jueves, 31 de mayo de 2012

Artículos de opinión


Adios Manolo. 
Arturo Pérez Reverte.

 De compras. Me atiende una señora con acento eslavo, de un metro ochenta de estatura a ojo de buen cubero, con el pelo rubio y los ojos claros. De ésas que dan miedo. O casi. Hechos los trámites, llama a dos empleados, y éstos se ocupan del resto de la operación. Uno es un rumano eficiente que se ocupa de mí con diligencia, y hablando un español casi perfecto, me advierte: «Cuidado con esta pieza, que es muy jodida y se suelta». Lo de muy jodida lo ha dicho con el desparpajo y la naturalidad de quien le tiene tomado el punto a la pieza que se suelta y al habla de Cervantes. Integrado total. El otro empleado es un joven azteca, o maya, o lo que sea. Uno de allí, con un magnífico pelo negro, la piel cobriza y unos ojos oscuros e inteligentes. También son ojos orgullosos.

Hace un momento, mientras brujuleaba por la tienda, tuve ocasión de presenciar una escena de ese mismo joven con un cliente ligeramente estúpido, y de advertir la mirada que le dirigió el indio cuando al otro se le fue un poco la mano en el trato. Si te llego a pillar en Tenochtitlán aquella noche -decía elocuente esa mirada- me hago un llavero con tus pelotas. Incluso si te encuentro un sábado por la noche, de copas, igual me lo hago. Huevón. El caso es que salgo de la tienda satisfecho, porque además de eficientes son gente amable, que sabe lo que importa un cliente en estos tiempos. En la puerta me paro a dejar pasar a tres niños que vienen del cole con mochilas a la espalda, hablando de sus cosas. Deben de andar por los ocho o diez años. Dos son chinos totales, y uno de ellos lleva una felpa -detesto discúlpenme, la sucia palabra sudadera- del Real Madrid y les está diciendo a los otros algo que acaba con la frase «os lo juro, tíos». Me lo quedo mirando con media sonrisa en la boca y la otra media en la tienda de la que acabo de salir, y me digo: ahí los tienes, chaval. En los últimos veinte minutos has visto a seis personas, y sólo los padres de dos nacieron aquí. Y acaba de pasar un chino de Lavapiés, hincha del Madrid, con un acento castizo que te vas de vareta. Ésta es la España que hay, concluyo. Y la que viene. La que va siendo. Y a lo mejor por ahí nos salvamos, al final. O se salvan nuestros descendientes.

Cuando pasen los tiempos de la purga, de la penitencia por lo que fuimos y aún somos, y nuestra mala simiente ancestral se diluya por fin en la genética, y otra generación de españoles diferentes nos borre del mapa.Camino detrás de los tres críos, observándolos mientras pienso en todo eso. En que dentro de unos años, sus nietos se mezclarán con los de la bolchevique rubia de la tienda, del americano de ojos orgullosos e inteligentes, del rumano que sabe que las piezas son jodidas y se sueltan. Y de esos fascinantes cruces de caminos del azar y la vida, saldrán españoles nuevos: jóvenes gloriosamente mestizos, con la mirada orgullosa del indio en unos ojos rasgados y asiáticos que tengan el color claro de la ucraniana de la tienda y la inteligencia del rumano de eficaz parla cervantina, aliñados tal vez con el valor desesperado del africano que se jugó la vida a bordo de una patera. Españoles felizmente distintos, nuevos, mezclados entre sí, que rompan nuestra estúpida inercia para generar, como ocurre en los buenos mestizajes, hombres y mujeres más atractivos, imaginativos e inteligentes. Sobre todo, cada vez más lejos de los fantasmas y odios viscerales que emponzoñan este lóbrego patio de vecinos llamado España. Gente distinta, a cuya sangre mezclada y renovada importen un carajo las secuelas no resueltas de las guerras carlistas, la guerra del Segador, los mártires de la Cruzada, los fusilados del franquismo, el fuero de los Monegros, el Estatut de Úbeda y toda nuestra larga enfermedad histórica. Nuestra puerca estirpe de insolidaridad, vileza y mala leche.

Nacerán así españoles nuevos, prácticos, que se rían en la cara de los sinvergüenzas que ofrecen euros a cincuenta céntimos, esqueletos de armario, errehaches y endogamias catetas. Que se vayan a la cama juntos, se preñen unos a otros y nos preñen a todos tantas veces como haga falta, hasta que lo importante, lo necesario, se dibujen con nitidez en la retina de nuestra estirpe. Hasta que nazca, al fin, un español que busque el futuro en vez de la manera de hacerle la puñeta al vecino, o vengar a su abuelo. Puestos a ser analfabetos -eso ya parece irremediable-, seamos al menos analfabetos guapos, con ojos verdes, ritmo africano y latino en las venas, andares de mulata hermosa, aplomo de eslavos tenaces, coraje de sangre moruna. Y al tradicional Manolo moreno, bajito, limitado, fanático de las fiestas de su pueblo, de la efigie del santo patrón y de la última y puta guerra civil, que le vayan dando.


El escabroso divorcio 
Guillermo Fadanelli. 

No es por intrigar pero Paulina Rubio está atravesando un episodio de frustración, debido al escabroso divorcio del que no se puede librar, aún… Es triste que después de una relación los cónyuges se ataquen a través de sus propios hijos. El juez ordenó que Andrea Nicolás (primogénito de la pareja), no podría abandonar EU, hasta que el trámite de finalización conyugal, de sus padres, concluyera. Nicolás Colate Vallejo-Nágera solicitó un permiso de “emergencia” para desafiar la instrucción y llevarlo a España. Fue denegado. Igual que cuando Paulina quiso llevarlo a México y le retiraron el pasaporte en el aeropuerto.

La situación es tan tensa entre ellos que, cuentan, la señora Susana Dosamantes quiso intervenir. Cuentan que la actriz se entrevistó con Colate, en un hotel de Miami, para calmar las aguas, pues el español requirió la custodia definitiva de Andrea, argumentando que Pau está imposibilitada de atenderlo adecuadamente.

Esto como una estrategia legal para presionar y obtener sus pretensiones económicas con la disolución oficial del matrimonio. La señora Dosamantes no salió optimista de la reunión, pues “el playboy” de España está encolerizado. Empleados el sitio de la “confidencial” junta, vieron salir a Susana llorosa y taciturna. Es increíble que además del dineral que solicita Colate, por concepto de indemnización y manutención, además se dé el lujo de querer criar a un menor de edad, cuando él mismo no se puede cuidar solo y hasta la licencia le han retirado, por conducir en estado etílico, en Florida. Es poco sensible tener pretensiones paternales fingidas, cuando el caballero trasnocha y coquetea con distintas damas continuamente, sin ningún empacho. Evidentemente, Pau, argumentan sus cercanos, está deprimida, pero concentrada en trabajar en su carrera. Otros aseguran que ella también tiene varios pretendientes rondando. Esta guerra comienza y tal vez no concluya hasta que no se deje de forcejear con la “cartera dorada”.

En 2002 Laura Zapata contrato al arquitecto Daniel San Martín Martínez para que le remodelara una casa, en el rumbo de Huixquilucan. En el medio, la actriz, se va de gira y luego sufre su sonado secuestro. El arquitecto desmantela la propiedad, pensando que no lo descubrirían, pero Laura regresa descubre la fechoría y lo demanda. El trámite dura una eternidad, pero ella no desiste y gana. El señor San Martín, o paga los miles de dólares adeudados, o tendrá que purgar condena de cárcel. Comenzó el jaloneo de galanes para Aracely Arámbula en la nueva versión de La Dueña, que bajo el título de La Patrona, que la cadena Telemundo grabará, a partir de julio. Primero se habló de Fernando Colunga, pero Televisa no lo quiso prestar. Luego se la ofrecieron a William Levy y tampoco prosperó. Ahora van sobre Mario Cimarro o Sebastián Rulli con quien, La Chule vive su nuevo “secreto de amor” en la vida real. El problema no es de presupuesto, sino de disponibilidad y autorizaciones de permuta contractual, con actores exclusivos de la televisora. Aracely quiere a Rulli (para la novela) y Rulli se deja querer. Veremos en qué terminan las contrataciones millonarias.

SEMANA PASADA: ¿Nombre de quien será protagonista de la nueva versión de Amor en custodia, producida por Nicandro Díaz?

RESPUESTA: Eiza González.

PREGUNTA DE LA SEMANA: ¿Nombre del show man, quien está resultando el “peleado” por varias televisoras, para ocupar los espacios de comedia, durante la cobertura de las venideras Olimpiadas de Londres?

 ¿A qué debo el horror? 
Xavier Velasco 

Ser mujer en la Franja de Gaza es vivir acechada por el deshonor: un monstruo más temible que la muerte. Hay palabras pesadas de por sí, cuya mera mención en términos formales enrarece el ambiente. O será que a unos cuantos así nos lo parece, cuando el grave vocablo flota ya en el aire y nos invade una incomodidad entre intimidatoria y bochornosa, pues tememos que entrar en la clave solemne nos hará ver ridículos e impostados. Algo así me sucede con la palabra honor.

Como no sirva para un buen sarcasmo, el honor tiene un aire ceremonioso que nos instala en otro nivel de gravedad, donde cuanto se dice lleva su propio eco retumbante. A todo esto, ninguno coincidimos en el significado de una palabra así de subjetiva, pero en casos como estos es lo que se pretende. Hay palabras que amafian, y de pronto ésta es de ésas. Abundan quienes citan al honor con las más constructivas intenciones, mas para sopesarlo en su justa medida basta con acudir a su siniestro antónimo. Pues donde no hay honor, hay deshonor: término incomparablemente rico en tonelaje. Si los pollos de granja matan a picotazos a sus iguales nada más porque tienen las plumas oscuras, algo no muy distinto se urgen a realizar quienes asisten al morboso espectáculo del deshonor. Que puede ser cualquiera, si tomamos en cuenta el variopinto espectro de deshonores a la disposición de todos los paletos de este mundo.

No sabe uno gran cosa del tema del honor, pero ya entiende que se transforma en horror cada vez que lo llevan a la lavandería. “Crimen de honor”, llama el código penal en la Franja de Gaza al acto por el cual se lava una vergüenza familiar. Importa poco al juez si es un asesinato despiadado, toda vez que el honor está por delante. Si una mujer es vista por otro hombre distinto a su marido, no sólo éste sino sus demás familiares pueden asesinarla y acogerse después a ese atenuante para estar unos meses en la cárcel (tres años, cuando más) y volver a las calles con la satisfacción del deber cumplido. Esto último ahora lo sabemos en virtud de la historia recentísima de una mujer de Gaza —“K.K.”, la llama Ana Carbajosa en su escalofriante reportaje para El País— que a los 22 años fue sorprendida por la polícía en compañía de un hombre que no era su primo y marido. Una vez liberada, la mujer regresó a su casa, donde el tío (¿y suegro, quizás?) la obligó a beber de un herbicida hasta hacerla perder la conciencia, tras lo cual la llevó a un hospital, donde arguyó un intento de suicidio. Varias horas más tarde, nada más enterarse de que la envenenada mejoraba, el tío amenazó a doctor y enfermera con una pistola, introdujo el cañón entre los dientes de su sobrina y disparó sin más contemplación.

Para colmo de horrores, cuenta Ana Carbajosa desde Jan Yunis —no exactamente la zona más liberal de Gaza— que en un principio, tras el asesinato, la familia entregó, en lugar del tío, a un hermano enfermo mental para que le imputasen el homicidio. Vista cínicamente, la maniobra implicaba matar un nuevo pájaro con la misma pedrada. Es decir, sacudirse de una segunda vergüenza familiar, sabrá el demonio qué tan estorbosa en un medio propenso al estigma donde la muerte misma no es peor que el deshonor y ser mujer o enfermo mental es vivir al capricho del complejo imperante. A menudo se nos hace partícipes de lo difícil que ha sido la vida para los honorables pobladores de Gaza desde que viven presos del bloqueo israelí, pero si ya parece complicado meterse en los zapatos del palestino que sobrevive al fuego cruzado entre fanáticos de uno y otro signo, habría que ver quién osa imaginar el infierno que es ser mujer en esas latitudes, y por tanto fatal depositaria y lado flaco del honor familiar: sospechosa de origen y llegado el momento culpable por default. ¿Mas qué puede esperarse del honor, con sus modos pomposos y su moral dos caras y esa manía esdrújula de poner los acentos sobre los abstractos sólo para embriagarnos de su resonancia, sino que se comporte como el gañán mafioso que siempre ha sido, nada más siente el peso del complejo? Por eso me incomoda que lo traigan a cuento, si como acto reflejo tiendo a sacarme algún sarcasmo de la manga y eso irrita la carne siempre viva de sus acólitos. Me gustaría saber, ante tantos honores atentos y rampantes, quién me vende cien gramos de deshorror.

lunes, 28 de mayo de 2012

Ejercicio de corrección ortográfica


Frente a la insurrección juvenil el conjunto de factores de poder que hoy postulan a Enrique Peña Nieto como candidato a la presidencia de la República tiene dos caminos historicamente muy confirmados: la mediatizacion y la represion. O la experta conjunción de ambos. El estallido de la violencia discursiva se dio en la Universidad Iberoamericana, al final de una sesion que hubiera tenido trascendencia menor, de no haber sido por la fanfarronería diazordacista con que Peña Nieto se asumio como orgulloso responsable de lo sucedido en San Salvador Atenco cuando gobernaba el estado de México. Allí comenzo el incendio, que fue continuado por las torpes declaraciones mimeticas de sus subordinados, sobre todo en el caso de Pedro Joaquin Coldwell, presidente nacional del PRI. Luego vinieron las incursiones de violencia fisica en lugares gobernados por priístas con iniciativa, hasta llegar a esta situacion, en que la ruta de proselitismo con presencia fisica de Peña Nieto esta siendo invariablemente acompañada de protestas publicas masivas de ciudadanos, basicamente jovenes estudiantes, que en tonos encendidos le reprochan sus aires autoritarios, su relación dependiente y adulterada con los medios televisivos (en particular, con Televisa) y el daño que causaria al pais si fuera instalado en la presidencia. Estas son solo algunas de sus demandas. El camino de la mediatización ha sido iniciado por Televisa, al acoger esta cadena, en su seno informativo segmentos seleccionados de la protesta estudiantil para instalar el modelo aceptable, el de los jovenes buenos que no se deben prestar a manipulaciones ni partidismo. Si el movimiento 132 se separa de ese esquema habra de ser denunciado y satanizado, sobre todo si en este, entrando en acción la otra vertiente, la de la provocación y la violencia, se producen las escenas ideales para la descalificación televisiva. En estas horas recientes, la posibilidad del enfrentamiento fisico masivo ha estado presente en varias ciudades. No solamente en Queretaro, donde una camioneta fue usada como señuelo por la escolta del priísta para hacer que en ella se desataran enojos genuinos o inducidos. La multiplicación de las marchas y la manifestacion directa en el entorno de los actos de Peña Nieto son actos proporcionalmente muy inferiores a los agravios cometidos durante décadas por el sistema político y su brazo mediático armado, sin embargo estos no pueden ser aplicados con la impunidad que se aplicaban en 1970. Esa es la vocación del puño cerrado que puede darse en respuesta al descontrol generado por los jóvenes manifestantes y también por hechos que van conformando escenarios de desestabilizacion.

miércoles, 23 de mayo de 2012

No tengo ningún miedo literario


Este es el link para que leas la entrevista a Carlos Fuentes: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/05/14/actualidad/1336991040_045502.html

lunes, 21 de mayo de 2012

Apuntes para una definición de posmodernidad


Éste es el link para leer el texto:
http://books.google.com.mx/books?id=I8KCSggT-HoC&printsec=frontcover&dq=apuntes+para+una+definici%C3%B3n+de+modernidad&hl=es&sa=X&ei=VYC6T5LQGbCHsALLk4WLDA&ved=0CDQQ6AEwAA#v=onepage&q=apuntes%20para%20una%20definici%C3%B3n%20de%20modernidad&f=false

Éste es el link para ver la película: http://www.divxonline.info/pelicula-divx/7290/Agora-2009/

domingo, 22 de abril de 2012

El transformismo televisivo o la crisis de lo real.


La televisión es, hoy día, al margen de su valoración moral como producto comercial (“telebasura”), un discurso simbólicamente denso, que recoge obsesiones y representaciones flotantes; como tal, es un reflejo de la realidad social –pero no fiel sino más bien deformado y a veces engañoso– que nos informa, aunque sea subliminalmente, sobre los cambios en la sensibilidad colectiva y revela unos cambios profundos en el estatus de lo real Espacio de condensación del imaginario social, la televisión funciona como lugar de identificación primaria, de tipo indicial, emotivo –espacio de lo hipervisible (Imbert, 2003)– pero también de proyección de pulsiones “inconfesables” –espacio de visibilización de lo invisible–, donde confluyen dudas, contradicciones, que se resuelven en permanentes tensiones entre pulsiones contrarias; por eso lo he calificado de espacio ambivalente, que se mueve continuamente entre lo eufórico y lo disfórico, entre la realidad y la ficción. Pero es un discurso estéticamente pobre, aunque aquí también se desenvuelve en la ambivalencia –la coexistencia de formas, formatos muy diferentes, a veces opuestos o caracterizados por su hibridación– que sufre, en todo caso, una mutación de sus formas narrativas, con una hibridación de géneros y la aparición de nuevos formatos. Ahí están los reality shows, talk shows y concursos de nueva generación, y la emergencia de un tipo de realidad que se sitúa a mitad de camino entre el documento sociológico y el relato de ficción. Dichos formatos son los que más recogen todos estos cambios de contenido y de forma, con una interrelación estrecha entre ambos niveles. También padece una evolución de las formas comunicativas, con la promoción de un nuevo “sujeto televisivo”, la modificación del contrato comunicativo que une espectador y medio –el espectador elevado a categoría de actor, protagonista del “juego” televisivo– y la aparición de una nueva forma de realidad: la “telerrealidad”. I. Lo informe como nueva forma de realidad La realidad televisiva que muestra la neo-televisión no se corresponde con una imagen estable de la realidad, sino que se caracteriza por la irrupción de contenidos inauditos, que buscan el impacto, son factor de desequilibrio, con un desplazamiento de los límites de lo representable (sobre todo en torno a referentes fuertes como son el sexo, la violencia, la muerte); se define también por la turbulencia de las formas, por su inestabilidad. De ahí su capacidad de mutación, de transformarse radicalmente, de crear realidad ex nihilo. Seguramente esta inestabilidad de las formas remite a una incertidumbre profunda en cuanto a los contenidos (que es la incertidumbre misma que pesa sobre el presente, la hipoteca que recae sobre el futuro en la cultura postmoderna). La “crisis de lo real” tiene sin duda que ver con el ocaso de las ideologías, el “fin de la historia” que pregonan algunos, por lo menos en términos imaginarios. La fragmentación postmoderna es fruto de estas fisuras en las grandes representaciones colectivas, de la pérdida de unidad en la visión del mundo por una parte: pérdida de la continuidad en la representación de la historia (el no-future de los años 70), pero también en los discursos, en el relato en particular (con relatos cada vez más polifocalizados, correspondientes a modelos dialógicos, de multivocalidad). De ahí el cariz serial, recurrente y a menudo redundante, de la realidad ofrecida por la televisión: lo mismo pero continuamente trans-formado, maquillado, travestido: es lo que llamaré el transformismo televisivo… ¿De dónde procede esta capacidad de producción de la realidad patente, por ejemplo, en los programas tipo “Gran hermano”? Es achacable a su carácter informe (o amorfo): la ausencia de formas narrativas pre-establecidas; se deriva de una desestabilización de las formas que favorece una polivalencia de las mismas, el que las fronteras entre géneros ya no sea tan nítida y que surjan otras formas narrativas de manera “espontánea”, que no obedecen a ningún esquema previo, que reflejan una forma de cotidianidad propia del medio. Lo informe está relacionado, pues, con esta trans-formación del medio (estos cambios de forma): - La tendencia a la redundancia, estética de “lo mismo” -como la he llamado- o efecto de redoble, que se complace en la repetición, la hipervisibilidad, conforme a un modelo de la serialidad: la serie como modelo de representación de la realidad, puesta en perspectiva de la narración, de acuerdo con un modelo abierto, que puede evolucionar, morfológicamente hablando, sobre la marcha. - La reflexividad, con una inclinación hacia la auto-referencia, el pastiche, la parodia, patente también en la afición a la imitación (humoristas), al travestismo (el disfrazarse de mujer, tan de moda últimamente), la inclinación a la cita y a la auto-cita (el zapping: la televisión que se mira a sí misma). - La creación de una realidad sui generis, creación del propio medio, que se “autonomiza” de la realidad objetiva y se impone como referente, constitutivo de una verdadera actualidad (la actualidad rosa) que rivaliza con la actualidad seria y da pie a un metadiscurso (comentarios, cotilleo). Lo informe es, desde esta perspectiva, un jugar con las formas, no sólo hibridándolas, sino también rebotando sobre ellas, retomándolas en forma de pastiche, reelaborándolas. Es por otra parte un quedarse en ellas, explorando las superficies, aunque se pretenda bucear en las profundidades del alma humana. Es un detenerse en la forma-ver: una forma de voyeurismo, de “morbo”, como se dice (¿qué es el morbo sino un recrearse en el ver?, cuanto más prohibido, mejor). Simulación, al modo del reality show, imitación, reelaboración son otras tantas maneras de jugar con la realidad misma: con su producción y su trans-formación, la transformación de la realidad en su doble… II. La transformación de los modelos narrativos Si tienen tanto éxito los números de “imitadores”, si domina tanto el transformismo, como forma de expresar la realidad, si se multiplican los programas de “telerrealidad” y de zapping, es a la luz de esta simulación de realidad. La televisión, omnipotente “máquina de visión”, es un descomunal instrumento de fabricación de realidad, pero no tanto de una realidad referencial –que funciona mediante imitación de la realidad objetiva (la de la información, del ámbito de lo reproductivo, del orden de lo mimético)–, sino una realidad del orden del simulacro, de tipo cibernético, del ámbito de la reconstrucción experimental (como se habla de experimento de laboratorio, de simulación de vuelo o reconstrucción al modo policial). Todo cuanto ocurre en la “telerrrealidad” es de ese orden: la reconstrucción de los hechos a la manera del reality show de primera generación, la creación de una intimidad fabricada por los programas “de realidad” tipo “Gran hermano”, la ilusión de cotidianidad en las sitcoms, la producción de un espacio artificial en los juegos-concursos, muy notable en los de supervivencia, a mitad de camino entre espacio geográfico –con su exotismo– y espacio mítico con un envite simbólico, casi metafísico –el evitar metafóricamente la muerte, el jugar con el accidente– o simplemente mágico (la conquista del objeto mágico). En estos programas, la “realidad” es producida –temática y formalmente– por el medio, objeto de manipulación: definida por las reglas del juego y constantemente posguionizada por los productores del programa. Manipulación, en el sentido de la semiótica, es un “hacer-hacer”, la manifestación de un “destinador” (Greimas) que “orienta” el relato. Es una realidad del orden de lo narrativo, pero no un relato convencional, de tipo realista, sino un relato postmoderno, al estilo de un juego de rol, que se modifica sobre la marcha y permite una interacción, que proyecta al espectador-jugador dentro del juego. Hay una informalidad narrativa –de contenidos y formas– que es una de las claves de la fascinación que ejerce la “telerrealidad” y que está vinculada con varios factores: 1) La ausencia de “direccionalidad” y linealidad (por lo menos aparente), debido a la falta de esquema narrativa previo, dando la ilusión, en los reality shows de segunda generación (Big Brother y secuelas), de que la “historia” se desarrolla naturalmente, por sí sola, de que “esto es la vida”, como decía (¿ingenuamente?) Mercedes Milá en la primera versión de “Gran hermano”, de que es un fragmento de cotidianidad. Funda el primer mito de la neo-televisión: el de la transparencia. 2) La hibridación total en cuanto a géneros: estos programas toman prestado de géneros que no tienen nada que ver entre sí, oscilando entre dos polos extremos: lo informativo-documental y lo ficticio-narrativo. No es una ficción creada ex profeso, producto de la imaginación de un creador único; es una ficción engendrada por el propio medio, reflejo del imaginario social: de las obsesiones colectivas, de la pulsión escópica que nos lleva a adentrarnos cada vez más en lo invisible, a saltarnos todas las reglas sociales (el recato, el pudor). Es una realidad anónima: que no tiene nombre (indefinida), cuyos héroes son gente común, no famosos, y que no es producto de un autor particular sino que la televisión misma se erige en autor, auctoritas, instancia garante de la realidad del mundo. 3) La informalidad temporal: la naturaleza atemporal de estos programas, que se desenvuelven en un tiempo no delimitado y la capacidad que tienen también de durar indefinidamente, de poder regenerarse, creando así una ilusión de cotidianidad. Es el segundo mito de la neo-televisión: la cercanía. 4) Por fin, la impresión de interactividad: de que el espectador participa en esta elaboración/creación, con una confusión de las instancias espectador-autor (el espectador erigido en juez de la historia –autor por delegación– mediante votaciones, llamadas telefónicas o vía Internet), con el subsiguiente emborronamiento del acto de recepción-percepción, la ilusión de que estamos “dentro” de esta realidad, de que no hay mediación, dándonos la ilusión de actuar sobre la realidad como demiurgos. Es el tercer mito de la neo-televisión: el de la participación. III. La imitación o la duplicación de lo real Frente a la enorme insatisfacción producida por la realidad objetiva –la de la información, la del discurso político– el medio televisivo ofrece sus alternativas formales de realidad: la duplicación es una de ellas, como una forma de redoblar la realidad y, al mismo tiempo, de distanciarse de ella, de protegerse contra las agresiones del entorno público. No se trata, sin embargo, de rechazar lo real, sino de crear un referente interno, propio del medio –ahí está la “telerrealidad”–, «no para negarse a percibir lo real, escribe Clément Rosset (1976), sino para desdoblarlo». Cuando lo real estorba, se le pone aparte, en una «respuesta a mitad de camino entre la aceptación y el rechazo rotundo: que no dice ni sí ni no a la cosa percibida, o más bien se le dice a la vez sí y no», sigue este autor. Así es como había analizado la primera versión de “Gran hermano”: ni realidad auténticamente verdadera ni relato del todo ficticio, sino… todo lo contrario (Imbert, 2001). Sin la representación, sin su reflejo, en forma de espejo, el original se difumina, el objeto se extingue o empobrece, deja paso a la muerte, que no es sino la muerte del referente. La repetición colma el vacío dejado por la carencia de un presente pleno: «La repetición –dice Derrida– como ausencia sin fin de cualquier presente verdadero». Es interesante la tesis del filósofo Clément Rosset al respecto, ese “ver doble” al que conduce el desgaste de lo real y de su representación, esa obsesión por el doble porque sola la realidad no existe, necesita ser refractada, duplicada; solo, el sujeto no existe, necesita ser reflejado; de ahí esa función especular que cumple el medio, más allá de lo espectacular. Como he analizado en El zoo visual (2003), el sujeto televisivo es un sujeto desdoblado y la neo-televisión opera este pasaje de lo espectacular a lo especular. Ahí están las diferentes maneras de “contestar” a lo real: la duplicación de lo real en los guiñoles; la imitación humorística de la realidad en los programas de entretenimiento; el cotilleo, la “información” rosa como “otra” realidad en los talk shows; la repetición de las tomas como recurso técnico-narrativo de rebote sobre lo mismo, que le da otro sentido a la realidad mostrada: que transforma, por ejemplo, en los programas de vídeos domésticos, lo trágico en cómico o que incide en una visión accidental de la realidad con la repetición de las jugadas violentas en el fútbol; o el mimetismo con los famosos en los números de imitación con su efecto redundante, de realce de las “pequeñas diferencias” con la realidad (Carlos Latre en “Crónicas marcianas”). La imitación es rebote sobre lo real, lo toma como pre-texto; es duplicación de realidad, es decir, un rivalizar con la realidad, un competir con ella para de alguna manera superarla, captar/desviar la atención hacia el “teatro de lo real”. La espectacularización de la realidad operada en el reality show se inscribe en esta lógica de la simulación, de la reconstitución, basada en el déplacement, creando una ilusión de realidad; como en el universo onírico, la ilusión parte de un no querer-ver una realidad (mediante su invisibilización) para hipervisibilizar otra que compite con ella. Es una forma de negociación: más que denegación, es una transformación de la realidad, un corte con lo real para recrearse en su doble. La agresión emana de la realidad misma: es “lo real” lo que amenaza el sujeto (González Requena, 1988). Lo real molesta, causa mal-estar, por lo que se desplaza el umbral de tolerancia de lo real: el sujeto televisivo es un sujeto fragilizado, continuamente protegido ante la amenaza “exterior” y la televisión es cada vez menos la “ventana al mundo” que fue hace unas décadas, y más una protección contra el mundo mediante la generación/simulación de otros mundos posibles del orden de lo virtual. Pero estos mundos no son ni los de la Utopía ni tampoco la ficción pura; son mundos empapados en la realidad sociológica pero que, como sistemas narrativos, son de otro orden. La caricatura obedece a la misma lógica, facilita el descubrimiento de la “otra cara” de la realidad –su cara oculta, o perdida, su “parte maldita” incluso– «ayudándonos –como escribe Maffesoli (2002)– a entender que si el individuo puede ser reducido a la unidad, la persona, en cambio, no puede serlo». Pero es, al mismo tiempo, una manera de protegerse contra la otredad y, mediante la teatralización, de objetivar –cuando no exorcizar– el miedo a lo otro. Es la paradoja del doble: es “él” y, a la par, “otro”; por ello es a menudo más fascinante que el original. Todo esto produce una “puesta a distancia” de la realidad, que se ve cuestionada, desalojada por su doble, como desplazada mediante una transformación lúdica, como ocurre con la utilización de la cámara oculta. Es lo que ocurre en la “telerrealidad” donde los “programas de realidad” tipo “Gran hermano” llegan a crear una realidad sui referencial que ya no tiene nada que envidiar a la realidad exterior y se sustituye a ella, alimentando una especie de actualidad paralela que nutre las conversaciones del día siguiente. También pasa, en grado menor, con las sitcoms (comedias de situación) en las que se pretende ser, en un alarde de hiperrealismo, “más real que lo real”, creando “signos de realidad” (Barthes), que eclipsan la realidad objetiva, que sirven a su vez de modelo de realidad, inspirando modas, comportamientos, formas de hablar… Inclusive la importancia dada a los sucesos, en las noticias de actualidad (seria y rosa), en los reality shows, constituye, mediante una atención a lo “minúsculo”, una protección contra los hechos mayúsculos –el acontecimiento como amenaza que pesa sobre lo real– y los pequeños accidentes inmunizan, de alguna manera, contra la catástrofe, la amenaza del accidente irreversible. «Los sucesos recogidos en la ‘prensa sensacionalista’ –escribe Michel Baglin (1998) al respecto– si sacan su materia prima de la realidad, también protegen de ella al lector. Su uso social es precisamente transmitirle que el yo no es otro y que ese rostro angustiante y trágico del mundo no le afecta realmente, no es sino espectáculo, para darle más picante a lo cotidiano. Esto sólo les ocurre a los demás, se dice uno, para convencerse de que sigue en el ruedo. Pero no se cree del todo en ello y los sucesos llegan a ser una pantalla más». El zapping, por fin, es otra manera de rebotar sobre la realidad y de eludirla, ya no desde el referente sino desde la recepción del mensaje y su posterior reelaboración al modo de la cita, del collage: el fragmento (la cita) se erige en programa y crea su propio referente, que no es sino la televisión misma. Con esto la realidad demuestra su inestabilidad: la imitación revela la capacidad que tiene el significante de cambiar de referente, pudiendo ser el mismo actor el intérprete de diferentes personajes y papeles (realidades). También queda al descubierto su relatividad: en esta carrera de la imitación, el doble puede valer tanto como el original, o más incluso. En Estados Unidos, por ejemplo, las campañas son más seguidas a través de los late shows y programas de humor que a través de los programas de debate propiamente político, que tampoco abundan mucho... Es más, se ha desgastado el original, de tanto (re)producirse en el espacio mediático. Hoy la copia vale tanto como el original (Verdú, 2003) y los imitadores revivifican los modelos, vuelven más “humanos” a los famosos, los desmitifican en los programas de cotilleo, devolviéndoles su condición de (tristemente) humanos, devorados por las pasiones más triviales. IV. La de-formación: el efecto distorsionante En el pastiche (la imitación de un estilo de la mano de los humoristas) o la caricatura (la sátira, con fines cómicos como en “Las noticias del Guiñol”) se llega a un grado más de distanciamiento. Con los imitadores travestís, se produce una hipertrofia de la transformación, una forma de “duplicación transformada”, que establece una doble distancia: la del humor y la del disfraz, amén de un juego con el rol sexual, que nos sitúa en un código basado en el exceso, la saturación, rayano en lo grotesco. Hay, en estas exageraciones –y en otras, propiamente neo-barrocas– un efecto de distorsión que traduce una degeneración deliberada de las formas representativas: tanto narrativas como estéticas y comunicativas. «Por barroco –escribe Calabrese (1987)– entenderemos, en cambio, las ‘categorizaciones’ que ‘excitan’ fuertemente el orden del sistema y lo desestabilizan, por alguna parte, lo someten a turbulencias y fluctuaciones y lo suspenden en cuanto a la capacidad de decisión de los valores». Esta fluctuación afecta tanto a los géneros (con la subsiguiente hibridación de géneros y formatos) como a los códigos, con una tendencia a mezclar registros: el drama con la comedia (la “dramedia”), la tragedia con lo cómico (lo tragicómico). Sin duda hay aquí una inclinación a la exageración, a la saturación –una inflación de formas– propia de una nueva sensibilidad, una tendencia, partiendo de formas, géneros y formatos estándar, a producir “formas informes”, que dan lugar a todas las transformaciones. La de-formación es una de ellas: lo deforme en sentido literal, físico, como la presencia del enano Galindo en “Crónicas marcianas” –un “marciano” más dentro de esta galería de personajes extravagantes–, o los polémicos enanos introducidos por Kilo Legard en su programa “Un, dos, tres”. Pero la deformación es también, en sentido figurado, una tendencia a la exageración de rasgos, a la caricaturización de la realidad y de los sujetos. “Crónicas marcianas” está íntegramente basada en esta deformación de rasgos, extendida además al lenguaje, con la utilización teatralizada del insulto: Matamoros es excesivamente malo, cínico, demoledor de los demás, en especial a través de sus defectos físicos; Boris es supergay, locamente loca, hiperteatral, barroco en su lenguaje; Galindo consciente y deliberadamente circense; Carmen Hornilla, además de malísima –mala por antonomasia–, tiene un aspecto físicamente desagradable, es odiada por todos, sabe hacer daño por donde más duele, etc. ¿Dónde reside la gracia, entonces? Ciertamente no en su aspecto agraciado, sino en su des-gracia, el que se sitúen al límite de lo humano, en su aspecto casi irreal, aunque con constantes referencias a la realidad “social” (la actualidad rosa), en un jugar a ser malos, hasta la monstruosidad. El conde Lequío sería, dentro de esta tipología de lo deforme, una especie de prototipo de la frialdad, de la sistemática descalificación del otro. Las sucesivas conductoras del programa “El rival más débil” son unos monstruos de sadismo calculado, excelsas en el arte de la humillación, de la degradación. Se sitúan todos más allá del modelo, son casi “superreales”. Los objetos tratados en muchos programas derivados de la “telerrealidad” tampoco escapan a este tremendismo: desde los asuntos de incesto, sadismo, violencia doméstica, crímenes contra natura de reality shows y talk shows, hasta la crudeza de los cotilleos en torno a los escarceos amorosos de los concursantes de “Gran hermano” u “Hotel glam”… Hay una especie de bestialidad de la naturaleza humana que sería aquí como el simétrico inverso de la humanidad de los animales sabios de las fábulas de Esopo o de La Fontaine: una anti-moralidad sistemática, que les da constantemente la vuelta a los valores éticos, para situarse en un carnaval de actitudes estrafalarias, fuera de lo común, y al mismo tiempo terriblemente representativas de los defectos humanos, pero como amplificadas, deformadas por el modo de mostrar y de decir. Esto incide también en una desestabilización de los valores, con una confusión entre lo bueno y lo malo, lo eufórico y lo disfórico, lo bello y lo feo. Por fin, la deformación está en un cierto exhibicionismo, consistente en exacerbar no sólo rasgos sino también actitudes, un exagerar la apariencia, como para corresponderse con el código del exceso, de lo espectacular, constitutivo del lenguaje televisivo; es patente en la estética de muchos personajes femeninos que intervienen en talk shows y late-shows, seguramente por mimetismo con el look de las famosas, al límite de la caricatura: un exceso en el vestir, en el maquillaje, que hace de ellos personajes casi fellinianos a veces, representantes de una hiperfeminidad, no tan alejada, al fin y al cabo, del travestismo; esto es, una hipervisibilidad de los rasgos propios del género femenino, pero con una exageración tal que les hace parecerse a unas drag queens. La mujer, entonces, es su propia caricatura, lo mismo que el travestido es una caricatura de mujer. El transformismo, en el sentido cabaretero de la palabra –como hoy el fenómeno de las drag queens– es precisamente un jugar con los signos de lo real, con los códigos, los géneros, un prestarse al look: un “hacer de” mujer, dentro de una estrategia de las apariencias –basada más en la verosimilitud que en la verdad–, una inversión de signos, sin que esto coincida forzosamente con la identidad, con ser un invertido; que, incluso, mediante la exageración de rasgos, el barroquismo de los signos –su cariz extravagante– rompe con toda credibilidad, le da deliberadamente la espalda a la realidad objetiva y a la imitación mimética. Podríamos ver, en esta deformación, una influencia del modelo de las “folklóricas” (o ex algo): un modelo atemporal de feminidad, que se niega a padecer los estragos del tiempo, que se conserva más allá de los avatares de la vida (es decir, todo cuanto compone el universo narrativo de la prensa rosa: bautizos, bodas, engaños, separaciones, operaciones de cirugía plástica). El exceso es como una vacuna contra el tiempo, enmascara su degradación, la anula visual y simbólicamente; exceso que también se traduce en el hablar, en una especie de impudor (aquí también una no-aceptación de los límites sociales), en una seguridad, un aplomo psicológico, a menudo contradictorios con las críticas y mofas de las que son objeto los famosos por parte de algunos animadores de programas rosas. Hay, en esta exhibición del cuerpo y de la intimidad, una saturación sígnica, que hace de la neo-televisión un verdadero “zoo visual” (Imbert, 2003), algo profundamente grotesco, del orden de lo barroco, deliberadamente al margen del equilibrio, algo desmesurado, desproporcionado, casi “fuera de lugar”, que remite a otra dimensión, en particular en términos de recepción del mensaje. Estamos aquí más allá del realismo: hiperrealismo, estética de lo deformación, ¿respuesta por exceso de las formas a la carencia de contenidos, a la pérdida de realidad? V. Lo grotesco, lo kitsch, lo freak: la parada de los nuevos monstruos ¿Cuál es la clave del éxito de tantos programas? Indudablemente es su función especular, consistente en remitirle al sujeto constantes representaciones de sí mismo, en sus aspectos tanto visibles (hipervisibles incluso, de acuerdo con una estética de las apariencias) como invisibles (secretos, intimidades, tabúes). Pero es conforme a una representación no mimética de la realidad sino deformada desde el punto de vista de la forma –valga la redundancia– que obedece por consiguiente a un código que mucho tiene que ver con lo grotesco. «Es grotesco –escribe Pavis (1998) al respecto– todo aquello que resulta cómico por un efecto caricaturesco, burlesco y extraño. Lo grotesco es visto como la deformación significante de una forma conocida y reconocida como norma». Lo grotesco ha funcionado históricamente, dentro de la evolución de los grandes géneros literarios, como contrapeso contra la estética de lo bello, de lo sublime; ha ocurrido así con la revolución romántica, que ha introducido una ruptura con el equilibrio clásico, con las constricciones operadas por las reglas formales y, sobre todo, con la idea de buen gusto; todo ello compensado por una atracción hacia lo insólito, el detalle sorprendente, lo desproporcionado (lo que rompe el equilibrio), dándole una importancia notable al sentir, en detrimento de la racionalidad. Manera de apartarse en apariencia de la realidad para volver con más fuerza a ella, lo grotesco procede mediante “rodeo”: un alejarse para apreciar mejor la auténtica realidad, un recurrir a la caricatura para captar la realidad presuntamente profunda; pero, muy a menudo, se queda en la pura mostración, en lo hipervisible, más del lado del pastiche que de la caricatura, y se estanca en la repetición de lo mismo aunque sea con otras formas, fomentando lo que he llamado “una cultura del cachondeo”, complaciéndose en la burla indiscriminada. Incluso un programa como “Crónicas marcianas”, que pudo aparecer en sus comienzos como una alternativa crítica al modelo Pepe Navarro, incide en un voyeurismo disimulado bajo los ropajes de la denuncia, en una estética de lo kitsch, mezcla de lo sensacional con lo cursi. Lo kitsch podría ser, desde esta perspectiva, la última respuesta a la pérdida de credibilidad del discurso público, la reformulación (nueva forma) de una cultura popular para la sociedad postindustrial. Analizando el fenómeno desde un punto de vista histórico, J. M. Maravall (1975) hace remontar el surgimiento del fenómeno kitsch al siglo XVII, con la irrupción, en un contexto de crisis social, de poblaciones campesinas en las ciudades y la demanda de nuevos productos de consumo cultural, alternativa a lo popular, que se va a traducir en la producción teatral y novelística. Hablando de estos emigrantes, nos dice este autor, «…habían perdido el gusto por la cultura popular, cuyo fondo era el campo, y habían descubierto al mismo tiempo una capacidad para aburrirse; por eso las nuevas masas urbanas empezaron a ejercer presiones sobre la sociedad para obtener un género de cultura idóneo al consumo. Para satisfacer la demanda del nuevo mercado, se descubrió un nuevo tipo de mercancía: el sucedáneo de la cultura, el kitsch». Lo grotesco, en su dimensión kitsch, podría ser, pues, una subcultura perfectamente adaptable al medio televisivo, con vistas a satisfacer esta presunta demanda masiva, redundando en la eficacia de la imagen visual; una degradación del barroco, sigue Maravall retomando los análisis de Lazarsfeld y Merton sobre gusto popular: «una cultura vulgar, caracterizada por el establecimiento de tipos, con repetición estandardizada de géneros, presentando una tendencia al conservadurismo social y respondiendo a un consumo manipulado». ¿Cómo interpretar, sino, los programas de cotilleo, los programas sobre los programas de cotilleo (tipo “Mamma mía”), el pastiche de los programas de cotilleo (“Crónicas marcianas”), la repetición fragmentada de programas de cotilleo en los programas de zapping? “Extremosidad”, llama Maravall a esta tendencia a lo barroco: «Adjetivos como irracional, fantástico, complicado, oscuro, gesticulante, desmesurado, exuberante, frenético, transitivo, cambiante, etc., frecuentemente se toman como expresión de los caracteres que cualquier manifestación de la cultura barroca asume, frente a los de lógico, medido, real, claro, sereno, reposado, etc., que denotarían una postura clásica». ¿Acaso no es ésta la neo-televisión, la de los juegos-concursos, programas de convivencia –lo eufórico–, los reality shows, concursos de corte humillante, programas de videos domésticos centrados en la violencia –lo “disfórico”–, las dos caras, al fin y al cabo, del imaginario colectivo? ¿No hay algo monstruoso en la visibilización constante de la violencia, del sadismo, de lo cruento, no sólo en la información sino también en el entretenimiento? A lo kitsch, en el orden estético, corresponde lo freak en el orden del sentir: un complacerse en las aberraciones de lo humano, un convertir el sentir negativo (violencia, dolor, muerte) en espectáculo compartido, fruición colectiva, en el mismo plano que el sentir positivo (emoción, sentimiento, admiración). Hoy, la violencia es un nuevo objeto de consumo, al igual que la intimidad; la muerte es objeto de una permanente representación, dentro de una relación lúdica (videojuegos), placentera (series de acción), divertida (cine gore). Lo monstruoso ha sido domesticado, integrado al orden cotidiano, lo freak se ha vuelto moda y la televisión nos ofrece su peculiar “parada de los monstruos”: lo freak como versión postmoderna del esperpento valleinclanesco, nueva visión del Ruedo Ibérico. «Lo anormal, lo extravagante, lo excéntrico, lo estrambótico; exactamente lo monstruoso social e individual», escribe Juan Cueto (El País Semanal), enlazando la película de Tod Browning: La parada de los monstruos (1932) con la televisión (“Crónicas Marcianas”, “Hotel glam”) y el cine actual (Torrente, Álex de la Iglesia, Mortadelo y Filemón). El análisis de las figuras de nuevos monstruos cinematográficos por Calabrese es representativo a este respecto de la hibridación de rasgos y categorías, con el surgimiento de nuevas figuras que reúnen rasgos contradictorios: monstruos amables, caracterizados precisamente por su humanidad como E.T. La película de David Lynch El hombre elefante se inscribe en este cambio estético-sensible. La deformación no es forzosamente un signo revulsivo sino que puede ser incluso atractiva; los pequeños vicios y las grandes barbaridades de los famosos son objeto de constante delectación, de comentarios, exégesis, análisis de expertos (¡recúerdese la pérdida del bolso de Pocholo en “Hotel glam”!). Lo nimio –el detalle, lo insignificante– se ha vuelto trascendente; lo minúsculo –las intimidades, los pequeños secretos– es mayúsculo, de dominio público, objeto de atención y debate colectivo; lo repelente, motivo de adicción. Conclusión: la desfiguración de la realidad o la "telebarbaridad" ¿Cómo explicar estas transformaciones de la realidad? Más allá de la pérdida de protagonismo del sujeto social en la vida pública, de la mecanización de la gran urbe, de la dilución de las identidades colectivas, de la falta de referentes ideológicos, del desgaste del discurso público, está la crisis de lo informativo, de lo que, en los años sesenta, los investigadores de la escuela de Morin, Barthes, de Certeau, llamaban l’évènementiel como modo de hacer historia que se limita a la simple enunciación de acontecimientos: el acontecer –en el sentido histórico de la palabra– frente al suceso, al suceder en el sentido periodístico (el discurso de la actualidad). Esta crisis es la crisis de la representación misma, de lo basado en “hechos” (acontecimientos objetivos, comprobables, susceptibles de verificación), de lo que está ligado a la función reproductiva de los medios, a su capacidad referencial: lo mimético, podríamos decir, lo que es fiel a la realidad, se identifica con ella. Hoy, ¡nada más infiel a la realidad como la “telerrealidad”! Nada más alejado de la mimesis como los programas de superación o los concursos de supervivencia: la televisión no promociona artistas consumados, ya realizados, sino que los engendra, produce talento, fama, look. Lo mismo que hay una reapropiación de la recepción del mensaje en el zapping, existe una reapropiación de la realidad en estos programas. ¿Será que la realidad en sí –la realidad intrínseca: la de la actualidad “dura”– es tan insoportable que se crea otra? Un doble de la realidad en el que se recrea el sujeto, hasta producir una realidad “otra”, hasta hacerla irreconocible gracias a su transformación, nada realista en el sentido decimonónico de la palabra. Tal vez sea la reelaboración una manera de tolerar lo real, el pastiche una forma de aceptar las formas impuestas y la desfiguración el último modo de mirar cara a cara al rostro de la muerte, aunque sólo sea la muerte del referente…

miércoles, 7 de marzo de 2012

Crítica a la crítica televisiva.

Quién sabe cuánto tiempo transcurrió para que los habitantes de la Tierra conocieran y usaran los anteojos de aumento, ingeniados por Rogelio Bacon en 1267. No lo vimos y por eso de veras no podemos definirlo ni aunque peleáramos con molinos de viento, que ya eran desde hacía poco más de dos siglos y medio, aunque debamos reconocer que a esa improbable epopeya no habríamos podido acudir como metáfora pues un caballero andante la proyectaría hasta 338 años después.

Ya existía el velocípedo desde 1420, sin embargo ignoramos cuándo y qué tan rápido se extendió la imprenta, concebida tres décadas después. Pero el terreno ignoto de las fechas que signen lo antedicho, o su falta de precisión, no se debe en modo alguno a cierta falla del reloj mecánico que desde el invento de Johann Gutenberg ya llevaba marcando el tiempo un millón 489 mil 200 horas aproximadamente. En suma, el desconocimiento nuestro se debe a que aludimos a procesos complicados donde el desarrollo histórico abre la posibilidad para que se proyecten las cosas, surjan y se expandan hasta configurar poco a poco el cuadro de uso generalizado y así también modificar la vida misma en los órdenes público y privado.

El caso es que todo eso que decimos pasó, delo por hecho. Aunque no haya fotografías sabemos que hubo una vez, hace mucho tiempo, en 1500, que se inventó el primer aparato desde el que sería proyectado el avión; lo de menos es si Leonardo Da Vinci haya sido telegénico. Y aunque no tengamos la grabación de sonido o el impreso de alguna entrevista exclusiva otorgada por Galileo Galilei, tenemos en cuenta la utilidad del péndulo o del telescopio, surgidos de la imaginación y la creatividad del gran astrónomo italiano. No obstante la ausencia de registros de imágenes en movimiento puestas en el celuloide, conocemos que la máquina de escribir surgió en 1714 y pasa lo mismo con la cámara fotográfica, el radio o el cine: un día y a una hora determinada fueron inventados. Aunque no nos lo informaran por teléfono o no lo hayamos oído y visto en televisión, con imágenes a color, en vivo y en directo. En todo caso, quizá, los inventos fueron menos emotivos al estar desprovistos de fama y espectacularidad y no hayan sido respaldados por los anuncios de los patrocinadores.

De otros inventos
Todo este invento viene a cuento para hacer los siguientes apuntes:

1. Con denodada persistencia, parte de la ideología crítica de la televisión la llamada Escuela de Frankfurt es una de sus principales exponentesaduce que lo que no está en la pantalla es como si no existiera y reclama un panorama de comunicación parcial y a menudo distorsionado. En consecuencia acusa tanto a ese aparato como a los diseñadores de contenido de ser los culpables del vacío de la información que campea en el mundo.

Sin embargo, la proclama no contempla o desdeña el hecho de que el mismo recuento y visión parcial de los sucesos se halla en los demás medios de comunicación y que eso se debe tanto a sus características técnicas propias como a la intención editorial que subyace en el ejercicio de la libertad de expresión. Las distorsiones o las omisiones informativas suceden en el periodismo desde su origen, y no a partir de la televisión aunque por sus efectos éstas tengan más envergadura. Eso tiene varias explicaciones situadas en el (casi) incontenible afán comercial de las empresas mediáticas, pasan por las insuficiencias éticas y profesionales de los propietarios de los medios y de los diseñadores de la comunicación y circundan el protagonismo político de los mismos medios que también delimitan el relieve de los temas según sus propios intereses.

Además, la fobia a la televisión deja de considerar las limitaciones técnicas del aparato. Es imposible que ésta abarque todo lo que ocurre y además, sin sesgos. No puede corresponder a todas las expectativas de comunicación y lo mismo pasa con las otras máquinas que integran la medioesfera sin que por eso se les denuncie, más bien esa medioesfera es la que conforma el mosaico heterogéneo de las noticias. A diferencia de los grandes inventos antedichos al principio de este apartado, el invento desde el que se carga de respon-sabilidad a la televisión ha sido muy extendido pero no corresponde con la realidad televisiva y, por ende, su mayor utilidad ha sido la denuncia.

2. Esa crítica a la televisión también se queja, así lo hace por ejemplo Pierre Bordieu, de que uno de los principales problemas que plantea la televisión es el de las relaciones entre el pensamiento y la velocidad. ¿Se puede pensar atenazado por la velocidad?1. Entre otros planteamientos y cuestionamientos esos fueron los que hizo Bordieu en dos conferencias que, por cierto, ofreció para la televisión de Francia en 1996 y que luego revisó para hacer un libro.
El enfoque carece de encuadre pero no nada más porque las conferencias del mismo intelectual francés muestran que la televisión comprende un esfuerzo de síntesis y de elocuencia que muchos intelectuales se muestran rejegos a llevar a cabo. También resulta errático exigir a la televisión una función que no tiene. Es como si se criticara al libro porque carece de imágenes o a la radio porque en el aparato no se puede leer o mirar los acontecimientos.

Debe aceptarse sin embargo que, en efecto, nunca nadie podría pensar atenazado por la velocidad, incluso ni siquiera Pierre Bordieu, pero guste o no la dinámica televisiva comprende formatos donde las imágenes y la velocidad forman parte de su definición tanto técnica como de uso, al que no se le han encontrado abundantes alternativas. Por cierto, desde principios de la década de los 90 del siglo XX los medios emulan las características de la televisión mediante estructuras ágiles y textos breves, en la prensa particularmente, las llamadas ventanas reproducen la pantalla televisiva, y ni hablar de la cortedad de los artículos de opinión o los ensayos; la tendencia se expresa y alienta en la televisión. Eso no quiere decir, sin embargo, que no sea deseable la oferta de contexto en los partes noticiosos junto con el juicio detallado que explique sus razones y sus alcances, incluso hay programas dedicados a eso. Registran niveles mínimos de televidentes, por cierto, y eso verifica que la relación entre audiencias y oferta es mucho más compleja de lo que parece a simple vista y sin pensar pausadamente frente a una frase de lectura rápida como la escrita por Bordieu.

En definitiva, la televisión no es un instrumento que sirva para recrear el pensamiento, esa actividad pertenece a otros ámbitos, al libro o a la escuela, por ejemplo; incluso como advierte Domenique Wolton conviene recordar que, en la esfera de la información televisiva, no existe relación entre información y conocimiento2. Otro asunto es que, en efecto, la audiencia demande apegada a sus derechos y en un ámbito de libre competencia, que el Estado garantice contenidos distintos acordes con la función social que se les asigna a los medios de comunicación.

3. He aquí otro asiduo reproche: la televisión no sólo no refleja toda la realidad sino que incluso suele incurrir en montajes que hacen de la realidad un espejismo cuando no francamente un invento y como en la cultura de masas contemporánea ver es creer, lo que se ve existe aunque no sea cierto. Y al revés también, aunque no haya imágenes puede haber un gran acontecimiento que, dada la supremacía de la televisión, no sean conocidas. Tales son dos de los nudos más destacados expuestos por Ignacio Ramonet en su celebrado libro La tiranía de la comunicación.
Vayamos por partes

La televisión, y esto pasa también con los demás medios, no puede situarse al margen de la verdad, incluso aunque lo pretenda porque el razonamiento de la audiencia haría pedazos su credibilidad y en consecuencia sus expectativas financieras. La televisión no refleja toda la realidad ni puede hacerlo aunque se lo proponga o se lo exijan, sus condiciones como máquina lo hacen imposible además de que funciona a partir de la inteligencia y las capacidades de suyo limitadas del hombre como para acometer una empresa de tal magnitud.

Además, el invento informativo no es prerrogativa de la televisión, como tampoco son los éxitos periodísticos. Sin duda, las trasgresiones éticas y profesionales en la esfera mediática y particularmente en el orden informativo, datan del inicio de la actividad del periodismo de finales del siglo XVIII y principios del siguiente hasta la fecha.

Tanto en la prensa, la radio y la televisión además de en Internet hay estafas noticiosas de toda laya y es imposible siquiera un recuento al respecto en estas líneas. Sólo recordamos que Ramonet menciona el falso osario de Timisoara, al que considera el engaño más importante desde que se inventó la televisión; los cadáveres alineados bajo los sudarios no eran víctimas de las masacres del 17 de diciembre (de 1989), sino cuerpos desenterrados del cementerio de los pobres y ofrecidos de forma complaciente a la necrofilia de la televisión3.

La conmoción que esto causó es tan consabida como el estupor que se generó al ser develado el montaje. Sin embargo, la situación se refiere a la falta de escrúpulos tanto de quienes ofrecieron la tarima como de quienes sin verificar aceptaron montar el teatro, es decir, se dirige a los precarios insumos éticos y profesionales de quienes decidieron difundir las imágenes. No puede haber reproche a la televisión por eso, sino a los usos perversos que llega a haber en ella, como no puede criticarse a la prensa por sus embustes ahí están los inventos de Jayson Blair que, de 2002 a 2003 durante seis meses, desde The New Yok Times, engañó a los lectores con reportajes en lugares en los que nunca estuvo y que reseñan intercambios con personas con las que nunca platicó.

Ubiquémonos en la segunda sentencia de Ramonet: los grandes acontecimientos no producen necesariamente imágenes y por eso, también dada la supremacíade la televisión pueden haber hechos relevantes que no sean conocidos4. Eso es cierto desde el origen del hombre hasta nuestros días. No hay imágenes del proceso mediante el cual el homínido dio el gran salto, tampoco se encuentran dentro del archivo si quiera algunas que den cuenta de buena parte de los inventos del hombre... y después de la televisión ocurre lo mismo; ese instrumento, como hemos dicho, no lo abarca todo. Tampoco hay ni puede haber imágenes de las crisis económicas, políticas o culturales, en todo caso hay representaciones conceptuales o imágenes de sus consecuencias, es decir, de las formas mediante las cuales éstas se expresan. Pero en todas estas aristas si algo se demuestra es precisamente la dinámica de la mediosfera en donde los vacíos de cada medio de comunicación pueden ser cubiertos por otros. Eso implica, además, evitar la supremacía de la televisión en el orden informativo, como ha sucedido en innumerables episodios. Adicionalmente como generadores de contrapeso al derecho a la información las audiencias son determinantes, igual que las críticas que, como las de Ignacio Ramonet, cifren la atención en los excesos de los medios de comunicación.

Respecto a la televisión acordamos, claro está, con que el impacto de la imagen es más vigoroso y abarcador, y por ello más persuasivo que los demás medios, pero ésa es al mismo tiempo que debilidad, una de las fortalezas de la televisión. En ese terreno, otra tendencia universal marca dos pautas: primero, la autorregulación, que alude a mecanismos desde los cuales se definen los contenidos con parámetros éticos para no lesionar la credibilidad de la audiencia y, por ende, las ganancias económicas y, segundo, la regulación del Estado porque ahora, esa tendencia con la que coincidimos, no plantea que los contenidos estén sujetos sólo a la dinámica del mercado.

4. La misma escuela crítica arguye que, dadas las características de la televisión que dramatiza o en general transforma en espectáculo casi cualquier cosa, el aparato se convierte en la principal fuente de amarillismo y escándalo en nuestros días. Dice que esto es así, además, porque todo, hasta la información, se ofrece como mercancía.

Cierto, pero aquello también es resultado de una vertiente universal que comenzó en 1830 cuando aparece una gran variedad de periódicos baratos que fueron pensados para un público más vasto con el objeto de captar mayores ingresos por venta de ejemplares y publicidad. ¿Por qué no habría de suceder lo mismo en la televisión?

John B. Thompson detalla que los diarios consagraban un espacio muy amplio a los relatos sobre crímenes, violencia sexual, juego y deportes. Sobre el escándalo, aunque lo mismo opera para el sensacionalismo en general, el autor recuerda que su auge como fenómeno de significación coincide con la aparición de la imprenta y los medios electrónicos de comunicación.

Thompson señala además: En la era de la televisión, la publicidad mediática se define cada vez más por la visibilidad entendida en su estricto de visión (es decir, de la capacidad para ser visto con los ojos)5 y por la posibilidad de que esa visibilidad abarque grandes distancias e incluso sea transmitida en directo. Sólo vale añadir que esa observación está ceñida a un proceso más complejo aún, en donde la visibilidad comienza a ser imperativo en la gestión pública y en todos los órdenes de la vida social. En la esfera global eso expresa la dilución entre lo público y lo privado.

Sobre los contenidos orientados con afanes mercantiles. ¿De qué otra manera podría ser si no? La historia de todos los medios de comunicación en el mundo no se explica sin la vertiente económica y comercial, más aún como antes hemos dicho, incluso sus características fueron trazados por su valor de uso. Además de que, en efecto, la atribución reguladora del Estado sobre los medios sea uno de los principales desafíos de la democracia dada la función social de aquellos y que por eso se diferencian de cualquier otra industria, la comercialización de la oferta mediática para la que se busca incrementar audiencias, lectores o radioescuchas y contratar más publicidad comercial y oficial, es condición esencial para su desenvolvimiento como empresa y para su autonomía e independencia frente a los gobiernos.

Es improbable que, en cambio, se sugiera una vuelta a la noria rumbo al enfoque europeo imperante de los años 50 hasta principios de los 80 del siglo pasado, me refiero al carácter público de los medios sobre la propiedad privada de éstos. Eso es improbable por la crisis de identidad que tuvieron los medios luego del dislocarse el modelo público de propiedad en Occidente a mediados de los 80 del siglo pasado y luego de que los fines en la actualidad se enfocan a afianzar el modelo de propiedad privada; por ejemplo, entre 1983 y 1988, en Francia prácticamente se dislocaron los medios públicos televisivos al pasar de tres cadenas televisivas a siete siendo cuatro de ellas privadas, y similares procesos hubo en los demás países.

Es imposible entender a las sociedades modernas sin medios de comunicación privados, entre otras razones porque la tutela omnímoda del Estado significaría una sola oferta mediática y porque es contraria al ejercicio de las libertades, en este caso, las de empresa, comunicación, información y opinión así como de elección individual frente a la programación que se ofrece. Eso no quiere decir, evitemos malentendidos, que los medios públicos sean obsoletos, más aún, pese a sus limitaciones podrían ser un contrapeso de la oferta de índole privada, como lo han sido en España, por ejemplo. Esto, siempre y cuando, además, no signifique, como llegó a ser en Europa, que se reproduzcan los mismos patrones de los medios privados, en donde el imperativo del rating conduce a excesos como los que se han expuesto. Se trata de establecer una vía alterna a la oferta predominante.

Por otro lado, habría que revisar la situación específica de cada país en el orden del esquema de propiedad y dentro del imperativo de su diversificación, pero es indudable que el caso del emporio televisivo más importante de habla hispana es paradigmático, nos referimos claro está a Televisa que opera en México. El impresionante desarrollo de esa empresa se gestó desde los primeros años de la década de los 50 hasta principios de los noventa del siglo pasado y se debió principalmente a su aquiescencia con los gobiernos surgidos del sistema de presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido. Una acuciosa investigación de Raúl Trejo Delarbre demuestra que A cambio de una actitud displicente (y casi exenta de cualquier sesgo crítico) hacia la información que proviene del gobierno, Televisa ha recibido un trato preferencial para la trasmisión de sus señalesy, en general, cualquier apoyo para su desenvolvimiento empresarial.

Luego de ese periodo de poco más de 40 años, y como también documenta en otros trabajos el experto más reconocido del país, Televisa consolidó un poder tal que ahora configura uno de los problemas más importantes de la democracia mexicana. Pero eso no se debe a la televisión en sí misma, reiteramos, sino a la forma en como actúan los dueños del monopolio: entre los recovecos de la política para promover sus intereses financieros a través de planes empresariales convertidos en ley, en los resquicios de la norma para trasgredirla según sus intereses, como por ejemplo en la publicidad política embozada que prohíbe la ley;

en su recurrente falta al esquema normativo que le obliga a una función social específica, etcétera. Esto lo hace con la permisividad de no pocos actores políticos que cifran sus expectativas en la visibilidad que puedan tener en la pantalla y en las campañas de promoción que pueden ejercer a través de ésta. En suma, en México se encuentra uno de los ejemplos más destacados del protagonismo político de una empresa mediática y de su preeminencia en el mercado que subyuga la posibilidad de que existan otras ofertas. Nada menos durante el sexenio del gobierno del presidente Vicente Fox, entre 2000 y 2006, Televisa obtuvo el 15.56% del gasto de publicidad oficial y eso significó un ingreso de mil 803 millones 219 mil 725.48 pesos.

5. Citemos otra crítica asidua, está entre las más famosas aunque la creemos también equivocada. Dice Giovanni Sartori: la televisión invierte la evolución de lo sensible en intelegible y lo convierte en ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.

Visto con seriedad no es claro porqué la televisión invierte la evolución de lo sensible en intelegible. Pero, sobre todo, hay que tener presente que mirar la televisión no es un simple acto de ver. Si así fuera, en cierto sentido, nada debiera de preocuparnos dado que ver significaría contemplar y entonces no sería atrofiada la capacidad humana de razonar en la que, por cierto, también participan los sentidos. Pero hasta el simple y llano acto de contemplar suscita sensaciones e inexorablemente también reflexiones, incluso aunque no lo pretenda la televisión se trata de una reacción inherente a la naturaleza humana.

Como ya se argumentó, la televisión no es un instrumento que sirva esencialmente para motivar al pensamiento pero en modo alguno para atrofiarlo; habitualmente carece de conceptos pero no los anula en el individuo, el único responsable de elaborarlos. Con razón Gustavo Bueno precisa que el espectador no puede ser considerado inocente como si de un mero espejo o receptor pasivo de verdades y de apariencias se tratase. Si el televidente o la audiencia resulta movido por estímulos o montajes televisivos ad hoc, él es en todo caso, quien se mueve: ante todo es él quien conecta su televisor como sujeto operatorio, quien cambia de cadena o apaga el aparato y quien interpreta. Pero además, el experto en filosofía detalla en que una conducta e-motiva (emocional) no es un género de conducta que pueda contraponerse a la conducta racional, ninguna conducta puede dejar de ser emocional o motivada; de lo que se trata es de discernir diferentes tipos de emociones o motivaciones (...) Pero tan racional puede ser una conducta motivada por un estímulo artístico o deportivo; tan racional puede ser la conducta de un espectador colérico de televisión, como la de un flemático. Dicho de otro modo: quien se considera movido(motivado, emocionado) por una campaña electoral televisada, es porque él mismo participa con causa de la energía de ese impulso motor; es decir, porque es cómplice de ese impulso y porque él mismo es partícipe de la campaña en la medida en que precisamente en él está siendo manipulado.

Parafraseando a Gilles Lipovetsky que se refiere a la moda, la televisión ha provocado a esa escuela el reflejo crítico antes que el estudio objetivo, se le evoca para fustigarla, marcar distancia y deplorar la estupidez de los hombres. Si estuviéramos en el nivel de proclamas de Sartori podríamos reaccionar con otro acto de fe y escribir parrafadas enteras sobre la confianza que vale la pena tener en el hombre. No es el caso. Es mejor ceñirnos a la siguiente arista:

El alegato de Sartori adolece de la falta de tradición intelectual europea en el análisis de la televisión, donde el imperio de la ideología empañó la capacidad de entenderla. Esa fragilidad se exhibe, por ejemplo, en el escaso análisis que hay sobre las audiencias. Aunque paradójicamente se hable mucho de éstas, incluso erigiéndose como su portavoz, habitualmente se les reduce a conformar una mera masa de maniobra desde la que actúa el ente televisivo, como si la medioesfera sólo se integrara por éste y como si ese mismo ente moldeara todas las percepciones y las creencias y además ordenara todas las actitudes y los actos de esa masa.
Pese a todo, con una facilidad y un éxito asombroso, como sucede con muchas de las frivolidades que proyecta la televisión, se habla de una masa de maniobra que, al seguir el molde que mantiene Sartori para revisar los efectos del multimedia, conformará un público de eternos niños soñadores que trascurren toda la vida en mundos imaginarios. No obstante, el comportamiento de las audiencias es mucho más complicado y no muestra indicios de seguir la ruta que el mismo autor italiano asume como profecía, es más, no muestra indicios de seguir una ruta. (A diferencia de Europa, en Estados Unidos sí hay una trayectoria de estudios de las audiencias que se han hecho lo mismo para los fines comerciales de los propietarios y los diseñadores de contenido, que han sido emprendidos por diversos circuitos académicos e intelectuales).

Intentemos diluir la artillería pesada circunscrita a la inevitable alineación televisiva en la base de entender, primero, que no puede hablarse de un público sino de públicos en virtud de que la televisión se dirige a una audiencia heterogénea, anónima y difusa. Más allá de los instrumentos que sirven para medir las preferencias de esos públicos, la definición de los contenidos televisivos tiene resultados aleatorios y contrastantes en cuanto a las respuestas; no se sabe a ciencia cierta por qué se mira más un programa que otro; en distinto nivel se hallan las emisiones que por su propia naturaleza alcanzan altísimos índices de rating, como sucede con los eventos deportivos o musicales o con algún hecho insospechado.

Mirar la televisión es un colectivo que se ejerce en privado y eso hace aún más difícil de medir la reacción de los públicos. Para responder a esa segmentación, los hacedores de la pantalla delimitan programas especializados pero eso no diluye el reto porque, de cualquier modo, las expectativas se dirigen al gran público, o sea, al principal socio de la televisión. En esa órbita de intereses la oferta se delimita según la demanda, pero esa relación es dicotómica, pues la demanda no obedece a impulsos unidireccionales o previsibles y, en más de un sentido, llega a expresar rechazo. Como señala Domenique Wolton:

Las encuestas, las reuniones o los informes de quejas hechos por las asociaciones de espectadores muestran que el público no se deja engañar respecto de la ausencia actual de innovación, de la obsesión por el rating, de la desaparición de los programas documentales, de la excesiva espectacularizaciónde la información, de la insuficiencia de programas científicos y culturales, de la omnipresencia de los juegos.

Sin duda, la audiencia es uno de los principales contrapesos del contenido televisivo. Lo es porque sus preferencias y sus niveles culturales delimitan la oferta y constituyen el campo para la promoción de los negocios de la empresa mediática tanto en el orden de los ingresos publicitarios como en la promoción de sus intereses financieros en el marco de las democracias contemporáneas. A pesar de ello, y a diferencia de Wolton, el autor de este libro considera que la programación no ha de estar ceñida exclusivamente a la dinámica del mercado sino, como se ha dicho, también a un cuadro normativo que fije limitaciones sobre la base del criterio de la función social a la que están obligados los medios de comunicación.