miércoles, 9 de septiembre de 2009

Crítica a la crítica televisiva




Marco Levario Turcott

Encajonados.

Quién sabe cuánto tiempo transcurrió para que los habitantes de la Tierra conocieran y usaran los anteojos de aumento, ingeniados por Rogelio Bacon en 1267. No lo vimos y por eso de veras no podemos definirlo ni aunque peleáramos con molinos de viento, que ya eran desde hacía poco más de dos siglos y medio, aunque debamos reconocer que a esa improbable epopeya no habríamos podido acudir como metáfora pues un caballero andante la proyectaría hasta 338 años después.
Ya existía el velocípedo desde 1420, sin embargo ignoramos cuándo y qué tan rápido se extendió la imprenta, concebida tres décadas después. Pero el terreno ignoto de las fechas que signen lo antedicho, o su falta de precisión, no se debe en modo alguno a cierta falla del reloj mecánico que desde el invento de Johann Gutenberg ya llevaba marcando el tiempo un millón 489 mil 200 horas aproximadamente. En suma, el desconocimiento nuestro se debe a que aludimos a procesos complicados donde el desarrollo histórico abre la posibilidad para que se proyecten las cosas, surjan y se expandan hasta configurar poco a poco el cuadro de uso generalizado y así también modificar la vida misma en los órdenes público y privado.
El caso es que todo eso que decimos pasó, delo por hecho. Aunque no haya fotografías sabemos que hubo una vez, hace mucho tiempo, en 1500, que se inventó el primer aparato desde el que sería proyectado el avión; lo de menos es si Leonardo Da Vinci haya sido telegénico. Y aunque no tengamos la grabación de sonido o el impreso de alguna entrevista exclusiva otorgada por Galileo Galilei, tenemos en cuenta la utilidad del péndulo o del telescopio, surgidos de la imaginación y la creatividad del gran astrónomo italiano. No obstante la ausencia de registros de imágenes en movimiento puestas en el celuloide, conocemos que la máquina de escribir surgió en 1714 y pasa lo mismo con la cámara fotográfica, el radio o el cine: un día y a una hora determinada fueron inventados. Aunque no nos lo informaran por teléfono o no lo hayamos oído y visto en televisión, con imágenes a color, en vivo y en directo. En todo caso, quizá, los inventos fueron menos emotivos al estar desprovistos de fama y espectacularidad y no hayan sido respaldados por los anuncios de los patrocinadores.
De otros inventos
Todo este invento viene a cuento para hacer los siguientes apuntes:
1. Con denodada persistencia, parte de la ideología crítica de la televisión la llamada Escuela de Frankfurt es una de sus principales exponentes aduce que lo que no está en la pantalla es como si no existiera y reclama un panorama de comunicación parcial y a menudo distorsionado. En consecuencia acusa tanto a ese aparato como a los diseñadores de contenido de ser los culpables del vacío de la información que campea en el mundo.
Sin embargo, la proclama no contempla o desdeña el hecho de que el mismo recuento y visión parcial de los sucesos se halla en los demás medios de comunicación y que eso se debe tanto a sus características técnicas propias como a la intención editorial que subyace en el ejercicio de la libertad de expresión. Las distorsiones o las omisiones informativas suceden en el periodismo desde su origen, y no a partir de la televisión aunque por sus efectos éstas tengan más envergadura. Eso tiene varias explicaciones situadas en el (casi) incontenible afán comercial de las empresas mediáticas, pasan por las insuficiencias éticas y profesionales de los propietarios de los medios y de los diseñadores de la comunicación y circundan el protagonismo político de los mismos medios que también delimitan el relieve de los temas según sus propios intereses.
Además, la fobia a la televisión deja de considerar las limitaciones técnicas del aparato. Es imposible que ésta abarque todo lo que ocurre y además, sin sesgos. No puede corresponder a todas las expectativas de comunicación y lo mismo pasa con las otras máquinas que integran la medioesfera sin que por eso se les denuncie, más bien esa medioesfera es la que conforma el mosaico heterogéneo de las noticias. A diferencia de los grandes inventos antedichos al principio de este apartado, el invento desde el que se carga de respon-sabilidad a la televisión ha sido muy extendido pero no corresponde con la realidad televisiva y, por ende, su mayor utilidad ha sido la denuncia.
2. Esa crítica a la televisión también se queja, así lo hace por ejemplo Pierre Bordieu, de que uno de los principales problemas que plantea la televisión es el de las relaciones entre el pensamiento y la velocidad. ¿Se puede pensar atenazado por la velocidad? 1. Entre otros planteamientos y cuestionamientos esos fueron los que hizo Bordieu en dos conferencias que, por cierto, ofreció para la televisión de Francia en 1996 y que luego revisó para hacer un libro.
El enfoque carece de encuadre pero no nada más porque las conferencias del mismo intelectual francés muestran que la televisión comprende un esfuerzo de síntesis y de elocuencia que muchos intelectuales se muestran rejegos a llevar a cabo. También resulta errático exigir a la televisión una función que no tiene. Es como si se criticara al libro porque carece de imágenes o a la radio porque en el aparato no se puede leer o mirar los acontecimientos.
Debe aceptarse sin embargo que, en efecto, nunca nadie podría pensar atenazado por la velocidad, incluso ni siquiera Pierre Bordieu, pero guste o no la dinámica televisiva comprende formatos donde las imágenes y la velocidad forman parte de su definición tanto técnica como de uso, al que no se le han encontrado abundantes alternativas. Por cierto, desde principios de la década de los 90 del siglo XX los medios emulan las características de la televisión mediante estructuras ágiles y textos breves, en la prensa particularmente, las llamadas ventanas reproducen la pantalla televisiva, y ni hablar de la cortedad de los artículos de opinión o los ensayos; la tendencia se expresa y alienta en la televisión. Eso no quiere decir, sin embargo, que no sea deseable la oferta de contexto en los partes noticiosos junto con el juicio detallado que explique sus razones y sus alcances, incluso hay programas dedicados a eso. Registran niveles mínimos de televidentes, por cierto, y eso verifica que la relación entre audiencias y oferta es mucho más compleja de lo que parece a simple vista y sin pensar pausadamente frente a una frase de lectura rápida como la escrita por Bordieu.
En definitiva, la televisión no es un instrumento que sirva para recrear el pensamiento, esa actividad pertenece a otros ámbitos, al libro o a la escuela, por ejemplo; incluso como advierte Domenique Wolton conviene recordar que, en la esfera de la información televisiva, no existe relación entre información y conocimiento 2. Otro asunto es que, en efecto, la audiencia demande apegada a sus derechos y en un ámbito de libre competencia, que el Estado garantice contenidos distintos acordes con la función social que se les asigna a los medios de comunicación.
3. He aquí otro asiduo reproche: la televisión no sólo no refleja toda la realidad sino que incluso suele incurrir en montajes que hacen de la realidad un espejismo cuando no francamente un invento y como en la cultura de masas contemporánea ver es creer, lo que se ve existe aunque no sea cierto. Y al revés también, aunque no haya imágenes puede haber un gran acontecimiento que, dada la supremacía de la televisión, no sean conocidas. Tales son dos de los nudos más destacados expuestos por Ignacio Ramonet en su celebrado libro La tiranía de la comunicación.

Vayamos por partes

La televisión, y esto pasa también con los demás medios, no puede situarse al margen de la verdad, incluso aunque lo pretenda porque el razonamiento de la audiencia haría pedazos su credibilidad y en consecuencia sus expectativas financieras. La televisión no refleja toda la realidad ni puede hacerlo aunque se lo proponga o se lo exijan, sus condiciones como máquina lo hacen imposible además de que funciona a partir de la inteligencia y las capacidades de suyo limitadas del hombre como para acometer una empresa de tal magnitud.
Además, el invento informativo no es prerrogativa de la televisión, como tampoco son los éxitos periodísticos. Sin duda, las trasgresiones éticas y profesionales en la esfera mediática y particularmente en el orden informativo, datan del inicio de la actividad del periodismo de finales del siglo XVIII y principios del siguiente hasta la fecha.
Tanto en la prensa, la radio y la televisión además de en Internet hay estafas noticiosas de toda laya y es imposible siquiera un recuento al respecto en estas líneas. Sólo recordamos que Ramonet menciona el falso osario de Timisoara, al que considera el engaño más importante desde que se inventó la televisión; los cadáveres alineados bajo los sudarios no eran víctimas de las masacres del 17 de diciembre (de 1989), sino cuerpos desenterrados del cementerio de los pobres y ofrecidos de forma complaciente a la necrofilia de la televisión 3.
La conmoción que esto causó es tan consabida como el estupor que se generó al ser develado el montaje. Sin embargo, la situación se refiere a la falta de escrúpulos tanto de quienes ofrecieron la tarima como de quienes sin verificar aceptaron montar el teatro, es decir, se dirige a los precarios insumos éticos y profesionales de quienes decidieron difundir las imágenes. No puede haber reproche a la televisión por eso, sino a los usos perversos que llega a haber en ella, como no puede criticarse a la prensa por sus embustes ahí están los inventos de Jayson Blair que, de 2002 a 2003 durante seis meses, desde The New Yok Times, engañó a los lectores con reportajes en lugares en los que nunca estuvo y que reseñan intercambios con personas con las que nunca platicó.
Ubiquémonos en la segunda sentencia de Ramonet: los grandes acontecimientos no producen necesariamente imágenes y por eso, también dada la supremacía de la televisión pueden haber hechos relevantes que no sean conocidos4. Eso es cierto desde el origen del hombre hasta nuestros días. No hay imágenes del proceso mediante el cual el homínido dio el gran salto, tampoco se encuentran dentro del archivo si quiera algunas que den cuenta de buena parte de los inventos del hombre... y después de la televisión ocurre lo mismo; ese instrumento, como hemos dicho, no lo abarca todo. Tampoco hay ni puede haber imágenes de las crisis económicas, políticas o culturales, en todo caso hay representaciones conceptuales o imágenes de sus consecuencias, es decir, de las formas mediante las cuales éstas se expresan. Pero en todas estas aristas si algo se demuestra es precisamente la dinámica de la mediosfera en donde los vacíos de cada medio de comunicación pueden ser cubiertos por otros. Eso implica, además, evitar la supremacía de la televisión en el orden informativo, como ha sucedido en innumerables episodios. Adicionalmente como generadores de contrapeso al derecho a la información las audiencias son determinantes, igual que las críticas que, como las de Ignacio Ramonet, cifren la atención en los excesos de los medios de comunicación.
Respecto a la televisión acordamos, claro está, con que el impacto de la imagen es más vigoroso y abarcador, y por ello más persuasivo que los demás medios, pero ésa es al mismo tiempo que debilidad, una de las fortalezas de la televisión. En ese terreno, otra tendencia universal marca dos pautas: primero, la autorregulación, que alude a mecanismos desde los cuales se definen los contenidos con parámetros éticos para no lesionar la credibilidad de la audiencia y, por ende, las ganancias económicas y, segundo, la regulación del Estado porque ahora, esa tendencia con la que coincidimos, no plantea que los contenidos estén sujetos sólo a la dinámica del mercado.

4. La misma escuela crítica arguye que, dadas las características de la televisión que dramatiza o en general transforma en espectáculo casi cualquier cosa, el aparato se convierte en la principal fuente de amarillismo y escándalo en nuestros días. Dice que esto es así, además, porque todo, hasta la información, se ofrece como mercancía.

Cierto, pero aquello también es resultado de una vertiente universal que comenzó en 1830 cuando aparece una gran variedad de periódicos baratos que fueron pensados para un público más vasto con el objeto de captar mayores ingresos por venta de ejemplares y publicidad. ¿Por qué no habría de suceder lo mismo en la televisión?
John B. Thompson detalla que los diarios consagraban un espacio muy amplio a los relatos sobre crímenes, violencia sexual, juego y deportes. Sobre el escándalo, aunque lo mismo opera para el sensacionalismo en general, el autor recuerda que su auge como fenómeno de significación coincide con la aparición de la imprenta y los medios electrónicos de comunicación.
Thompson señala además: En la era de la televisión, la publicidad mediática se define cada vez más por la visibilidad entendida en su estricto de visión (es decir, de la capacidad para ser visto con los ojos) 5 y por la posibilidad de que esa visibilidad abarque grandes distancias e incluso sea transmitida en directo. Sólo vale añadir que esa observación está ceñida a un proceso más complejo aún, en donde la visibilidad comienza a ser imperativo en la gestión pública y en todos los órdenes de la vida social. En la esfera global eso expresa la dilución entre lo público y lo privado.
Sobre los contenidos orientados con afanes mercantiles. ¿De qué otra manera podría ser si no? La historia de todos los medios de comunicación en el mundo no se explica sin la vertiente económica y comercial, más aún como antes hemos dicho, incluso sus características fueron trazados por su valor de uso. Además de que, en efecto, la atribución reguladora del Estado sobre los medios sea uno de los principales desafíos de la democracia dada la función social de aquellos y que por eso se diferencian de cualquier otra industria, la comercialización de la oferta mediática para la que se busca incrementar audiencias, lectores o radioescuchas y contratar más publicidad comercial y oficial , es condición esencial para su desenvolvimiento como empresa y para su autonomía e independencia frente a los gobiernos.
Es improbable que, en cambio, se sugiera una vuelta a la noria rumbo al enfoque europeo imperante de los años 50 hasta principios de los 80 del siglo pasado, me refiero al carácter público de los medios sobre la propiedad privada de éstos. Eso es improbable por la crisis de identidad que tuvieron los medios luego del dislocarse el modelo público de propiedad en Occidente a mediados de los 80 del siglo pasado y luego de que los fines en la actualidad se enfocan a afianzar el modelo de propiedad privada; por ejemplo, entre 1983 y 1988, en Francia prácticamente se dislocaron los medios públicos televisivos al pasar de tres cadenas televisivas a siete siendo cuatro de ellas privadas, y similares procesos hubo en los demás países.
Es imposible entender a las sociedades modernas sin medios de comunicación privados, entre otras razones porque la tutela omnímoda del Estado significaría una sola oferta mediática y porque es contraria al ejercicio de las libertades, en este caso, las de empresa, comunicación, información y opinión así como de elección individual frente a la programación que se ofrece. Eso no quiere decir, evitemos malentendidos, que los medios públicos sean obsoletos, más aún, pese a sus limitaciones podrían ser un contrapeso de la oferta de índole privada, como lo han sido en España, por ejemplo. Esto, siempre y cuando, además, no signifique, como llegó a ser en Europa, que se reproduzcan los mismos patrones de los medios privados, en donde el imperativo del rating conduce a excesos como los que se han expuesto. Se trata de establecer una vía alterna a la oferta predominante.

Por otro lado, habría que revisar la situación específica de cada país en el orden del esquema de propiedad y dentro del imperativo de su diversificación, pero es indudable que el caso del emporio televisivo más importante de habla hispana es paradigmático, nos referimos claro está a Televisa que opera en México. El impresionante desarrollo de esa empresa se gestó desde los primeros años de la década de los 50 hasta principios de los noventa del siglo pasado y se debió principalmente a su aquiescencia con los gobiernos surgidos del sistema de presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido. Una acuciosa investigación de Raúl Trejo Delarbre demuestra que A cambio de una actitud displicente (y casi exenta de cualquier sesgo crítico) hacia la información que proviene del gobierno, Televisa ha recibido un trato preferencial para la trasmisión de sus señales y, en general, cualquier apoyo para su desenvolvimiento empresarial.6
Luego de ese periodo de poco más de 40 años, y como también documenta en otros trabajos el experto más reconocido del país, Televisa consolidó un poder tal que ahora configura uno de los problemas más importantes de la democracia mexicana. Pero eso no se debe a la televisión en sí misma, reiteramos, sino a la forma en como actúan los dueños del monopolio: entre los recovecos de la política para promover sus intereses financieros a través de planes empresariales convertidos en ley, en los resquicios de la norma para trasgredirla según sus intereses, como por ejemplo en la publicidad política embozada que prohíbe la ley;
en su recurrente falta al esquema normativo que le obliga a una función social específica, etcétera. Esto lo hace con la permisividad de no pocos actores políticos que cifran sus expectativas en la visibilidad que puedan tener en la pantalla y en las campañas de promoción que pueden ejercer a través de ésta. En suma, en México se encuentra uno de los ejemplos más destacados del protagonismo político de una empresa mediática y de su preeminencia en el mercado que subyuga la posibilidad de que existan otras ofertas. Nada menos durante el sexenio del gobierno del presidente Vicente Fox, entre 2000 y 2006, Televisa obtuvo el 15.56% del gasto de publicidad oficial y eso significó un ingreso de mil 803 millones 219 mil 725.48 pesos.

5. Citemos otra crítica asidua, está entre las más famosas aunque la creemos también equivocada. Dice Giovanni Sartori: la televisión invierte la evolución de lo sensible en intelegible y lo convierte en ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender .

Visto con seriedad no es claro porqué la televisión invierte la evolución de lo sensible en intelegible. Pero, sobre todo, hay que tener presente que mirar la televisión no es un simple acto de ver. Si así fuera, en cierto sentido, nada debiera de preocuparnos dado que ver significaría contemplar y entonces no sería atrofiada la capacidad humana de razonar en la que, por cierto, también participan los sentidos. Pero hasta el simple y llano acto de contemplar suscita sensaciones e inexorablemente también reflexiones, incluso aunque no lo pretenda la televisión se trata de una reacción inherente a la naturaleza humana.
Como ya se argumentó, la televisión no es un instrumento que sirva esencialmente para motivar al pensamiento pero en modo alguno para atrofiarlo; habitualmente carece de conceptos pero no los anula en el individuo, el único responsable de elaborarlos. Con razón Gustavo Bueno precisa que el espectador no puede ser considerado inocente como si de un mero espejo o receptor pasivo de verdades y de apariencias se tratase. Si el televidente o la audiencia resulta movido por estímulos o montajes televisivos ad hoc, él es en todo caso, quien se mueve: ante todo es él quien conecta su televisor como sujeto operatorio, quien cambia de cadena o apaga el aparato y quien interpreta . Pero además, el experto en filosofía detalla en que una conducta e-motiva (emocional) no es un género de conducta que pueda contraponerse a la conducta racional , ninguna conducta puede dejar de ser emocional o motivada ; de lo que se trata es de discernir diferentes tipos de emociones o motivaciones (...) Pero tan racional puede ser una conducta motivada por un estímulo artístico o deportivo; tan racional puede ser la conducta de un espectador colérico de televisión, como la de un flemático. Dicho de otro modo: quien se considera movido (motivado, emocionado) por una campaña electoral televisada, es porque él mismo participa con causa de la energía de ese impulso motor; es decir, porque es cómplice de ese impulso y porque él mismo es partícipe de la campaña en la medida en que precisamente en él está siendo manipulado.8
Parafraseando a Gilles Lipovetsky que se refiere a la moda, la televisión ha provocado a esa escuela el reflejo crítico antes que el estudio objetivo, se le evoca para fustigarla, marcar distancia y deplorar la estupidez de los hombres. Si estuviéramos en el nivel de proclamas de Sartori podríamos reaccionar con otro acto de fe y escribir parrafadas enteras sobre la confianza que vale la pena tener en el hombre. No es el caso. Es mejor ceñirnos a la siguiente arista:
El alegato de Sartori adolece de la falta de tradición intelectual europea en el análisis de la televisión, donde el imperio de la ideología empañó la capacidad de entenderla. Esa fragilidad se exhibe, por ejemplo, en el escaso análisis que hay sobre las audiencias. Aunque paradójicamente se hable mucho de éstas, incluso erigiéndose como su portavoz, habitualmente se les reduce a conformar una mera masa de maniobra desde la que actúa el ente televisivo, como si la medioesfera sólo se integrara por éste y como si ese mismo ente moldeara todas las percepciones y las creencias y además ordenara todas las actitudes y los actos de esa masa.
Pese a todo, con una facilidad y un éxito asombroso, como sucede con muchas de las frivolidades que proyecta la televisión, se habla de una masa de maniobra que, al seguir el molde que mantiene Sartori para revisar los efectos del multimedia, conformará un público de eternos niños soñadores que trascurren toda la vida en mundos imaginarios . No obstante, el comportamiento de las audiencias es mucho más complicado y no muestra indicios de seguir la ruta que el mismo autor italiano asume como profecía, es más, no muestra indicios de seguir una ruta. (A diferencia de Europa, en Estados Unidos sí hay una trayectoria de estudios de las audiencias que se han hecho lo mismo para los fines comerciales de los propietarios y los diseñadores de contenido, que han sido emprendidos por diversos circuitos académicos e intelectuales).

Intentemos diluir la artillería pesada circunscrita a la inevitable alineación televisiva en la base de entender, primero, que no puede hablarse de un público sino de públicos en virtud de que la televisión se dirige a una audiencia heterogénea, anónima y difusa. Más allá de los instrumentos que sirven para medir las preferencias de esos públicos, la definición de los contenidos televisivos tiene resultados aleatorios y contrastantes en cuanto a las respuestas; no se sabe a ciencia cierta por qué se mira más un programa que otro; en distinto nivel se hallan las emisiones que por su propia naturaleza alcanzan altísimos índices de rating, como sucede con los eventos deportivos o musicales o con algún hecho insospechado.
Mirar la televisión es un colectivo que se ejerce en privado y eso hace aún más difícil de medir la reacción de los públicos. Para responder a esa segmentación, los hacedores de la pantalla delimitan programas especializados pero eso no diluye el reto porque, de cualquier modo, las expectativas se dirigen al gran público, o sea, al principal socio de la televisión. En esa órbita de intereses la oferta se delimita según la demanda, pero esa relación es dicotómica, pues la demanda no obedece a impulsos unidireccionales o previsibles y, en más de un sentido, llega a expresar rechazo. Como señala Domenique Wolton:
Las encuestas, las reuniones o los informes de quejas hechos por las asociaciones de espectadores muestran que el público no se deja engañar respecto de la ausencia actual de innovación, de la obsesión por el rating, de la desaparición de los programas documentales, de la excesiva espectacularización de la información, de la insuficiencia de programas científicos y culturales, de la omnipresencia de los juegos...

Sin duda, la audiencia es uno de los principales contrapesos del contenido televisivo. Lo es porque sus preferencias y sus niveles culturales delimitan la oferta y constituyen el campo para la promoción de los negocios de la empresa mediática tanto en el orden de los ingresos publicitarios como en la promoción de sus intereses financieros en el marco de las democracias contemporáneas. A pesar de ello, y a diferencia de Wolton, el autor de este libro considera que la programación no ha de estar ceñida exclusivamente a la dinámica del mercado sino, como se ha dicho, también a un cuadro normativo que fije limitaciones sobre la base del criterio de la función social a la que están obligados los medios de comunicación.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Nuevos perfiles profesionales


Bárbara Celis

Para un nuevo periodismo que ya está aquí.


Incluso en los tiempos más duros, las inversiones sabias y no los recortes son la respuesta a largo plazo de los problemas de la industria. La presente situación lleva irremediablemente a que los periódicos se conviertan en la fuente central de servicios para su comunidad en todos sus formatos, lo cual exige crear nuevas figuras profesionales; entre ellas, el mojo (mobile journalist o periodista móvil), el data delivery editor y el coordinador de redes sociales.
Hace casi una década que los diarios pierden lectores ininterrumpidamente a costa de sus versiones online. No hace falta preguntarle a ningún gurú, las cifras hablan solas: según la Newspaper Association of America, el consumo de diarios impresos en Estados Unidos bajó en la primera mitad de 2008 15% respecto a 2007, una cifra que se viene repitiendo desde hace ya años. Y la publicidad, que ha emigrado del papel hacia la Web, parece tener sus días contados: sólo en el tercer trimestre de 2007, las páginas web de los periódicos estadounidenses consiguieron 773 millones de dólares, un aumento de 21% respecto al mismo período del año anterior. Sin embargo, sus pérdidas por publicidad en el papel superaron los mil millones de dólares.
Y no se trata de un fenómeno estático y aislado. Los cambios en la red están provocando un tsunami de tal calibre que ni siquiera los anunciantes son capaces de adaptarse con la rapidez necesaria. En diciembre de 2007 los estadounidenses pincharon en diez mil millones de videos online pero sólo 554 de los 21 mil millones de dólares que se invirtieron en publicidad en la red eran videoanuncios. A estas alturas, muchos anunciantes ya habrán visto estas cifras y estarán redirigiendo sus inversiones para no perder el tren.
La rapidez para adaptarse a los cambios es una de las claves para hacer frente a esta revolución de las comunicaciones, algo de lo que adolecen la mayoría de las empresas y gran parte de las universidades donde se enseña periodismo. Además, la mayoría de los periodistas en activo tienden a mirar hacia el pasado con nostalgia. Son pocos los que parecen demostrar la apertura mental que exige un presente turbulento en el que aún se están definiendo y construyendo las bases para el futuro del periodismo.
Las empresas periodísticas, que en su mayoría tienen que responder ante sus consejos de administración al tratarse de compañías que cotizan en bolsa, han huido de la palabra inversión y han optado por recortar gastos. Aterrados por la competencia que impone el nacimiento masivo de blogs y pequeñas empresas que saben moverse en la red mejor que los grandes colosos informativos de antaño, los grandes medios de comunicación han optado por hacerle frente a los cambios realizando despidos masivos: seis mil 300 profesionales de 100 diarios estadounidenses fueron a engrosar las filas del paro en el último año. Sin embargo, como afirmaba el ex director de Los Angeles Times, James O Shea, nadie puede asegurar que ésa sea la estrategia adecuada: Incluso en los tiempos más duros las inversiones sabias y no los recortes son la respuesta a largo plazo de los problemas de la industria. Un dólar de inversiones inteligentes vale más que un barril de recortes presupuestarios , declaró tras su despido.
Y si se mira hacia los medios que mejor se están enfrentando a la revolución mediática provocada por Internet, lo que se descubre es que han sido precisamente sus inversiones arriesgadas las que les han convertido en capitanes de la revolución.
El nacimiento de nuevos perfiles profesionales como el del mojo y el del data delivery editor, apoyados por algunos medios, están demostrando que hay que adaptarse o morir, aunque la supervivencia cueste dinero. Y en ese proceso, tampoco parece inteligente dejar de lado a los profesionales con experiencia. ¿Cómo es posible que en tiempos ultracompetitivos como éstos un negocio se permita reducir sus principales activos? Antes de que el tiempo se acabe, ¿por qué no lanzar una contraofensiva que preserve el periodismo serio, que tiene un valor indiscutible en un mundo confuso? Es la única manera para volver a capturar el dominio del mercado de la información, donde los periodistas profesionales son líderes expertos y creíbles.
Así se podrá reconstruir un negocio con el que hacer más dinero de más maneras que antes mientras se mantienen los estándares más altos , escribía recientemente Carl Session Stepp en la revista American Journalism Review.
Este experto en el ámbito de los cambios que viven los medios de comunicación señalaba que la situación lleva irremediablemente a que los periódicos se conviertan en la fuente central de servicios para su comunidad en todos sus formatos. Y para eso es imprescindible crear tres nuevas figuras profesionales: el mojo, el data delivery editor y el coordinador de redes sociales.
El mojo es el comúnmente llamado periodista multimedia . Capaz de enviar una crónica desde un ordenador portátil, hacer actualizaciones en un blog, filmar una entrevista, tomar fotos, grabar audio, editar un video y colgarlo directamente en la Web del medio. Fue un término acuñado por el grupo Gannett, editores del USA Today, entre otros, en el año 2005 y que después se ha extendido al lenguaje periodístico pese a la reticencia de muchos profesionales a aceptar ese rol. ¿Por qué tengo que hacer solo el trabajo que antes hacían tres personas? , se preguntan muchos. La res-puesta es sencilla: porque el periodista ya no ocupa ese lugar privilegiado que ha tenido durante siglos en la cadena de ensamblaje de la información, y si no tiene las herramientas para enfrentarse a los cambios, morirá. Los periodistas ya no controlan en exclusiva el contenido y el formato de las noticias.
Cualquiera con una cámara y una computadora puede hacerlo. Hoy el mundo está lleno de consumidores de información que al mismo tiempo son productores potenciales. Si los consumidores pueden producir contenidos, hay que potenciar al máximo la capacidad de los periodistas para generarlos a la misma o mayor velocidad que los consumidores y en los mismos términos.
Entre los diarios pioneros en la apuesta por el mojo está The News-Press, en Fort-Mayers (Florida). Con una circulación de 70 mil ejemplares, este diario local le ha dado a los 44 periodistas de su plantilla ordenadores portátiles, cámaras digitales y equipos de audio para que su acceso a la comunidad sea lo más rápido y cercano posible. El volumen de información online se ha disparado , afirma su directora, Kate Myramont, que esta primavera completó el proceso de equipamiento de su plantilla. El diario tuvo que aprender a manejar tecnológicamente el bombardeo de información que supuso tener a la mayor parte de la plantilla enviando videos e informaciones a la vez. Pero una vez superada esa fase, The News-Press se ha convertido en uno de los diarios a emular. Su redacción integrada permite abastecer tanto las páginas del diario como las de su Web, completándose mutuamente. Sin duda, muchas redacciones españolas deberían aprender de ellos, sobre todo si se tienen en cuenta las conclusiones de la edición de 2008 del Newsroom Barometer.
Esta publicación afirmaba que 86% de los editores de periódicos encuestados (700 en todo el mundo) creen que las redacciones digitales e impresas se integrarán a corto plazo, y el 83% opina que en los próximos años los periodistas deberán ser capaces de producir contenidos para cualquier medio. En España, en cambio, aún hay diarios que ni siquiera se plantean pagarle a sus colaboradores por escribir para la Web, cuando en realidad es ahí donde realmente las noticias alcanzan hoy todo su potencial.
En cuanto al data delivery editor, es una figura nacida del éxito que han tenido experimentos online como Chicagocrime.org, creado por el jovencísimo Adrian Holovaty en 2005. Este periodista y programador, que hoy tiene 26 años, inauguró con esa Web una explosión cartográfica que está revolucionando el modo de presentar visualmente los millones de datos que se pueden encontrar en la red. Su combinación de las estadísticas sobre los crímenes que se cometen en Chicago y los mapas de Google, permite navegar por la geografía de esa ciudad y averiguar en qué calle se roban más coches, o cuál es el barrio con la mayor incidencia de violaciones, o dónde se ha producido el mayor número de arrestos por tráfico de drogas de los últimos tres meses.
La página recibió en 2005 el Batten Award que el Instituto por el Periodismo Interactivo de la Universidad de Maryland concede anualmente a las mejores ideas que mediante la combinación de tecnología y periodismo contribuyen a la participación ciudadana.
Ha creado un nuevo estándar para la prensa interactiva .
Quedará en manos del reportero combinar y conectar todas las piezas pero cada ciudad debería tener una página así como forma de servicio público aseguró el jurado.
Es algo íntimamente interesante porque tiene relación con sucesos reales, con personas reales y con delitos que ocurren en el jardín de tu vecino. Son hechos, no es ficción, así que provoca un interés inmediato declaró entonces este visionario.
Algunos medios tomaron nota y tres años más tarde las bases de datos se han convertido en una pieza esencial de los diarios estadounidenses. The Washington Post contrató a Holovaty para que construyera una con todos los datos de la historia electoral de Estados Unidos. Y recientemente creó otra muy aclamada con los soldados estadounidenses muertos en Iraq.
The News-Press ofrece en su Web, mediante bases de datos de acceso público pero a las que antes a nadie se le ocurría acceder, todo tipo de informaciones respecto a su comunidad: desde las cifras por condados de los salarios de los vecinos (una de las más visitadas) hasta tablas sobre educación, deportes o tráfico. Las empresas periodísticas tienen que entender que las bases de datos no sólo aumentan el tráfico de sus páginas sino que incrementan el tiempo que un internauta pasa en la misma Web. Y esa va a ser una de las claves para captar anunciantes en los próximos años .
Lo explica Michelle Hudson, data diva y social media editor del The News Press. Esta periodista, con diez años de experiencia como reportera, comenzó a trabajar como responsable de la base de datos del diario hace dos años. La idea era que ayudara a los periodistas a trabajar con estadísticas y al mismo tiempo que esas bases de datos públicamente disponibles pudieran desarrollarse para crear otras que interesaran directamente a la comunidad . Hudson hace particular hincapié en la necesidad de que los periodistas comprendan lo importante que es prestarle atención a las bases de datos. Se puede investigar sobre un crimen y que eso además genere una base de datos sobre delitos del barrio en el que se ha cometido , dice Hudson.
A su responsabilidad al frente de este servicio se unió el año pasado la de social media editor. Se trata de lidiar con toda la parte relativa a las redes de intercambio social. Nosotros ofrecemos la posibilidad de crear tu propia página en el diario, como si se tratara de Facebook. Y además, ayudamos a la gente a construirla y resolvemos sus dudas sobre este tipo de redes. Nuevamente ofrecemos un servicio a la comunidad .
Y es que apuntar hacia lo local parece otra de las claves del futuro del periodismo. De ahí que la figura del coordinador de redes sociales también
sea tan importante. Hasta este siglo los periodistas tenían fuentes concretas, que preservaban con mimo.
Pero ahora que el mundo ha abrazado la interconectividad 24 horas al día con herramientas como Twitter, o el propio Facebook, es posible alimentar la propia red de información con desconocidos de todo género y condición que permiten una colaboración entre el periodismo ciudadano y el periodismo de toda la vida .
El resultado debería ser un periodismo más completo. Daniel Honigman, el joven pionero que introdujo a The Chicago Tribune en el mundo de las redes sociales explicaba recientemente cómo la interconectividad con servicios de micro-blogging como Twitter (una aplicación que permite enviar mensajes de un máximo de 200 caracteres) habían permitido al diario reaccionar con mayor rapidez ante el entorno.
Honigman, un joven veinteañero, es uno de los coordinadores de redes sociales de un diario cuyo nombre de guerra en el mundo de Twitter es Colonel Tribune. Gracias a su presencia en esta red social, el periódico consigue presencia virtual a lo largo y ancho de Chicago.
Honigman relataba recientemente cómo gracias a Twitter el Colonel Tribune se enteró antes que sus competidores de un aviso de bomba en un edificio de la ciudad y se puso a trabajar en la historia, que en 20 minutos llegó a su página Web. A través de otros tweets (posts de Twitter) se fue ampliando la audiencia y la noticia llegó al primer puesto entre las más leídas durante algunas horas. El pasado agosto Honingman concluía en un artículo publicado en Poynter.org: no hay duda de que las organizaciones mediáticas tienen que tener presencia en las redes sociales . Y para los incrédulos, una cifra: el número de visitas a The Chicago Tribune online aumentó 8% desde que el Colonel Tribune se puso en acción en marzo de 2008.

Mandarinas y limones



Alfonso Gumucio-Dagron
El panorama de los estudios de comunicación social (así, entrecomillado) es desolador, no solamente en América Latina sino en el mundo entero. Hace 25 años alguien tuvo la pésima idea de cambiar el nombre de las facultades de periodismo a facultades de comunicación social , con lo cual se desvirtuó completamente la naturaleza de esos estudios. Lo que hacen 99% de esas carreras y facultades es periodismo dirigido a los medios, no es comunicación ni estudian la comunicación, y de social , tienen muy poco.
Esto no es una cuestión de nombres solamente, sino de contenidos. Los periodistas trabajan en el campo de la información y los comunicadores en el campo de la comunicación (y las niñas bien estudian comunicación empresarial para luego trabajar en las empresas de su papá).
No es lo mismo comunicación que información. Ambos campos son diferentes, se parecen tanto entre sí como los limones se parecen a las mandarinas. Los dos son cítricos, pero de sabor y uso muy diferente. Los limones abundan, las mandarinas son más raras.
Sucede lo mismo en los estudios de periodismo y comunicación: abundan las carreras de periodismo disfrazadas de comunicación social , pero aquellas que realmente se ocupan de la comunicación y de lo social son muy raras. Seguro que en la cabeza del lector neófito los hay incluso entre los profesionales de los medios ya está la pregunta: pero, ¿en qué se diferencia la información de la comunicación? .
No debe sentirse mal el lector de no entender, todavía, la diferencia entre ambas, porque ni siquiera los catedráticos de comunicación son capaces de manejar con propiedad ambos conceptos. Abundan los profesores que enseñan en las carreras de periodismo sin haber publicado en su vida un texto especializado o investigación sobre el tema. Hay quienes incluso dirigen facultades de periodismo y comunicación sin haber reflexionado jamás sobre estos asuntos, administradores grises, que uno no entiende cómo obtienen esos cargos.
Comunicación e información
La etimología griega y luego latina de la palabra comunicación la asocia a conceptos muy diferentes a los de la palabra información. La comunicación (communio) es el acto de compartir y de participar, lo cual implica diálogo y horizontalidad. En cambio el periodismo es vertical en un sólo sentido, porque informa, es decir, pretende dar forma (dictaminar) a lo informe (lo que no tiene forma determinada). La comunicación es un intercambio, un diálogo en dos o múltiples sentidos, donde hay más de un polo generador de mensajes de información, y no uno solo, como sucede en el periodismo. Acudir a un diccionario etimológico nos ayuda, sin duda, a empezar a distinguir entre información y comunicación.
Esta explicación simple y llana debería bastar para entender la diferencia, pero lamentablemente en la realidad los intereses comerciales antes que los académicos definen el rumbo de las universidades; hay contadas excepciones. Y así terminamos con tantos limones, que ya no sabemos qué hacer con ellos.
Tan escasas son las excepciones, que en el mundo no hay más de 20 universidades que se ocupan de la comunicación para el desarrollo y el cambio social, que son las que conciben precisamente la comunicación como intercambio y diálogo horizontal (recordemos a Paulo Freire, fallecido hace poco más de una década, que tanto aportó sobre este tema).
En cambio, hay más de dos mil facultades de periodismo, aunque se disfrazan detrás del rótulo de la comunicación social . En realidad lo que hacen es reproducir periodistas y publicistas, no comunicadores. Producen por miles profesionales para la radio, la televisión y los periódicos, para las agencias de publicidad y de relaciones públicas. En países donde los medios ya están saturados (casi siempre de mediocridad), estos novatos periodistas y reporteros poco creativos, (a quienes en algunos países llamamos colgandijos porque solamente saben estirar el brazo con una grabadora o un teléfono celular) no tienen otra alternativa que buscar trabajo como relacionadores públicos en empresas o instituciones gubernamentales, y se la pasan haciendo boletines institucionales o convocando a conferencias de prensa. Cuatro años de estudio para eso. (En realidad, los mejores periodistas que yo conozco no han pasado como estudiantes por las facultades de comunicación social ).
Comunicadores y periodistas
En el campo del desarrollo y del cambio social hay necesidades urgentes e importantes que no son satisfechas por el actual ejército de periodistas. Cuando yo trabajaba en los años 90 en la Unicef en Nigeria y luego en Haití, necesitaba urgentemente contratar comunicadores, pero solamente recibía currículum vitae de periodistas. Estos eran profesionales muy capaces para redactar artículos o producir programas de radio y televisión, para organizar conferencias de prensa o preparar boletines, pero eso no era lo que necesitábamos para mejorar las condiciones de vida en las comunidades.
Cuando uno habla de un comunicador, se refiere a un profesional que tiene pensamiento estratégico, y es capaz de planificar acciones de comunicación de mediano y largo plazo, a favor del desarrollo y el cambio social. Un comunicador entiende la comunicación como un proceso, no como una suma de mensajes. Los periodistas (soy también periodista, además de comunicador) tenemos un sentido inmediato y oportunista de la realidad, y valoramos mensajes por encima de procesos. El perfil ideal sería una mezcla de periodista y comunicador; rara vez se da, aunque en América Latina tenemos varios de los buenos.
Las 20 universidades que en el mundo se especializan en comunicación para el desarrollo y el cambio social son en este momento más necesarias que las dos mil que producen periodistas, pues mientras el mercado de trabajo en los medios masivos de información está saturado, hay cada vez mayores necesidades en los proyectos y programas de desarrollo. Sin embargo, hay algunas barreras: muchos de los que toman decisiones en las agencias de desarrollo y cooperación, no tienen la menor idea de la comunicación y están convencidos de que es algo que sirve para hacerse publicidad y ganar visibilidad institucional.
Las cosas están cambiando lentamente y es parte del trabajo de los comunicadores (y también de los periodistas honestos) explicar la diferencia que existe entre ambas profesiones. La comunicación para el cambio social y el desarrollo atraviesa por una situación similar a la que vivió la antropología a principios del siglo pasado: demoró 50 años en ser reconocida como una disciplina diferente de la sociología. Hoy también, pocos son los que distinguen entre el periodismo y la comunicación, pero ya se está abriendo el campo poco a poco gracias a recientes congresos y publicaciones especializadas.
Tenemos demasiadas universidades clon que copian sus programas de periodismo de unas a otras, y le tienen mucho miedo a las palabras desarrollo , cambio social , así como a la comunicación alternativa , participativa , ciudadana , horizontal , etcétera. En esas facultades de periodismo siguen leyendo los textos mal interpretados de Schramm, Lerner o Rogers, y de esa manera se supeditan a un pensamiento generado en Estados Unidos. Incluso se sigue leyendo al primer Everett Rogers, el de la Difusión de Innovaciones (1962) y no al posterior a 1976, que revisó críticamente su posición. Pero lo grave de esto no es que los alumnos de las carreras de comunicación social lean a teóricos de Estados Unidos. Lo grave es que ignoren el pensamiento producido en América Latina, que es bastante en calidad y cantidad, si revisamos la bibliografía de Beltrán, Pasquali, Díaz Bordenave, Prieto Castillo y tantos otros. Los estudiantes ejercen a veces presión para que los programas de estudio mejoren, pero la resistencia de quienes ven la universidad como un negocio, es enorme.
Honrosas excepciones en América Latina

En la Universidad del Norte, en Barranquilla, Colombia, comenzó a funcionar en 2006 una maestría con énfasis en comunicación para el cambio social. En la Pontificia Universidad Católica del Perú, en Lima, está una licenciatura en comunicación para el desarrollo, bajo la responsabilidad de Luis Peirano (decano) y Hugo Aguirre (director). En la Universidad Andina Simón Bolívar, en su sede de La Paz (Bolivia), hay una maestría en Comunicación para el Desarrollo que dirige Erick Torrico, a su vez presidente del Observatorio Nacional de Medios (Onadem). En la Universidad de La Plata se ofrece la maestría de Planificación y Gestión de la Comunicación (Plangesco), orientada precisamente hacia el desarrollo.
Ojalá en otros países tuviéramos más universidades como éstas, y más profesionales y académicos que entienden la necesidad de una comunicación que contribuye en los cambios sociales.

jueves, 27 de noviembre de 2008



¿Qué se lee en México?
Por Magali Tercero.

I. Los agostos triturados de Fonseca.
El agitado joven apiló siete agostos de Rubem Fonseca y colocó encima un letrero: “Sólo 25 pesos”. Luego se dirigió a otro librero de la feria anual del camellón de Nuevo León: “Estaban triturando 2 mil volúmenes de Cal y arena allá por Iztacalco. Logré salvar 30 títulos”. Recordando un cartel en la mesa de ofertas de la librería Teorema, “si no los compras nunca los quisiste leer”, adquirí un ejemplar preguntándome por qué las editoriales no regalan sus excedentes a las bibliotecas. Varias semanas después un avezado librero, Agustín Jiménez, de La Torre de Lulio, explicó en entrevista la causa de conducta tan extraña: 1) las bibliotecas gubernamentales no pueden recibir regalos porque tienen qué justificarlos; 2) tampoco compran libros porque no hay dinero; 3) los editores pagan hasta 30 mil pesos mensuales por la renta de bodegas; 4) sale más barato tirar a la basura los libros que no fueron rematados y 5) por ley un editor tiene un plazo determinado para mandar a reciclaje lo que no vendió. “Si editas cinco mil fonsecas —agregó Jiménez—, nunca llegarás a tener más de mil lectores. ¿Qué vas a hacer con los cuatro mil libros sobrantes? Puedes embodegarlos pero cuesta mucho. Puedes rebajar el precio pero nadie los va a comprar porque ya te acabaste los lectores para ese autor. ¿Qué biblioteca te va a pedir novelas de Rubem Fonseca para niños de primero de secundaria? Yo he ido al Colegio de México y he visto intonsos los volúmenes históricos de Francisco Gines Ríos y Francisco Moreno Villa porque nunca fueron solicitados. ¡Y es el Colmex! Los grandes editores esperan recuperar algún día lo que sigue de los primeros 500 ejemplares, no más. ¿Qué hacer entonces? Lo sano es dar dos años a cada libro. Si en ese plazo no vendiste, lo mejor es reciclar. De otra manera le estás metiendo dinero bueno al dinero malo”, termina Agustín al tiempo que muestra una parte de la biblioteca de una escritora mexicana que vive fuera y se ha deshecho de unos mil títulos por cinco mil pesos. Nuestro librero cuenta que primero volaron los diccionarios y luego un montonal de novelas, más esos libros autografiados con los que todo autor, según escribe Gabriel Zaid, pone en aprietos a sus amigos: los demasiados libros que siempre menciona este ensayista en recuerdo de un poeta árabe del siglo XIV.¿Dije diccionarios? En la red puede leerse esta nota de la Asociación Nacional de Libreros: “Cada época trae sus nichos editoriales y es importante identificarlos. Los diccionarios son el nuevo nicho. Si bien en España y en América Latina no se tienen datos confiables sobre su venta, es visible que el 2004 fue su año. Casi todos fueron editados en España con excepción de la reedición del Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española. Los diccionarios han ganado un espacio en los hábitos de compra que no deja de llamar la atención”. También forman parte de la economía editorial la venta a domicilio de enciclopedias y biblias, además de los libros de texto no oficiales, las lujosas ediciones de arte obsequiadas por los bancos o la venta de fascículos en puestos de periódicos. Semejante diversificación indica que nuestra industria editorial exige olvidar romanticismos y tratar al libro como un objeto a vender desde un alto nivel de profesionalismo. “Si los mexicanos no somos capaces de fundar y dirigir editoriales importantes van a serlo los argentinos, los alemanes o los italianos, pues el mundo globalizado ya está aquí”, afirma Braulio Peralta, director en México de Random House Mondadori. El pez grande se come al chico, para decirlo brevemente. Y, como dice Antonio Navalón, el hombre clave de Santillana, Alfaguara, Taurus y Aguilar, “el desafío está en hacer un negocio haciendo al mismo tiempo país porque es una aberración que esta civilización mexicana la queramos gobernar desde el DF y esté concentrado el consumo de los libros en más de 70 por ciento en la capital”.¿Los demasiados libros? De acuerdo con Ricardo Nudelman, gerente general del Fondo de Cultura Económica, “más de 100 mil títulos nuevos y reimpresiones se lanzan cada año al mercado de habla castellana. Unos 15 mil se producen en México, pero la cantidad de puntos de venta no creció como la oferta y las librerías profesionales no satisfacen las necesidades del lector moderno, contribuyendo muy poco a la promoción de la lectura”. ¿Cuantificar lo leído? Navalón, representante en México del Grupo Prisa, es tajante: “La lectura, como todo lo íntimo, como todo lo importante, no permite grandes cuantificaciones. Desde que Vasconcelos ocupa la Secretaría de Educación Pública la relación con el libro se convierte en un elemento fundamental de la política cultural. Las editoriales y el mundo cultural estamos haciendo algo suicida que es destruir las librerías”, confiesa el mismo que hará un año protagonizó un pequeño escándalo por promover con gran bombo una exposición de muy mediana calidad.
II. “El mexicano lee revistas llenas de monitos”
Pero regresemos a la feria de libros usados. Muy cerca del puesto de Cal y arena un hombre canoso está recomendando El Hallazgo a un estudiante colombiano que busca el texto de Jules Renard protagonizado por un niño con pelos de zanahoria. Es Lino Adolfo Lebrija y Dávila, de 68 años, quien supera por mucho los cuatro libros anuales recomendados por la UNESCO para “el sano desarrollo de la sociedad”. Miembro del Consejo de la Crónica desde hace un lustro, aprendió a ser lector con los llamados “libros de relación” escritos por los frailes dieguinos del ex Convento de Churubusco. Frente a él hay un ejemplar de México: apuntes históricos, el libro de Rius ilustrado por Abel Quezada para los festejos olímpicos del 68. Le cuento que Luis González Obregón organizó en el Archivo General de la Nación la relación de libros que llegaron con la Nao de China. Los barcos venían cargados de libros de caballería, cientos de amadises que después prohibiría la Inquisición. ¿Qué lee el mexicano del siglo XXI? Lebrija y Dávila define: “Una serie de revistas de lectura rápida porque están llenas de monitos”. Detengámonos, pues, en las estadísticas. En 2001 El libro vaquero vendía 800 mil ejemplares semanales, cantidad asombrosa si se piensa que en 2000 circulaban a nivel nacional 800 revistas entre semanarios políticos, revistas femeninas y, desde luego, historietas vaqueras para ellos y novelas rosas para ellas. Hoy El libro vaquero vende 41.6 millones de ejemplares por año, casi 18 millones menos que en 1985. El libro policiaco alcanza los 28.6 millones, TVnovelas, 28 y TVnotas 21.8 millones. ¿Demasiadas lecturas poco nutritivas según el canon intelectual? No si se recuerda que hace 20 años El libro vaquero despachaba 63 millones de ejemplares anuales equivalentes a 600 mil por semana, es decir 21.4 millones menos que ahora. Media docena de voceadores encuestados atribuyen a la televisión y a Internet la disminución de lectores de este cómic apto como siempre para entretener incluso a los seis millones de analfabetas admitidos por las estadísticas de 2000, entre quienes cuatro millones pasan de los 50 años, según informó a confabulario el director del Instituto Nacional de Educación para Adultos (INEA), Ramón de la Peña.Mientras tanto, las cifras de la UNESCO indican que el consumo anual de libros per cápita es de medio a un volumen completo. “¿Lo ves? En México sí hay lectores”, dice el escritor y editor Roberto Pliego, conocido por sus numeralias y autor de El libro inútil, el cual, por cierto, ya llegó a las librerías de usado. Pero Pliego, en otro tiempo lector de Kalimán y Rarotonga, habla en serio: “Aquí se busca la letra impresa donde no hay nada. No por eso somos malos lectores, sólo habría que poner a Conrad junto a las historietas y darles Henry Miller y Balzac a esos lectores de Metro que no han tenido un buen consejo. Somos buenos lectores de revistas y no desdeño ni el TVnotas, pues implica muchas horas nalga. Otra cosa muy difícil de calibrar son los 2.2 libros al año que supuestamente lee el mexicano. Esto aterra pero ojo: las estadísticas nunca incluyen al lector porque sólo contabilizan libros”.Como vemos el mexicano lee aunque no precisamente a Martin Amis, cuyo Campos de Londres ha vendido, entre enero y octubre de 2005, dos ejemplares en la casa matriz de El Sótano. La editora Margarita Sologuren del consorcio editorial Planeta —mano derecha del director editorial Jesús Anaya, uno de los miembros del gremio que más ha escrito sobre el fenómeno de la lectura en México— afirma que cada libro tiene su nicho, “lo importante no es si se venden 2 mil o 150 mil ejemplares, sino que cada libro llegue a sus lectores naturales”. ¿Por qué un Canetti se queda en el último rincón?, pregunto a cuatro editores de la Alianza de Editores Mexicanos Independientes (AEMI). Alejandro Zenker, quien publica una colección dedicada al mundo editorial en Ediciones el Ermitaño, responde: “Es un fenómeno internacional. No es lo ‘bueno’ lo que vende más, sino lo que un complejo aparato mercadotécnico pone en mente de los potenciales lectores y coloca en los puntos de venta con todos los privilegios de un artículo de primera necesidad. Podríamos decir que tenemos el país de lectores que históricamente hemos creado. Tenemos que cambiar esa inercia”. ¿Atroz? Decida usted, lector. Los mexicanos leemos por año los ya mencionados 41.6 millones de libros vaqueros y libros sentimentales, pero aquí vivimos cien millones de personas. ¿Qué más se lee? En apariencia (Gandhi siempre tiene números atrasados) unos 30 mil lectores compran cada mes su ejemplar de Letras libres, según dijo el poeta Julio Trujillo a otro diario. “Es un mercado que no lee pero que también tiene una tradición loable de comprar prensa cultural. Si comparas los 30 mil ejemplares de Letras libres con los 250 mil del Magazine Littéraire no es nada, pero una revista cultural leyéndose, pasándose de mano en mano, es un índice muy saludable”.¿Qué leen, descontando estas 30 mil revistas, los otros 49.4 millones? ¿El Perfume, de Patrick Suskind, con 300 mil volúmenes vendidos en 20 años? ¿La biografía de Karol Wojtila, con ventas de 40 mil? Jesús Anaya sostiene que los índices de lectura suelen ser falsos. “A la prensa le encanta cuando alguien asegura que cada habitante lee 2.3 libros por año. ¿De dónde sacan eso? Para empezar ni siquiera sabemos cuántos libros se producen”, afirma este editor que estuvo en la Cámara Nacional de la Industria Editorial en 1990. “Cuando trabajaba ahí como gerente de investigaciones yo respondía ‘no sabemos cuántos libros se produjeron’. Uno de France Press me dijo ‘no se me ponga difícil, en otros años siempre había un señor muy amable que decía: pues tanto’. Le respondí que era un mentiroso”, declara, enfático, Anaya.
III. La mano peluda y los grandes consorcios.
Andrés Ramírez, editor literario en Planeta, comenta: “Hay un espectro bastante amplio, vendemos desde libros populares como Cañitas, de Carlos Trejo, con historias de fantasmas que lo han convertido en el preferido de los muchachos de secundaria, y La mano peluda de Juan Ramón Sáenz, relatos procedentes de un programa de terror transmitido con muchísimo éxito por Radio Fórmula. Es el Stepehn King de México sólo que con historias verídicas, con ventas de 80 mil ejemplares en su primera edición”. Desde luego las ventas de La mano… están relacionadas con el éxito en los medios, igual que sucede con Las crónicas de Narnia, una saga literariamente muy superior a Harry Potter y que, como este, ya es película. ¿Logró Harry Potter el milagro de que los niños mexicanos lean? Algunos entrevistados para este reportaje cree que sí, aunque Braulio Peralta lo consideró “un ejemplo claro de vacío”. Pero volvamos a Ramírez: “El mayor éxito editorial es El código Da Vinci, que en México lleva un millón de libros vendidos, un thriller psicológico y místico. El fenómeno tiene algo de milenarista y está muy de acuerdo con los tiempos”.—¿Los libros comerciales sostienen la producción de otro tipo de literatura?—Los clásicos mexicanos de la editorial como Ibarguengoita, Arreola, Garro, Fuentes, Paz, Paco Ignacio Taibo II y José Agustín (con 250 mil ejemplares de la Tragicomedia… vendidos en 15 años) lo hacen en tanto sus libros se estén reeditando y nos den margen para apostar por jóvenes como García, Xoconostle y Servín. Digo a Ramírez que encontré en la recepción a un tipo muy nervioso, en sus postreros veintes, casi abrazado a un engargolado de color negro. Su tema era el primer samurai en la historia de México, su género la novela de aventuras y ésta su primera empresa literaria. Después me contaron que a la editorial llegan a diario tres o cuatro escritores noveles.—¿Qué tan aplicados son ustedes para hacer estos dictámenes? Todos sabemos que conecte mata mediocridad…—Conectes o no, en Planeta se lee todo lo que llega. Aún no encuentro esa joya que espera todo editor. Por desgracia el romanticismo mexicano que nos impide ver como negocio a la industria editorial nos hace pensar que con que tengas una historia interesante ya está. A veces sólo es cuestión de experiencia. En diez años ese escritor podría publicar una buena novela.

IV. El país de las no cifras.
Roland Barthes pensaba que la lectura, necesariamente y por placer, tendría que conducir a la escritura. Sostenía también que algo falla que nos limitamos a recibir estímulos librescos, radiofónicos, televisivos y, agreguemos, electrónicos. Calificaba la lectura, amparado en un pasaje de En busca del tiempo perdido donde el protagonista se refugia en el excusado para leer, como un acto de intimidad teñido de connotaciones freudianas relacionadas con la fase anal. Es decir, proponía que en lugar de vivir procesos retentivos de la imaginación debemos devolver eso que sólo la lectura otorga a un ser humano. “Eso sería civilización”, dijo. Y Juan José Arreola repetía siempre que la cultura es una actitud ante la vida. A mi memoria acuden un montón de frases célebres mientras recuerdo a Jesús Anaya blandiendo un diario con este titular: “Atacará Feria del Zócalo el mito de que no se lee”. Entre divertido y desesperado pregunta: “¿Sabes qué van a hacer? Pues 600 actos que distraen, como presentar un libro académico sobre la agricultura y las vacas. Ya se llenó de actividades peor que Minería. Es una falta de respeto”.—¿Cómo saber qué se lee en México? —No ha habido una verdadera encuesta nacional y por tanto no se conoce cuáles libros se leen, cómo se leen, con qué frecuencia. La Caniem lleva años tratando de obtener una encuesta sobre lo que se produce y resulta que no se tiene la posibilidad de fijar una serie histórica porque los resultados nunca son equivalentes. Si acaso lo podría saber el sector privado. Aquí en Planeta yo lo sé, pero el gobierno, uno de los principales editores a través de estados y municipios, no tiene ninguna estadística, seguramente porque los libros están en las bodegas. Las secretarías producen muchísimo y después de la SEP y sus textos obligatorios, el INEGI es el principal editor gubernamental. ¡Pues tampoco hay números sobre eso! Las publicaciones universitarias son miles, pero una cosa es que se publique y otra que se distribuya y se piense que cada libro tiene un público real. Ahí está el primer problema. ¿Cómo tener un mapa? Antes de estar en la Cámara escribía sobre estos temas de manera independiente. También organicé la maestría de edición en la Universidad de Guadalajara y llevo tres años en el diplomado coordinado por la UNAM y la Caniem. Todos mis alumnos te pueden decir cuál es mi obsesión. Ya tengo aquí ocho años y yo sí trato de abrir los ojos a todos, decir que el rey está desnudo. Es un terreno muy espinoso porque no hay información. Cada editorial tiene sus datos celosamente guardados.“¿Por qué tanto secreto?”, pregunto pensando en nuestra reserva tan española, tan mexicana y tan irritante. “Después de todas estas aproximaciones a la información creo que en los otros sectores debe haber el mismo problema. Pero somos muy audaces porque sí publicamos las estadísticas de producción y venta del narcotráfico. ¿Cómo le hacen para calcular? ¿Entrevistan a los narcos y preguntan cuánto produjo usted este año en Chihuahua y cuánto vendió en EU? Es ridículo, pero la ONU inventó los indicadores del bienestar. En la UNESCO se les ocurrió hacer algo similar para los libros pero… ¿cómo le haces si no tienes la información? No sólo la prensa presiona obligándote a decir cualquier cosa: los funcionarios repiten las mismas mentiras sin tener ningún fundamento. ¿Cuántas veces se habla de la biblioteca gigantesca mencionando cifras para justificar quién sabe qué? ¿Tú sabes cómo hacen las estadísticas de afluencia de las bibliotecas? Hay un torniquete, pasas, te registras y ya está. ¿Dónde quedan los niños que salen y entran cada diez minutos?”.¿El caos? Sí señor, pero Anaya remata con una afirmación alentadora: “Aún así podemos asegurar que se lee mucho más de lo que creemos. Si no, ¿cómo entiendes que la piratería tenga tanto éxito? Aquí entra el tema de qué debemos leer. ¿Quién es el lindo que va a decirlo? Hay jóvenes que empiezan leyendo un libro de terror y terminan leyendo a Julio Verne y a Lovecraft. Los caminos para llegar a la lectura son infinitos y de ninguna manera podemos ser tan moralistas”. “¿Por qué tenemos que ser así?”, inquiero odiando nuestra solemnidad acomplejada de país colonial. “Porque la cultura es intocable. Lo que sí, tenemos muy pocos compradores para lo que necesita la industria. Te lo muestran nuestras deplorables librerías. Hay millones de mexicanos que no consideran que la librería sea algo tan importante como cualquier otro lugar de esparcimiento. El día que logremos librerías verdaderamente encantadoras cambiarán las cosas”.
V. Un pirata en cada hijo te dio.
La calle de Donceles es nuestro foco pirata por excelencia. Según la Caniem, dos de cada diez libros son pirateados o reprografiados, sin impuestos, pagos de derechos de autor, ni ley en un supuesto Estado de Derecho. Al parecer los editores pirata suelen manejar unos 80 títulos. La silla del águila, por mencionar a Fuentes, estuvo a la venta tres días antes del lanzamiento. Hace un mes los libreros ambulantes de La Ciudadela condenaron acremente la piratería aunque esta reportera se mostró asombrada por sus libros nuevecitos a precio inmejorable. Uno de Eduardo Monteverde sobre la locura costaba, por ejemplo, sólo 50 pesos. Quince días después el volumen se presentó públicamente casi tres veces más caro. ¿Cómo no va a afectar esto a la industria editorial? Para Anaya la piratería es parte del crimen organizado. Planeta ya vio la versión pirata de Los suspirantes, de Jorge Zepeda, pirateada a la semana de haber salido. Sobre este fenómeno, Peralta asegura: “Estos conflictos no están bien tipificados por la ley y la sociedad es consumidora de piratería, toda una contradicción ética”. Agustín Jiménez conoció a una mujer apodada justamente La Pirata, que después de reproducir ilegalmente miles de libros para estudiantes de medicina se retiró y compró tres casas. “En realidad es muy fácil piratear”, explica Anaya. “Haces robo hormiga en las librerías, coges el negativo directo, con una calidad deficiente claro, y sólo escaneas la portada. Lo vendes a menos de la mitad de precio y qué te importa si faltan capítulos. Ellos hacen lo que el editor no se atrevió”. A su lado, Margarita Sologuren agrega muy seria: “¿Sabes que en el caso de Carlos Trejo la piratería vendió casi tanto como Planeta? La lista de piratas que tenemos sí refleja la demanda de la calle”.
VI. Mercado esotérico: ¿creación del lector?
Pirata o no, el libro actual se orienta cada vez más hacia los temas esotéricos entreverados con los consejos de superación personal. Hace poco vi en la librería del FCE —que estos días celebró sus cien millones de ejemplares con una reedición de El laberinto de la soledad— una mesa con libros españoles de la “alta esoteria”. Había un Evangelio gnóstico de Santo Tomás y otro texto secreto de Carl G. Jung, supuestamente escrito bajo dictado superior y firmado, al uso de la tradición mística, con el nombre de un maestro espiritual. “Piden muchos libros de sabiduría extraterrestre”, explica un librero ambulante de La Ciudadela que antes vendía novela histórica y ahora ha cambiado de giro con resultados espectaculares. No hay nada nuevo bajo el sol y menos este boom: ya en 1976 Mircea Eliade sostenía que ni siquiera él, historiador de las religiones, podía explicar la creciente demanda de obras de este tipo. De acuerdo con Héctor Pons, gerente de relaciones públicas de El Sótano, a México todo llega tarde y es una realidad que las ventas de la esoteria editorial se dispararon recientemente. El propio Peralta, autor de El poeta en su tierra y Premio Testimonio Chihuahua 2005, precisa: “Nunca hemos llegado al 2% de lectores en México, de entre cien millones de mexicanos. La literatura no pasa por buen momento aunque nunca ha tenido buenos tiempos en ninguna parte y los medios también promueven lo que más vende, en detrimento de los libros literarios. En estas circunstancias se ha creado una industria a la que el mercado pide otra cosa: libros coyunturales, de autoayuda, novelas históricas, textos esotéricos, biografías. No son invenciones, son exigencias del mercado creado por lectores. Los hábitos de lectura no son responsabilidad de la industria. Ese ejercicio le compete al Estado y a la educación que tenemos en México. Como es sabido, el presidente Fox regaló a todos los miembros de su gabinete una edición especial a todo lujo, con hilos de oro, de ¿Quién se ha llevado mi queso? ¡Es un libro de autoayuda! Eso te da la dimensión de nuestro actual gobierno en materia educativa”. Lo cierto es que en todos lados hay títulos dudosos. ¿Cómo puede orientarse un joven en formación ante una oferta tan heterogénea? ¿Quién le explica que es mejor leer a Marco Aurelio y a Séneca que a Coelho o a Osho?En El Péndulo de la Condesa ya está el Libro de los milagros vendiéndose como pan caliente. También ocurre al revés: eminencias como William James son publicadas en ediciones baratas que Sanborn’s ubica en su sección esotérica por analizar la experiencia religiosa. Se rumora que Carlos Slim ya compró la Librería Gandhi, un lugar donde autores como Canetti y Sontag, cuyas ventas nunca pasan de dos mil anuales, quedan sepultados bajo la abundante oferta de texto escolar, libro semiserio de autoayuda, textos extrañamente híbridos como la autobiografía-ensayo de la filósofa Paulina López Portillo o historias familiares como la de Kitzia Nin Poniatowska.¿Se están mezclando los antaño géneros serios con lo más superficial y mercadotécnico? Peralta piensa que sí. Dice que depende mucho de los dueños de librerías y de la calidad que buscan. “Los vendedores no han recibido un mínimo curso de organización de libros, los cual, dígase lo que se diga, lleva a vender menos. Lo que se contrajo es la producción del libro, no la expansión de distribuidores. Los libreros son, al igual que en la industria del cine, los que pueden llevar la mejor tajada. Eso todavía no alcanzan a dimensionarlo los medios de comunicación”.Por otro lado, la gente está leyendo libros coyunturales o de análisis político. Por ejemplo, La familia presidencial, cuyas ventas alcanzaron más de 100 mil ejemplares entre enero y octubre pasados junto con Crónicas malditas de Olga Wornat. O La conspiración de la fortuna de Héctor Aguilar Camín, que va en 50 mil. Pero van al parejo con lo que Pons define como “el esoterismo que en los últimos cinco años ha crecido enormemente en sus variantes new age sobre reencarnación, numerología, orientalismo —que pegó en Europa en los 60 y ahora apenas viene llegando a México— junto con los temas que se ponen de moda para morir rápido como los ‘niños índigo y cristal’ con supuestas facultades parasicológicas que harán evolucionar a la humanidad”. Osho, el Dalai Lama y Paulo Coehlo son los best-sellers indiscutibles, informa Pons, con diez años de experiencia en la venta de libros, y agrega: “El mercado de niños está impresionante. Hace siete años teníamos un rincón con dos o tres cositas. Ahora existe la librería El Sótano Sólo para Niños con 10 mil títulos”. ¿Y la literatura femenina y los estudios de género que reflejan una sociedad cambiante? Tiene su nicho, si bien muy discreto. ¿Tanto esoterismo indica que andamos súper mal? “Sí —responde Pons—, aunque es positivo que exista la inquietud de mejorar”. Otro nicho, explica, es el de los títulos dirigidos a un mercado que no lee, tipo el El abc de la música clásica y Todo lo que hay que saber, ambos de Taurus, muy bien vendidos en su momento y un indicador de que la gente “también compra libros para tener buenos temas en las reuniones sociales”, comentario con el que Navalón no está de acuerdo: “Mientras más avanza el concepto de globalización más me preocupa encontrar los elementos que den los rasgos de personalidad de nuestros pueblos, el acervo de saber”. Hace poco el escritor Julio Villanueva Chang, director de Etiqueta negra, revista peruana de crónica literaria con un éxito inusitado, dijo a un diario español que su objetivo “es hacer leer a la gente a la que no le gusta leer [pues] uno de los grandes problemas actuales es la sobreoferta de lectura, lo que hace que el público se paralice y al final no escoja nada ni lea nada”. En este tren de pensamientos citemos a Alberto Ruy Sánchez, director de Artes de México, una revista de alta divulgación con un público diverso. “Nuestro sistema se basa en no depender de best-sellers: si unos títulos se venden más al principio luego los alcanzan los demás. Nuestra editorial subsiste porque sí existe un grupo numeroso de gente interesada en contenidos de calidad. De los primeros treinta títulos de Artes de México ha habido un tiraje promedio de treinta y cinco mil ejemplares en varias tiradas. Lectores de varias clases sociales, distintas ciudades y diferentes medios culturales que se convierten en un mercado asiduo, listo para responder cuando se hace un esfuerzo mayúsculo por obtener alto nivel”.
VII. Los cien mil ejemplares de Playboy
—¿Es mal lector el mexicano?— pregunto a Mónica Maristáin, directora de Playboy México, que agota cada mes un tiraje de cien mil ejemplares, con un 16% de mujeres compradoras. —Tampoco se lee tan poco. En el metro siempre ves un libro o una revista en manos de los usuarios. Las editoriales no se quieren hacer cargo pero México es el lugar donde más caro está el libro. Hace poco surtí una receta del traumatólogo, una pomada y un analgésico. Fueron 350 pesos, lo cual explica que muchos enfermos no se atiendan. El último libro de Amis cuesta 700 pesos. Por mucho menos me compro el Playboy, una revista cuyo concepto incluye la belleza femenina y un estilo de vida para hombres que saben quién es Ian McEwan y compran su ejemplar también por la última receta de martini o por las secciones de cine y de música. En México hay excelentes revistas que son un refugio de lectura: Gatopardo, Amor chilango, El huevo. En cambio los periódicos han renunciado a su labor educativa y a sus lectores.—¿Fomenta la lectura la combinación de señoritas desnudas y artículos cultos? —¡No! Ése es otro mito— ríe Maristáin, periodista argentina radicada en México.
VIII. Haciendo méritos académicos
“No hay lugar para colocar tantos libros”, reitera Nudelman. ¿Los demasiados libros causantes de daños según el poeta árabe? El coordinador editorial de una importante institución pública, quien prefirió mantener el anonimato, dijo a confabulario: “Gran parte de lo publicado por las instituciones académicas obedece a la necesidad de juntar puntos para el Sistema Nacional de Investigadores y otros organismos afines, de lo cual depende una parte significativa de los sueldos de todos”. El lector tiene seguramente su propia idea sobre el analfabetismo funcional. ¿Quién que lea suplementos no ha pertenecido en algún momento al grupo de los universitarios más interesados en escribir sus propios libros que en leer, como ha dicho Zaid? ¿Las escasísimas librerías? Nudelman dice que no llegan a 400 en todo México. ¿Los numerosos analfabetas? No hace mucho el delegado michoacano del Instituto Nacional de Educación para los Adultos, INEA, informó que 2, 416 educandos concluyeron su alfabetización. Y estamos hablando de un solo estado de la República. ¿El alto costo del libro? Justo nuestro único auténtico best-seller internacional mexicano, Paco Ignacio Taibo II, con traducciones a todos los idiomas y 2 millones 200 mil ejemplares vendidos en México y fuera de él, declaró que el mexicano compra libros por costo, algo fácilmente comprobable en la Librería Umbral, donde se puede encontrar lo mejor y lo peor a precios muy bajos, y el público adquiere novelas del boom latinoamericano en 29 pesos o “long-best-sellers de autoayuda”—en su momento publicados por editores exigentes como André Schiffrin— como Cuando el amor es odio, libro de Susan Forward sobre la misoginia que no ha dejado de venderse desde los 80. Al respecto Ruy Sánchez advierte: “Aumentar 15 por ciento de IVA puede hacer que una editorial de alta calidad cierre al desplomarse el 50 % de los lectores espontáneos”.
IX. Entre la magnitud estadística y la intimidad lectora.
Lo dice muy bien Jean-Francois Borrel —presidente de la Sociedad de Literatura Española del siglo XIX— cuando, al final de una conferencia sobre la impronta del lector decimonónico en los libros, intenta responderme qué lee el hombre contemporáneo: “Es difícil sistematizar, hay que cruzar las típicas encuestas y luego, en una perspectiva más antropológica, conversar con lectores para darse cuenta de cuáles son sus aspiraciones y cómo interpretan los textos. Es un juego un poco dialéctico entre la magnitud estadística y lo muy personal, muy íntimo que es el acto de lectura”. Borrel ha deleitado —es la palabra justa— a un pequeño auditorio con las huellas de lectura manuscritas en los márgenes de los libros antiguos procedentes de diversos poblados españoles. “Yo desde luego sólo le puedo contestar según mis observaciones. Por ejemplo, el espacio de la lectura actual es abierto. Leer fuera, en el Metro, no era en el siglo XIX una práctica corriente. Que los niños lean por su cuenta es un verdadero logro y en Francia, por ejemplo, tenemos dispositivos de lectura-placer dentro del mismo marco escolar. Mi esposa va cada semana a leer libros a cuatro o cinco niños pequeños. Ellos escogen el título y ella lee abriendo el libro ante su vista para que puedan captar el sentido, ver las imágenes y luego discutir, afirmar sus preferencias. Lo que quieren, ¿sabe usted?, son libros de amor”, cuenta el catedrático, bajando la voz sensiblemente. ¿Lo que hace falta es promover leyes que contribuyan al fomento de la lectura, como la que arrojó excelentes resultados en Francia y se ha convertido en un referente fundamental?Precisamente durante la visita al Instituto Mora he encontrado en la biblioteca a un estudioso que insiste en la importancia de la lectura en voz alta para la creación de lectores. En el siglo XIX ésta era una práctica común en las salas de las casas, en las tertulias de las célebres librerías del centro, en los cafés… ¿Justo lo que buscaban los casi moribundos Libro Clubs nacidos durante la gubernatura defeña de Cuautémoc Cárdenas? X. El Estado, el peor obstáculo para la lectura¿Cuáles son los verdaderos obstáculos para crear un país de lectores? ¿Las librerías? ¿La educación y las bibliotecas? ¿El libro pirata? ¿Las políticas fiscales? Pablo Moya, director de la editorial independiente El Milagro señala al Estado como el problema principal con sus políticas culturales y educativas. “La ley fiscal per se es ya motivo suficiente para complicar y desalentar la edición de libros en México. Inventar membretes pasajeros como ‘hacia un país de lectores’, ‘la cultura en tus manos’ o ‘México a escena’ sólo maquilla u oculta su fracaso. Empezamos a editar cuando la situación era ya difícil y en estos 14 años sólo hemos visto cómo las cosas van empeorando año con año”. ¿Un mercado editorial deprimido? Desde la cárcel, a donde fue a dar luego de un operativo brutal por un incumplimiento de contrato, Fernando Valdés, director de Plaza y Valdés, hace números: “En los 60 y 70 había más de 1,300 editoriales, en la actualidad hay menos de 400. Teníamos más de cien librerías en el DF y ahora hay menos de 70 y un 60 por ciento son de viejo. Paseo de la Reforma tenía ocho librerías y ninguna ahora. Libreros como Polo Duarte, Raúl Guzmán, Félix Moreno Canalejas, Librería Capital y Manuel Antonio Navarrete, Manuel López Gallo, Mauricio Achar, se están yendo aunque todavía encontramos por ahí tres o cuatro librerías en extinción donde ahora podemos reunirnos los que añoramos las tertulias de Polo Duarte en Avenida Hidalgo”.
XI. La guillotina en clave morse.
Unos días antes de poner punto final a este reportaje me topo con el escritor Federico Campbell, quien informa: “Alfaguara me guillotinó mil 700 ejemplares de Clave morse, mi novela publicada en 2000. Desconozco los datos legales que condicionan esta venta de libros por kilo para reciclaje del papel, quizá las editoriales estén evitando impuestos o liberando bodegas, pero estoy sin editor. Me dieron 20 ejemplares de la primera edición, que yo creía agotada, y me devolvieron mis derechos de autor. ¿Será que tiran más ejemplares de los que confiesan?”. Lo miro y no sé qué decir. Los demasiados datos sobre la lectura en México ya me tienen confundida. Desde agosto pasado el editor Fernando Valdés está en prisión y es tratado como ninguno de nuestros corruptos políticos. Para José María Espinasa, director de Ediciones Sin Nombre, este hecho estuvo precedido por diversos síntomas de descomposición no sólo social, sino en la relación del Estado con la lectura. En el mundo de los demasiados libros no se viven tiempos propicios. Por ello vale la pena cerrar este texto con una reflexión de una sociedad pediátrica que desarrolla en Buenos Aires, otrora exquisito centro editorial de América Latina, un programa de lectura: “Los pediatras sabemos que el ser humano constituye su subjetividad a partir de lo simbólico y es el único ser capaz de crear cultura porque un universo de significados define su humanidad. En estos tiempos la revalorización de lo esencial cobra especial sentido. Leerle desde muy temprana edad y en voz alta a un niño es una de las acciones de mayor importancia, una contribución para disminuir la inequidad. La medicina conoce el rol del analfabetismo en la enfermedad y sabe que la nutrición integral incluye el afecto y la cultura”.
Tercero. Periodista. Coautora de Los mejores ensayos mexicanos y Premio Nacional de Crónica Urbana UACM 2005.

jueves, 30 de octubre de 2008


La única entrevista a la que me acompañó mi mamá en los 50 fue a la de Diego Rivera. Diego había pintado muchas veces a mi tía Pita Amor, y en una de esas la desnudó y para que no cupiera duda –aunque Pita en el retrato parece un pescadito rosa, un charal– escribió bajo sus pies: “Yo soy la poetisa Pita Amor”. Mamá esperó en el coche mientras yo subía al estudio en Altavista y me topé con uno de los hombres más desconcertantes y encantadores que me ha tocado entrevistar. Además me pareció generoso porque siempre tuvo tiempo para los periodistas, entre otros, una muchacha como yo. Su secretaria Teresita Proenza se asomaba de vez en cuando y le sonreía a mi juventud. Lento e indulgente accedió a contestar cuanta pregunta le hiciera, los ojos acuosos, sentado sobre una silla demasiado pequeña, elefante equilibrista y barrigón, barrigón (en el fondo todas las palabras en “on” se hicieron para Diego Rivera: Grandulón, concepción, cabezón, revolución, tragón –él mismo comentó que se echaba de un solo empujón un litro de tequila–, contemplación, ojón, –aluvión de mentiras que al final de cuentas resultaron verdades– y corazón; sí, porque a Diego se le salió del pecho. Saltó porque “el sapo es todo corazón” y se refugió en un medallón antiguo que a Frida le colgaba del pecho).
–¿Cuál es para usted el colmo de la felicidad?
–No haber nacido.
–Pero, ¿por qué dice usted eso?
(La señorita Judith Ferreto, quien llegó con una perrita, Capulina, interrumpe:)
–¿Ni siquiera el amor de Frida Kahlo justifica tu existencia, Dieguito?
–No. Porque en realidad le di tanta lata y le hice tanto daño que mejor sería no haber nacido.
–Su madre no diría lo mismo, maestro.
–Yo nunca quise a mi madre, y jamás me llevé bien con ella...
–Está usted como un señor que empieza su obra con un: “Yo odio a mi madre”.
–Bueno, no tanto.
(Declara Diego que hizo sufrir a Frida, y sin embargo, me acuerdo de un pasaje de la propio Frida: “Quizá esperen oír de mí lamentos de ‘lo mucho que se sufre’ viviendo con un hombre como Diego. Pero yo no creo que las márgenes de un río sufran por dejarlo correr...”)
–A ver, otra preguntita –sonríe Diego.
–Perdone maestro, me distraje. ¿Cuál es para usted el colmo de la infelicidad?
–El colmo de la infelicidad oscila entre el estreñimiento y asistir sin ganas a una reunión mundana.
–Sin embargo usted aparece en los periódicos un día sí y otro también. ¿No es usted amigo de los “Trescientos y algunos más”? ¿No le interesan a usted?
–No.
–¡Pero bien que los retrata!
–Sí. Pero no los conozco.
–¿Ni siquiera los conoce para retratarlos? Entonces, ¿cómo le hace?
–Para retratar no hay necesidad de interesarse ni de conocer al modelo.
–¡Eso es imposible!
–Me explico. Hay dos sentidos de conocer. El mundano, en el cual yo no conozco a la sociedad, puesto que no tengo el honor de frecuentarla. Y el sentido bíblico, en el cual puede decirse que la conozco.
–¿Y cuál es el sentido bíblico?
–¡No se haga, no se haga! ¿A poco no sabe? Es el sentido en que Noé conoció a sus hijas para crecer y multiplicarse el género humano. Además, no es preciso el conocimiento mundano para entender a la sociedad y saber todo lo que a ella concierne desde su origen hasta su presente y próximo futuro y observarla profundamente y con apasionado cuidado, e inclusive amarla en la persona de sus mejores ejemplares femeninos. Creo que es por eso que he podido pintarla. Nada importa que el amor no haya sido correspondido en la mayoría de los casos...
–¿Y quiénes son las mujeres que usted ha amado?
–¿Las mujeres que he amado? Tuve la suerte de amar a la mujer más maravillosa que he conocido. Ella fue la poesía misma y el genio mismo. Desgraciadamente no supe amarla a ella sola, pues he sido siempre incapaz de amar a una sola mujer. Dicen mis amigos que mi corazón es un multifamiliar. Por mi parte, creo que el mandato “amaos los unos a los otros” no indica limitación numérica de ninguna especie sino que antes bien, abarca a la humanidad entera.
–Pero yo lo que necesito son nombres, señor Rivera, nombres... ¿Cómo se llaman las mujeres a quienes usted ama?
–Si me pusiera a decirle nombres disgustaría a las nombradas... ¡y que nuestra Madre de Guadalupe nos libre de tal cosa! En segundo, ganaría fama de presumido, pedante y rajón, y habría cerrado para mi las veredas únicas que me interesa recorrer en esta cochina vida.
–¿Pero usted sólo considera a las mujeres como hembras? ¿O cree usted en su inteligencia y en su superioridad? ¿Cree usted en el matriarcado?
–En primer lugar yo estoy totalmente seguro de que la mujer no es de la misma especie del hombre. La humanidad es la mujer. Los hombres somos una subespecie de animales, casi estúpidos, insensitivos, inadecuados completamente para el amor, creados por la mujer para ponerse al servicio del ser inteligente y sensitivo que ellas representan. Un animal semi inteligente que ejecuta las tareas necesarias mediante la dirección de las mujeres, es decir, el hombre es a la mujer lo que el caballo es al hombre y nada más.
(La señorita Ferreto ríe. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! Mira a Diego y se retuerce un poco, interrumpe mimosa:)
–¿No te importa ser caballo, Dieguito?
–¡Burro, con tal de que me ensillen!
(Con razón dijo Frida: “No hablaré de Diego como de mi “esposo” porque sería ridículo. Diego no ha sido jamás ni será “esposo” de nadie. Tampoco como de un amante, porque él abarca mucho más allá de las limitaciones sexuales, y si hablara de él como de mi hijo, no haría sino describir o pintar mi propia emoción, casi mi autorretrato y no el de Diego).
–Daría todo lo que he podido hacer gozar, inclusive el amor de Frida Kahlo, lo único realmente grande que he tenido, con tal de haber evitado el asco y las molestias que he tenido que aguantar para vivir. Esto no quiere decir que sea yo pesimista. Soy más bien epicúreo y hedonista, dentro de lo que puede caber de estas tendencias en el marxismo. Por eso es evidente que el mayor placer es el de existir dentro de la maravillosa organización universal de la materia y aguantar las molestias del ciudadano habitante de uno de los mundos más mal hechos que sea posible concebir, que es nuestra querida Tierra.
–Entonces, si se pudiera volver a nacer, ¿regresaría a la Tierra?
–Ni de chiste.
–¿A dónde iría?
–A todas partes menos a la Tierra.
–¿Usted no cree en Dios?
–Definitivamente no. Porque no se puede creer en una fuerza que está implícita y presente en toda manifestación de energía o materia. No se cree más que cuando no se entiende. Y el concepto de los dioses es una miserable disminución a escala de un mundo en donde todo ser animado necesita asesinar para vivir, un rebajamiento del maravilloso principio vital que todo lo anima, lo mismo lo deseable que lo indeseable que tal vez sea indeseable solamente porque nosotros no lo entendemos claro.
(He conservado el modo de hablar de Diego por “alrevesado” que me parezca...)
–Pero maestro, ¿qué no le interesan las religiones?
–Yo respeto todas las religiones. Me interesan extraordinariamente en el mismo plano y por análogas razones con que respeto todas las enfermedades y me intereso extraordinariamente en su curación.
–¿Y cuál sería la curación para las enfermedades religiosas?
–La curación es la nueva sociedad socialista en su pleno desarrollo que implicará la muerte del Estado previa la difusión general del máximo conocimiento posible de la existencia universal cuando no haya represiones, autoridades, ignorancia, temor a la muerte, impotencia para evitar el dolor. Cuando se entiendan claro, las fuerzas del universo, no habrá ninguna razón para inventar dioses que nos den lo que no somos capaces de obtener por nuestras propias fuerzas...
–Pero maestro, nos falta siempre algo por obtener, y eso a lo cual aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser eternamente incompleto, es Dios.
(En este momento, Capulina brinca sobre las rodillas de Diego. Es una perrita pelona, con un abrigo de cuadritos morados y las uñas pintadas de rojo. Diego la apapacha, porque estuvo en la cama de Frida, en la noche en que ella murió. No sé por qué, pero toda esta casa de San Ángel sabe a Frida Kahlo. Será porque Teresita, la infatigable secretaria de Diego, que en ese instante le trae su té y sus medicinas, la recuerda constantemente: “Sabe usted, señorita, Fridita era tan valiente, tan generosa. Yo la oía hablar por teléfono: Fíjate, yo me siento muy bien, pero dice el doctor que me va a tener que cortar la pata...)
Miro a Diego, que sorbe lentamente su té en un dedal con pretensiones de taza. Yo me había imaginado a Diego bebiendo inmensos tarros de cerveza y cantando en ruso. Y resulta que es un blando y sumiso cordero que obedece el mandato de Teresita: “Dieguito, tómate tus medicinas”, y que pronuncia palabras en el francés más claro y cartesiano que pueda escucharse. Es un inmenso elefante de felpa, el papá de Dumbo, obediente y adormilado.
–¿Cuál es el hecho histórico que más admira?
(Al elefante, se le quita de pronto, la felpa).
–La Revolución de octubre que dio el poder al proletariado soviético y como consecuencia lo dará al proletariado mundial.
–¿Qué reforma social espera con ansia?
–La implantación del comunismo a escala mundial y en consecuencia, la de la muerte del Estado.
–Pero maestro, ¿qué es lo que el Partido Comunista hace por México?
–El Partido Comunista es el único que defiende los intereses del pueblo, es decir, de las mayorías productivas, manuales e intelectuales, contra sus explotadores del interior y del exterior. En todo aquello que representa algo favorable para el pueblo de México durante los últimos 35 años, está presente y visible la acción del partido, lo cual quiere decir que lo que hace el Partido Comunista es ejercer el patriotismo o sea el amor a México, expresado en acciones favorables al país. Ningún otro partido puede decir lo mismo, y un día todo el pueblo de México pertenecerá al Partido Comunista. Entonces se habrá establecido en nuestra patria la solidaridad humana, y el mayor bienestar posible dentro de las condiciones reales del mundo, vendrá como consecuencia.
(Los judas complacidos asienten con la cabeza. Con sus ojos de cartón fijos y vigilantes miran al hombre sentado a sus pies. Un hombre muy ampón, con un gran vientre forrado de tweed y una camisa azul rey. Unos ojos saltones bordados de rosa y una mano pequeña. La mano de Diego es menuda, transparente casi, y a mí siempre me han impresionado los señores cuyas manos y cuyos pies terminan en chiquito. ¡Como que están mal acabados! ¡Ya no alcanzó la piel y hubo que remachar rápidamente! Pero las manos de Diego son herramientas exactas, utilería de gran precisión, creadoras inagotables, sensibles e inteligentes. La presencia de los judas es maligna y se deja caer sobre la entrevista. ¡No me dejan desvariar! Cada vez que levanto los ojos encuentro un brazo de cartón blanco o unos labios de papel pintado...)
–Elenita, ¿usted le toma el pelo a los entrevistados, o no?
–No tanto, no tanto, maestro... ¿Le hago la siguiente pregunta?
–Bueno.
–¿Por cuál personaje histórico siente la mayor admiración?
–No podría elegir entre Lenin, Carlos Marx y Federico Engels.
–¿Por cuáles defectos siente usted una mayor indulgencia?
–Por los más grandes.
–¿Podría darme una definición de su carácter?
–Desgraciadamente no soy adivino, ni sicoanalista, ni siquiera filósofo. En cuanto a mi carácter vaya usted a saber porque no me conozco... Creo que...
–¿Y no intenta conocerse?
–Sí, pero no me interrumpa usted. Toda mi vida he tratado de conocerme, sin conseguirlo. La introspección ha sido en mí un completo fracaso.
–¿Y cree usted que hay alguien que lo conozca?
–Supongo que todas las mujeres que han tenido relaciones conmigo, aunque no sean sino amistosas o profesionales, por ejemplo, usted misma, Elenita Poniatowska.
–¿Usted cree en la virtud?
–Don Francisco de Quevedo dijo hace mucho tiempo: “No existe la virtud estando a oscuras”. Extiendo la realidad física a la realidad sicológica e imaginativa y con esto estoy completamente de acuerdo con Don Francisco de Quevedo.
–¿Cuál es el escritor que más le ha impresionado?
–Rabelais.
–¿Por qué?
–Esto no está en el cuestionario de Marcel Proust y no se lo voy a contestar porque sería interminable.
(El ogro ríe amablemente mostrándome una hilera de dientes pequeños. ¿Serán de leche? Indudablemente Diego Rivera no quiere ser tomado por Gargantúa).
–¿Cuáles son sus héroes y sus heroínas en la vida real?
–Es muy larga la lista, pero puedo citar cuando menos a Madame Lovachewska, a Marie Curie y a Frida Kahlo. Y volviéndonos a la cabeza de la lista, la reina Nefertiti.
–¿Por qué a Nefertiti?
–Nefertiti inventó el sistema central para el funcionamiento planetario y el monoteísmo que transmitió más tarde a Moisés haciendo posible el concepto moderno social. Admiro a Madame Lovachewska porque en su concepción del universo ovoidal descubrió que las paralelas no actúan como quería Euclides sino que siempre se juntan. Sin este cerebro femenino polonés no hubiera sido posible la ciencia moderna. Cada vez que los hombres encuentran un callejón sin salida en sus conclusiones científicas, la mujer derrumba el muro que lo cerraba para que el hombre siga adelante. Así lo hizo Nefertiti y después la Lovachewska. Nada de la actual ciencia hubiera sido posible dentro del concepto euclidiano, y cuando el hombre no pudo seguir adelante en el camino iniciado por la sabia polonesa, otro gran cerebro femenino dio la posibilidad. Los descubrimientos de María Curie hicieron posible todos los tremendos espacios donde se desarrolla actualmente el conocimiento de la materia, especialmente en lo relativo a lo más esencial de su estructura: el átomo. Yo no hubiera sabido –y creo que algún día lo sabrán todas las gentes–, a lo que puede llegar el heroísmo ante el dolor, la alegría a pesar del tormento, la ternura sin límite y el genio plástico en lo que tiene de más íntimo y directo, si no hubiera conocido a Frida Kahlo. Por eso es una de mis heroínas.
Para mi sorpresa, al finalizar la entrevista, Diego me acompañó hasta el coche porque le dije que mi mamá me esperaba. La saludó con una cortesía manifiesta y le preguntó si podría yo venir a posar porque necesitaba una carita eslava para encabezar el cuadro de una manifestación en Rusia. ¿O sería una procesión? “Voy a ponerle, como las campesinas rusas, una mascada en la cabeza”. Mamá, muy seria, casi no le respondió. Después al arrancar el automóvil me dijo:
–Ni de chiste, no te vaya a pintar como a tu tía Pita.

miércoles, 17 de septiembre de 2008


REPORTAJE
La fotografía de la pesadilla.
John Carlin 18/03/2007

La imagen de ese buitre acechando a una niña moribunda en África le persiguió en vida. Con ella atrapó el Pulitzer, pero también la maldición de una pregunta: “¿Qué hiciste para ayudarla?”. A Kevin Carter, cronista gráfico de la Suráfrica del 'apartheid', la presión le empujó al suicidio. Un periodista testigo de aquellos años rememora su figura.

Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.

No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.
Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.
Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.

Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.

La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.

Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.

Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.

Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.
El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.

El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...
El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.