 3

 3. ESCUCHAR
  ¿Alguna vez se ha sentado usted muy
silenciosamente, no con la atención fijada en algo, no haciendo un
esfuerzo para concentrarse, sino con la mente muy quieta, realmente
silenciosa? Entonces escucha todo, ¿no es así? Escucha tanto los ruidos
lejanos como los que están más próximos, y también los sonidos
inmediatos, muy cercanos a usted, lo cual significa que presta atención a
todo. La mente no está restringida a un solo canal estrecho y pequeño. Si
puede escuchar de este modo, con facilidad, sin esforzarse, hallará que
dentro de usted se produce un cambio extraordinario, un cambio que
adviene sin que ponga voluntad en ello, sin que lo pida; en ese cambio
hay gran belleza y profundidad de discernimiento.

Dejar de lado las pantallas. ¿Cómo escucha usted? Escucha con sus
proyecciones, a través de lo que proyecta, a través de sus ambiciones,
deseos, temores, ansiedades, escuchando únicamente lo que desea
escuchar, lo que será satisfactorio, lo que habrá de gratificarlo, lo que le
brindará consuelo, lo que aliviará momentáneamente su sufrimiento? Si
escucha a través de la pantalla de sus deseos, entonces escucha su
propia voz, es obvio; está escuchando sus propios deseos. Existe alguna
otra forma de escuchar no sólo lo que está diciendo, sino todo: la gritería
de las calles, el parloteo de las aves, el ruido del tranvía, el mar agitado,
la voz de nuestro marido, de nuestra esposa, de nuestros amigos, el
llanto de un bebé...? Escuchar es importante sólo cuando no estamos
proyectando nuestros propios deseos por medio de aquello que
escuchamos. Puede uno dejar de lado todas estas pantallas a través de
las que escucha, y escuchar realmente?

Más allá del ruido las palabras. El escuchar es un arte que no se
obtiene fácilmente, pero en él hay belleza y gran comprensión.
Escuchamos con distintas intensidades de nuestro ser, pero nuest ro
escuchar es siempre con una idea preconcebida o desde un punto de
vista particular. No escuchamos simplemente; se interpone siempre la
pantalla de nuestros propios pensamientos, de nuestras conclusiones, de
nuestros prejuicios [...]. Para escuchar tiene que haber quietud interna,
una atención relajada; hay que estar libre del esfuerzo de adquirir. Este
estado alerta y, no obstante, pasivo, puede escuchar lo que está más allá
de la conclusión verbal. Las palabras confunden; son sólo medios
exteriores de comunicación; pero para comunicarnos más allá del ruido de
las palabras, en el escuchar tiene que haber una pasividad alerta. Los
que aman pueden escuchar; pero es extremadamente raro encontrar a
alguien que escuche. Casi todos vamos tras de resultados, que remos
alcanzar metas; estamos siempre venciendo y conquistando; en
consecuencia, no escuchamos. Sólo cuando uno escucha, oye la canción
profunda de las palabras.
 Escuchar sin el pensamiento. No sé si alguna vez ha escuchado a un
pájaro. Escuchar algo requiere que su mente esté quieta; no con una
quietud mística, sino simplemente quietud. Yo le estoy diciendo algo; para
escucharme, usted tiene que estar quieto, no tener toda clase de ideas
zumbando en su mente. Cuando mira una flor mírela, no la nombre, no la
clasifique, no diga que pertenece a tal especie; cuando hace todo esto,
deja de mirarla. Por eso digo que escuchar es una de las cosas más
difíciles que hay: escuchar al comunista, al socialista, al diputado, al
capitalista, a cualquiera, a su esposa, a sus hijos, a su vecino, al
conductor del autobús, al pájaro... simplemente, escuchar. Sólo cuando
escucha sin la idea, sin el pensamiento, está usted directamente en
contacto; estando en contacto, sabrá si lo que él está dicie ndo es
verdadero o falso; no tendrá que discutir al respecto.

El escuchar trae consigo libertad. Cuando hacemos un esfuerzo para
escuchar, ¿estamos escuchando? Ese esfuerzo mismo, ¿no es una
distracción que impide el escuchar? Cuando usted escucha algo que le
causa deleite, ¿hace un esfuerzo? [...]. No podemos percibir la verdad, ni
ver lo falso como falso, mientras nuestra mente está ocupada, de
cualquier forma que sea, con el esfuerzo, la comparación, la justificación
o la condena [...].
El escuchar es, en sí mismo, una acción completa; el puro acto de
escuchar trae su propia libertad. Pero ¿estamos realmente interesados en
escuchar, en transformar nuestra confusión interna? Si usted escuchara...
en el sentido de estar alerta a sus conflictos y contradicciones, sin
forzarlos dentro de ningún patrón particular de pensamiento, tal vez estos
conflictos y estas contradicciones podrían cesar por completo. Vea,
estamos constantemente tratando de ser esto o aquello, de lograr un
estado especial, de capturar una clase de experiencia y de evitar otra, de
modo tal que la mente está siempre ocupada con algo; jamás está quieta
para escuchar el ruido de sus propias luchas y dificultades. Sea sencillo...
y no trate de llegar a ser alguna cosa o de capturar alguna experiencia.
 Escuchar sin esfuerzo. Ahora me está usted escuchando; no hace un
esfuerzo para prestar atención, sólo está escuchando; y si en lo que
escucha hay verdad, hallará que dentro de usted ocurre un cambio
notable, un cambio no premeditado ni ansiado; tiene lugar una
transformación, una revolución completa en la que rige sólo la verdad y
no las creaciones de su mente. Y, si me permite sugerirlo, usted debe
escuchar de esa manera todo; no sólo lo que estoy diciendo, sino también
lo que dicen otras personas, escuchar a los pájaros, el silbato de una
locomotora, el ruido del autobús que pasa. Encontrará que cuanto más lo
escucha todo, mayor es el silencio, y ese silencio no es roto, entonces,
por el ruido. Sólo cuando ofrece resistencia a algo, cuando coloca una
barrera entre usted mismo y aquello que no desea escuchar, sólo
entonces existe una lucha.

Escúchese a sí mismo. INTERLOCUTOR: Mientras estoy aquí,
escuchándolo, me parece que comprendo, pero cuando me encuentro
lejos de aquí, no comprendo, aunque trate de aplicar lo que usted ha
estado diciendo.
KRISHNAMURTI: ... Usted tiene que escucharse a sí mismo y no al
que le habla. Si escucha al que le habla, él se vuelve su líder, su método
para comprender, lo cual es un horror, una abominación, ya que así ha
establecido la jerarquía de la autoridad. Por lo tanto, lo que usted hace
aquí es escucharse a sí mismo. Está mirando el cuadro que pinta el que le
habla; ése es su propio cuadro, no el de él. Si eso está bien claro, que
usted se está mirando a sí mismo, entonces puede que diga: «Bien, me
veo tal como soy, y no quiero hacer nada al respecto», y ahí se termina la
cosa. Pero si dice: «Me veo tal como soy, y tiene que haber un cambio» ,
entonces comienza a elaborar su propia comprensión, lo cual es por
completo diferente de aplicar lo que dice el que le habla [...]. Si, en
cambio, mientras uno está hablando usted se escucha a sí mismo, gracias
a ese escuchar hay claridad, hay sensibilidad; ese escuchar hace que la
mente se sane, se fortalezca. Sin obedecer ni resistir, se torna despierta,
intensa. Únicamente un ser humano así puede dar origen a una nueva


generación, a un mundo nuevo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Color y sonido

Éste es el link para que hagas la lectura:

http://es.scribd.com/doc/22930444/Color-y-Sonido-de-Las-Palabras

miércoles, 26 de febrero de 2014

El camino de las palabras profundas.

Éste es el link para leer el capítulo sobre El camino de las palabras profundas.

http://201.147.150.252:8080/jspui/bitstream/123456789/956/2/primeras-paginas-seduccion-palabras.pdf

lunes, 17 de febrero de 2014

Dos columnas.

http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/02/68670.php
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/810/ese-fulano-quizas-usted-me-roba/

http://aristeguinoticias.com/1402/mexico/derechos-de-audiencias-no-pueden-socavar-los-derechos-de-autor-televisa/

http://aristeguinoticias.com/1302/mexico/juez-sirve-de-comparsa-a-televisa-denuncia-dish/

miércoles, 5 de febrero de 2014

Discurso y dominación



Este es el link para leer el artículo.

http://www.discursos.org/oldarticles/Discurso%20y%20dominaci%F3n.pdf 

jueves, 23 de enero de 2014

2. La lengua, arma de los imperios.
El inglés es considerado hoy la principal lengua universal, tanto por la cantidad de sus hablantes como por la variedad de ámbitos en que se emplea. El idioma de Shakespeare se ha convertido en la lengua franca del planeta, tras desplazar al francés en la diplomacia y tornarse el idioma más importante en los foros internacionales. Es lo que ha ocurrido siempre en la historia con las lenguas de los imperios; como sucedió con el idioma de Atenas en la Grecia de Pericles y con el castellano en la Conquista y el Coloniaje, por citar apenas un par de ejemplos.
La lengua como instrumento de dominación
Cuando la antigua Roma empezaba a expandirse, antes de convertirse en un imperio, la clase dominante, el patriciado, vio claramente que una de las estrategias para mantenerse en el poder era adquirir los recursos del «bien hablar», es decir, dominar la lengua culta que los distinguiera de los plebeyos y aprender el misterioso arte de la retórica, desarrollado por los griegos que permitía dominar multitudes con el discurso.
Por aquella época —estamos en el inicio del siglo I a. de C.— muchos gramáticos y retóricos griegos empezaron a desembarcar en la Península Itálica para ponerse al servicio de la clase dominante romana, ávida de conocer la retórica, un arte griego que ostentaba la fama de ser la ciencia del habla y el arte de convencer.
Los patricios romanos sabían que para mantenerse en el poder deberían dominar la técnica del discurso profesional, el que permite arrebatar las masas y llevarlas al éxtasis; creían que con ese fin necesitaban manejar con soltura los secretos del estilo y conocer en profundidad las reglas de la gramática. Eran algunos de los secretos mejor guardados del poder. En efecto, los patricios habían comprendido que deberían atesorar celosamente para sí los misterios de la lengua porque, si estos caían en manos del pueblo, sería un resorte de poder que perderían.
A comienzos del siglo I antes de Cristo, llegó a Roma el retórico y gramático Lucius Voltacilius Plotius Gallus, quien fundó una escuela de retórica al servicio de los que pudieran pagarle. Durante algún tiempo, este especialista de la palabra vivió a cuerpo de rey costa de ricos plebeyos enriquecidos que querían ofrecer una formación aristocrática a sus hijos. Pero finalmente un edicto impulsado por los aristócratas le prohibió seguir enseñando y lo obligó a cerrar la escuela. Es uno de los testimonios más antiguos que tenemos de cómo el dominio de la lengua y el poder de la elocuencia ha sido una propiedad de las clases dominantes en todas las sociedades basadas en la explotación del hombre por el hombre.
El idioma español y el poder
Mil años después de la caída del imperio romano, en agosto de 1492, cuando Cristóbal Colón estaba en el medio del Atlántico en su primer viaje hacia el Nuevo Mundo, el filólogo andaluz Antonio de Nebrija le entregó a Isabel la Católica la primera gramática del español, con la sabia advertencia de que «siempre la lengua fue compañera del imperio y, de tal manera lo siguió, que juntos crecieron florecieron y cayeron«.
Nebrija estaba hablando del imperio romano y del latín, la lengua que se extendió por casi toda Europa y el norte de África y se derrumbó con la caída de Roma, pero tanto él como la soberana ya intuían que España estaba al borde de emprender una aventura de conquista, de dominación y opresión de otros pueblos. Tenían por delante una era de explotación de tierras, gentes y riquezas como o se veía desde el tiempo de los Césares. En pocos años, los Reyes Católicos y sus sucesores crearon uno de los mayores imperios de la Historia, aniquilaron civilizaciones milenarias e impusieron a sangre y fuego la lengua de Castilla a los pueblos originarios, muchos de los cuales olvidaron incluso el habla de sus antepasados.
Dos siglos más tarde, el rey Felipe V y su corte comprendieron que la gramática de Nebrija no era suficiente: la lengua de Castilla amenazaba con disgregarse al ser hablada en tierras tan extensas de otro continente. Surgían variantes dialectales que se desarrollaban en la propia España y en las lejanas colonias, y que se distanciaban peligrosamente de la norma central. Era preciso crear una norma única, bajo el principio de autoridad, con la obligación de enseñarla en todas las escuelas de los territorios dominados por España.
Así, en 1713 el rey autorizó la creación de la Real Academia Española, con la misión de «cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana, desterrando todos los errores que, en sus vocablos, en sus modos de hablar o en la construcción ha introducido la ignorancia [...] y la demasiada libertad de innovar«. A partir de entonces, los cambios en la lengua quedarían sujetos a la decisión de una autoridad central en Madrid.
El imperio español había tomado así las riendas de una lengua que se tornaba universal y establecido una autoridad que gobernaba todos esos territorios y que era regida por la Corona.


n¿Quién era Lucius Galius y cuál su triste historia?
n¿Qué circunstancias llevaron al rey  Felipe V   a crear la RAE en 1713?
n¿Qué le dijo Antonio de Nebrija a La Reina Isabel de Castilla para persuadirla de aceptar la primera Gramática del Español?

sábado, 18 de enero de 2014

Competencias linguísticas

Lee es siguiente artículo y contesta las preguntas a mano, en una hoja para entregar. Cada respuesta debe tener por lo menos 4 líneas, en caso de no ser así será tomada como incompleta.  

¿HABLAMOS ESPAÑOL O CASTELLANO?
Hoy en México los manuales de gramática se publican generalmente referidos a la lengua española y no a la castellana. Esto sin embargo no es igualmente cierto en otros ámbitos geográficos y en otros tiempos. En algunos países sudamericanos —quizá como restos de una actitud nacionalista a ultranza— parece preferirse la denominación de castellano o lengua castellana para evitar la referencia a España. Aquí mismo en México, pero en 1900, don Rafael Ángel de la Peña, un muy buen gramático olvidado, publicó un libro importante con el título de Gramática teórica y práctica de la lengua castellana, como lo había hecho antes don Andrés Bello, entre muchos otros. Asimismo en México la designación oficial por parte de la Secretaría de Educación Pública es español, aunque no hace mucho se decía también lengua nacional. No recuerdo que se le haya nombrado, recientemente, castellano por parte de las autoridades educativas. Sin embargo en habla coloquial no es raro oír expresiones como "en México se habla muy buen castellano" o "el castellano debe enseñarse en las escuelas". En nuestra Constitución Política no se hace referencia a la lengua oficial, tal vez porque esto, por obvio, no resulta necesario. En España, por lo contrario, hace poco, en 1978, los constituyentes dejaron establecido, en el artículo tercero de la Constitución española, que "el castellano es la lengua oficial del Estado". El que tan importante documento determinara que la lengua que hablamos en más de 20 países, incluido el que se denomina España, se llame castellano y no español produjo y sigue produciendo enconadas discusiones.
De lo que no puede caber duda es de que, en sus principios, la lengua que hoy hablamos tantos millones de seres humanos no fue sino castellano pues, aunque se considera caprichosamente como fecha de "nacimiento" de nuestra lengua el año 978, cuando monjes del Monasterio de San Millán de la Cogolla anotaron, en los márgenes de algunas vidas de santos y sermones agustinos, las "traducciones" de ciertas voces y giros latinos a la lengua vulgar, que no era otra cosa que el dialecto navarro-aragonés, lo cierto es que el castellano, nacido como dialecto histórico del latín en las montañas cantábricas del norte de Burgos, en el Condado de Fernán González, lo absorbió a partir del siglo XI, igual que al leonés, y respetó sólo al catalán y al gallego. Andando el tiempo, con la alianza de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, el castellano dejará en forma definitiva de ser lengua regional y pasará a constituirse en lengua verdaderamente nacional. Será a partir de entonces cuando con toda justicia le convenga el apelativo de lengua española, lengua de España. En 1535 escribe Juan de Valdés: "La lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, el de Murcia con toda el Andaluzía y en Galizia, Asturias y Navarra; y esto aún hasta entre gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de Spaña". Esta afirmación de Valdés lleva a Rafael Lapesa, uno de los mejores historiadores de la lengua española, a escribir: "El castellano se había convertido en idioma nacional. Y el nombre de lengua española, empleado alguna vez en la Edad Media con antonomasia demasiado exclusivista entonces, tiene desde el siglo XVI absoluta justificación y se sobrepone al de lengua castellana".
Así que, a partir de entonces, el castellano pasa a ser español y no dejará de serlo, aunque cosa contraria diga la Constitución española. Es definitivamente más importante la tradición secular que la conveniencia política. Quizá pretendieron salvaguardar el discutible derecho que otras lenguas, como el catalán y el vasco , tienen de ser llamadas "españolas", como deja verse en la segunda parte del artículo citado: "Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos". En otras palabras, el catalán es, según esto, tan español como el español (como el castellano, según la Constitución española).
Estoy plenamente convencido, como muchos otros, de que la lengua que hablamos debe llamarse española porque, a las razones históricas que aduje, habría que agregar otras muchas, como las que menciona Juan Lope Blanch, en un artículo sobre este mismo tema: las instituciones culturales españolas no se refieren al castellano sino al español ("de la lengua española es la Gramática y es el Diccionario de la Real Academia Española"); la gran mayoría de nuestros gramáticos modernos la han denominado española; en otras lenguas, así se le denomina (espagnole, spagnuola, Spanish, Spanisch); el castellano, lingüísticamente hablando, hoy es sólo un dialecto de la lengua española; es decir, el español que se habla en Castilla.
Independientemente de que en España razones políticas llevaron a la equivocada decisión de cambiar el nombre de nuestra lengua, en Hispanoamérica, que no fue consultada para ello, no hay razón alguna para dejar de denominarla española, como en efecto es desde el siglo XVI la lengua que nos une.

Lengua, dinero y política.
La lengua es el instrumento del que nos servimos los seres humanos para comunicarnos y fundamentalmente para decirle al otro quiénes somos. En consecuencia, es lícito pensar que nos constituye e identifica.

En este sentido, el castellano o español —en teoría, las dos voces nombran lo mismo, aunque el empleo de una u otra forma parte de una vieja polémica entre España e Hispanoamérica, que no termina de resolverse— debería identificar a unos 500 millones de hablantes, convirtiendo a la lengua en una de las más habladas en el mundo entero. Sin embargo, mal que les pese a los miembros de la Real Academia Española y muchas de las academias hispanoamericanas que le sirven de satélites, no es uniforme, sino de múltiples realizaciones. Y si bien ninguna de éstas es mejor que la otra, hay quien se arroga el derecho de que alguna de sus variedades se imponga por sobre las demás. Como suele suceder en estos casos, la cuestión se resuelve a la fuerza, lo que es decir con una cierta voluntad política y dinero. Se trata, claro de una ilusión como tantas otras, pero su discusión es de la mayor pertinencia.

Consultada por esta revista hace exactamente un año, la crítica literaria argentina Josefina Ludmer señalaba que en los Estados Unidos se había percibido muy bien el giro que España dio en la década de 1990, que fue cuando ese país quiso convertirse en el centro exclusivo y excluyente del castellano. «Es el momento en que España invierte sumas considerables en los departamentos universitarios dedicados a los Latin American Studies y aparece el Instituto Cervantes —decía Ludmer—. Todo lo que se produce en castellano termina pasando por allí, y como ellos son los que financian, acaban siendo los que deciden qué se estudia, qué se investiga, qué circula. En esa estrategia es fundamental el papel que juega Telefónica, ligada al Cervantes». Y alertaba: «La lengua es como el agua o el aire, uno de los recursos esenciales de nuestro presente y el más estratégico con vistas al futuro. Mientras los españoles ponen el acento en este tema y los reyes van a todos los Congresos de la Lengua, en toda América Latina ni siquiera se está pensando en esto».

Apenas unos meses antes, de paso por Buenos Aires, Angeles González Sinde-Reig, la ministra de Cultura española, lo decía con todas las letras: la difusión de la lengua española en el mundo es una política de Estado para España. ¿Por qué? La respuesta, puede buscarse en uno de los documentos del Foro de Marcas Renombradas de España, en el Plan Estratégico 2006-2010 y en el Proyecto Marca España. Allí se lee: «La estrategia de imagen de España debe ser un proyecto a largo plazo, un esfuerzo sostenido en el tiempo cuya gestión y responsabilidad se sitúe por encima de la legislatura política. Debe ser un proyecto de Estado, a partir de una estrategia definida que diseñe las distintas acciones a desarrollar, tanto en el aspecto político y comercial como en el cultural.

Se ha destacado en este sentido la importancia estratégica de coordinar el esfuerzo de todas las instituciones públicas y privadas mediante un ente que tenga responsabilidad al más alto nivel, que actúe como «Guardián de la marca», con responsabilidad total y absoluta sobre estas cuestiones. En esta misma línea se ha subrayado la necesidad de actuar en el ámbito diplomático sobre las instituciones multilaterales, mediante la creación y desarrollo de lobbies específicos que representen los intereses de la marca España. La coordinación institucional de la imagen de España debe ir acompañada, además, de una estrategia común con el ámbito empresarial, y en especial, con aquellas empresas que ejercen de importantes embajadores de la marca España. La estrategia de marca España debe basarse, según se ha sugerido, en una idea dominante (como, por ejemplo, el concepto de prestigio) que pueda ser utilizada por todos los públicos objetivos de la marca España, tanto en el sector turístico, el empresarial, el cultural o el político. Pero sobre todo, debe establecerse una relación importante entre la marca España y el concepto globalizador de la lengua española, como uno de los principales atributos de la marca España».

En síntesis, el castellano es una lengua con variantes propias en cada región donde se habla. Ordenar y administrar ese uso a través de gramáticas, diccionarios y sistemas de enseñanza tiene, por cierto, un valor estratégico tanto político como económico, sobre todo cuando se calcula que es una de las lenguas con mayor crecimiento en el mundo. Los temores de Josefina Ludmer —plenamente justificados— ya alertaron a argentinos y mexicanos, quienes sin enfatizar ni en la «defensa» ni en la «promoción», buscan afirmar la propia identidad lingüística respetando las otras lenguas de la región. Dicho de otro modo, la Argentina y México no plantean una versión propia del Instituto Cervantes, sino otra propuesta, otra idea, otras metas. Así, se trata de dos modelos enfrentados que, con distintos recursos, plantean una lucha en las que todos los hablantes, sabiéndolo o no, intervenimos diariamente.

Quizás a la luz de estas cuestiones resulte entonces oportuno pensar de quién es el castellano y de qué manera, conjuntamente, podría administrarse mejor, pregunta que Ñ le ha formulado a filólogos, lingüistas, académicos, traductores y escritores de varias de las provincias de la lengua castellana a uno y otro lado del mar.


1. ¿Qué argumentos da el autor para defender el nombre de Español para el idioma que hablamos en hispanoamérica?

2. ¿Por qué los mexicanos no sentimos tanto apego a la lengua española y sí por ejemplo a la religión española?

3. ¿Qué podría hacerse a nivel escolar para que los mexicanos conozcan más su idioma y lo aprendan?

     4. ¿Crees que es verdad que la lengua nos constituye e identifica? ¿por qué?
     
     5. ¿Crees que el instituto Cervantes, que promociona el español represente también los intereses del  español mexicano? ¿por qué?

     6.  ¿De quién es el castellano? ¿por qué?